#Género

La calle osornina: un espacio de todos, o sea, de ellos

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Todos los días camino al trabajo paso junto a una construcción en la que, plena acera, se reúnen los trabajadores a capear horas. A pesar de que me ven venir, no se mueven del lugar, soy yo la que tengo que pedir permiso, lo que implica pasar casi cuerpo a cuerpo con alguno de ellos mientras guardan silencio al momento que paso. Puede ser paranoia quizás o, como me dijo una amiga una vez, “por qué exagerar tanto, se echa de menos cuando no te dicen nada”.


Queremos que se acaben los estereotipos sexistas que tanto acomodan al patriarcado, si esto no cambia seguirá siendo fácil “violarse” a la madre tierra, total es mujer.

El otro día caminando por la emblemática calle de Lynch, en reparaciones, transitaban dos obreros con su uniforme de trabajo, me quedaron mirando y uno de ellos me silbó, como si quisiera llamar a un perrito. No sé qué es más molesto, que me traten como a un animalito en la calle o que se arme ese silencio cómplice que comparten algunos machos ante la presencia de una mujer, como si todos en ese momento pensaran en una sola cosa. Es muy sutil, pero desagradable y muy incómodo para la mayoría de nosotras.

Es sabido por todas y todos que las mujeres en la calle nos vemos expuestas a una serie de agresiones de todo tipo, que van desde una mirada lasciva, hasta un toqueteo en plena vía pública. Es sabido también, que estos hechos nos hacen temer cada vez más del espacio exterior, reafirmando una y otra vez, la idea de que la casa, el espacio interior es el lugar más seguro para nosotras. Las mujeres no debemos alejarnos mucho, porque algo malo nos puede suceder.

Recientemente la tragedia de Marina Menegazzo y María José Coni en Montañita golpeó a todas las mujeres. Sin embargo, resonaban en la prensa comentarios desafortunados que hacían recordar cuál era nuestro rol “histórico”: las mujeres “solas” la tienen difícil, poniéndonos a todas en “nuestro lugar”. Los medios nos golpean, nos maltratan, nos invisibilizan, diariamente, constantemente. A raíz del asesinato de la coordinadora indígena y activista  hondureña Berta Cáceres, la sección internacional de un canal nacional solamente dio una mención a su muerte, sin embargo, en la misma cápsula informativa, se dio cobertura completa y recalcitrante a los escándalos de corrupción del ex presidente de Brasil, Lula da Silva, reafirmando una vez más que para bien o para mal, los hombres reclaman para sí toda la atención y el poder.

Me sorprendió el titular de un diario catalogado de “popular” que decía “mujer descuartizada…”, cómo se puede hacer un festín sensacionalista con tragedia semejante, pero más violento es la forma de comunicarlo: como si decir mujer descuartizada fuera lo mismo que decir, mujer alta, mujer baja, mujer morena, como si se tratara de una cualidad, casi dando a entender que nadie lo causó, ¿acaso se descuartizó sola? Pero a la prensa tampoco le importa, solo da tribuna a temas políticos, como si el abuso y el maltrato no fuera político y como si la corrupción a la que nos enfrentamos día a día por parte de nuestros políticos faltos de toda ética, fuera algo digno de destacar, seguramente para que sea tan natural y frecuente, que ya no nos escandalicemos.

Cuando llegué a Osorno, después de haber vivido 6 años en el extranjero, tuve que abrir una cuenta corriente para depositar los fondos de un proyecto de investigación, me sorprendí al darme cuenta que yo no era confiable para los bancos: mujer, 34 años, soltera, sin hijos. Aún recuerdo el tono del ejecutivo del banco diciéndome: “no has hecho mucho en estos años, no eres rentable para un banco, ni deudas tienes”. Toda una insurgente para los sistemas de dependencia. Paradójicamente son ellos los que en sus slogans promulgan confianza.

Pero esta bienvenida a Osorno, no se acaba ahí, tampoco me fue fácil arrendar casa, curiosamente el no tener hijos me jugaba en contra a la hora de buscar donde vivir, ni las corredoras de propiedades se pueden fiar de una mujer que aún no ha cumplido con su rol maternal. Una mujer sola, sin descendencia,  transita errante, perdida e irresponsable por la vida, esa es su premisa. En esa oportunidad, la corredora eligió a un hombre separado, imagino que un hombre que ya tuvo la facultad de comprometerse, no importa la razón de su separación, era más cumplidor y solvente que yo. Una señora me dijo que si no tenía marido, quién me pagaría la casa. Normal, soy la única de mi generación del colegio que no ha contraído el sagrado vínculo, tampoco me he reproducido y encima, he osado vivir en Osorno.

Si bien lo cuento como anecdótico, me hace pensar cuánto hemos contribuido nosotras a perpetuar esta situación. La glorificación de la maternidad, por ejemplo, llega a nivel mariano, como si fuera lo único que sabemos hacer, después de ser madre ya no somos mujeres, perdemos automáticamente el resto de las facultades, por eso llegamos tan rápido y desesperadas a ese momento, a partir de ahí te puedes morir tranquila, a lo menos descansar.

Ya no es necesario compartir en las reuniones políticas, que ellos decidan el futuro de la sociedad; además, estamos demasiado ocupadas con las obligaciones de la casa que no tenemos tiempo para preocuparnos de cómo las AFP nos castigan con el sistema de pensiones, por el solo hecho de tener mayores expectativas de vida;  estamos tan ocupadas esforzándonos por ser lindas que no nos damos cuenta que cada vez vamos perdiendo espacios para discutir sobre nuestros derechos; estamos tan centradas en “auto ayudarnos” que no nos damos cuenta que mientras más nos victimicemos, más acentuamos los estereotipos de género; estamos tan ocupadas en tener miedo, que seguimos reforzando la idea de que la mujer es del espacio privado y el hombre del espacio público; estamos tan ocupadas demandando por pensiones alimenticias que no nos damos cuenta que la ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo es una ley que está en contra del aborto y eso es una clara señal de que la clase conservadora quiere decidir por nosotras; y estamos tan ocupadas tratando de tachar a otras mujeres (y a las que no han nacido mujeres, pero se sienten como tal) de feminazi, marimacho, loca, suelta, fea, tosca, anarquista, terrorista, solterona, que no nos damos cuenta que, gracias a otras muchas mujeres que han luchado y dado su vida por una causa, nosotras podemos gozar de esta mínima y mal aprovechada participación que tenemos en la sociedad.

No queremos ser solo madres y esposas, no queremos que nos consideren “importantes”, no queremos que se pongan en nuestro lugar, no queremos que nos concedan poder a través de cuotas, eso no son más que analgésicos de un capitalismo heteropatriarcal en continua metamorfosis. Queremos que se acaben los estereotipos sexistas que tanto acomodan al patriarcado, si esto no cambia seguirá siendo fácil “violarse” a la madre tierra, total es mujer.

TAGS: Acoso Callejero Derechos de la Mujer igualdad de género

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Comentarios

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Dani Bruna

16 de marzo

Muy de acuerdo con tu columna. Mucho de lo que relatas lo vivo o lo veo en la cotidianidad.
Mis respetos para ti y para todas aquellas que derribamos estereotipos. Fuerza y a seguir adelante con la transformación social.

16 de marzo

Excelente articulo, muy bien como abordas varios temas de gran contingencia, aborto, acoso sexual callejero y como visibilizas esos micromachismos que perpetuan desigualdades.

Andrea

21 de marzo

Excelente columna “seguimos reforzando la idea de que la mujer es del espacio privado y el hombre del espacio público”… nunca mejor dicho!

Ivan Vidal

23 de marzo

Muy bueno tu articulo, aun nos queda mucho como sociedad.

Gisella Torres

23 de marzo

Muy buen artículo y muy sentido también. Parece mentira que sea el pan de cada día en una sociedad que se autoproclama moderna. Muy bonitas las palabras pero los hechos no. De acuerdo en romper con estereotipos, esa es nuestra labor.

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