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Una más: la epidemia del femicidio

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La imagen de Enriqueta con sus ojos cerrados, puño en alto, y acompañada del mensaje “Ni una menos” es conmovedora. No sólo porque es uno de los personajes más tiernos de Liniers, sino porque se produjo en el contexto de una fuerte campaña para visibilizar y terminar la violencia contra la mujer, especialmente, el femicidio, o la muerte de mujeres –como dijera Diana Russell– por el hecho de ser tales (el concepto legal tiene un contenido algo más limitado).


La violencia de género está profundamente arraigada en nuestra cultura, asociada a funciones, relaciones sociales y jerarquías de poder que opera como mecanismo para perpetuar un sistema de dominación.

Por eso, hace unas semanas, hubo marchas en varias ciudades: Buenos Aires, Sao Paulo, Santiago, Ciudad de México y Montevideo. Todas bajo la misma bandera: “Ni una menos”. Sin embargo, no transcurrió una semana y en Chile hubo “una más”: una mujer fue estrangulada y asesinada por su conviviente. Cuando comencé este texto, iban 19 femicidios reconocidos por el Sernam este año. Cuando lo terminé, tuve noticias del vigésimo caso.

No son sucesos aislados. Vivimos contrastes que deben avergonzarnos y motivarnos a la acción. Chile ostenta la menor tasa de homicidios en América Latina y, en general, posee bajos niveles de criminalidad. No obstante, posee una alta tasa de femicidios. Asimismo, otras manifestaciones criminales de violencia de género han aumentado.

Según el Estudio Mundial sobre el Homicidio de las Naciones Unidas, en América del Sur, la tasa de homicidios de países como Chile, se compara a aquellas relativamente bajas que se registran en Europa (UNODC, 2013). Para el 2014, y siguiendo una tendencia de los últimos años, Chile registró el menor índice de homicidios de América Latina, con una tasa de homicidios de 3,1 por cada 100 mil habitantes, y un total aproximado de 550 muertos anuales. Respecto del año 2005, los homicidios han disminuido en un 18% (Ministerio del Interior, 2014). Y aun así, cuesta creer que en 2011, Chile ocupó el cuarto lugar en cantidad de femicidios (CEPAL, 2012).

El promedio de femicidios no baja de las 40 víctimas anuales, aproximadamente, un 10% de las muertes violentas que ocurren anualmente (SERNAM). Esto, desde luego, habla de los crímenes que llegaron a consumarse. Los femicidios frustrados representan casi la mitad de aquellos que actualmente se logran concretar, y no son menos cruentos. Basta recordar al sujeto que, por celos, le arrancó los globos oculares a su ex pareja en 2013.

Entre 2005 y 2014, las denuncias por el delito violación en este Chile con baja tasa de homicidio han aumentado en un 18% (Ministerio del Interior 2014). Todo esto ocurre porque la violencia de género no es una cuestión aislada ni el invento de “mujeres delirantes”: es un problema de la sociedad en su conjunto, de todas y todos. En palabras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), es un “problema de salud pública mundial de proporciones epidémicas, que requiere acción urgente” (OMS, 2013).

La violencia de género está profundamente arraigada en nuestra cultura, asociada a funciones, relaciones sociales y jerarquías de poder que opera como mecanismo para perpetuar un sistema de dominación. Se trata de un continuo de violencia que a ojos del sentido común -que esta misma sociedad ha naturalizado- aparece solapada en sus manifestaciones más usuales, por ejemplo, al reducir el acoso sexual callejero a los “piropos” o responsabilizar a las víctimas de la violencia que sufren.

Es cuestión de leer las redes sociales para encontrar comentarios preguntando cómo iban vestidas las víctimas o si habían bebido, culpando a todo salvo quien las agredió. Y en la prensa, las noticias presentan los femicidios como “crímenes pasionales”, con un halo casi amable, como fue la noticia del “pobre asesino”, cuya vida ejemplar y de esfuerzo tuvo un pequeño quiebre al atentar contra su pareja, a quien amaba tanto. Noticia publicada no en 1875, sino en pleno 2015.

Mientras nuestra sociedad no se cuestione estas naturalizaciones, para cambiarlas, lamentablemente, seguirá habiendo muchas más. Nos rebelamos a esa realidad e insistimos: ni una menos.

Francisco Jara Bustos, Licenciado en Derecho

TAGS: #NiunaMenos Femicidio

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Comentarios

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Fitmoos

22 de Junio

” Y aun así, cuesta creer que en 2011, Chile ocupó el cuarto lugar en cantidad de femicidios (CEPAL, 2012).”
Perdon por acotarlo, pero el informe de la cepal sobre el tema, es vergonzoso. No considera a muchos paises. En si el dato es falso, ademas lo que cada pais va considerar como femicidio es lo que va hacer la estadistica, no es comparable.

crees realmente que con 60 femicidios en 17 millones cada año vamos a ser el 4to lugar? Basic Logic.

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