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Universidad, comunidad e historia: Un desafío pendiente

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El diálogo e intercambio de ideas entre la universidad y la comunidad continúa siendo fundamental. No solo en lo que respecta a las contribuciones que la universidad, sus académicos y estudiantes puedan realizar fuera del recinto universitario o de las bibliotecas y archivos, sino, y este es el punto que me interesa destacar aquí, en cómo este diálogo enriquece el proceso mismo de aprendizaje y transforma la relación entre profesor, estudiante y comunidad.

En los últimos años la relación entre la universidad y la comunidad se ha transformado en un tema relevante a nivel mundial. ¿Cómo establecer un puente entre la universidad y la sociedad? ¿Cómo incorporar a la comunidad en la vida universitaria? ¿Cómo crear espacios más accesibles, abiertos y participativos? ¿Cómo diseñar experiencias significativas de trabajo comunitario en la malla curricular y la enseñanza? Si algunas carreras como trabajo social o educación tienen una larga tradición en incorporar experiencias de aprendizaje (o práctica) fuera de la sala de clase, para muchas de las carreras en humanidades, ciencias sociales y ciencias este es un aún un desafío pendiente. Asimismo, a la luz de los movimientos estudiantiles en Chile, tanto a nivel secundario como universitario, este debate cobra nueva urgencia: ¿cómo la universidad y el mundo académico van a responder e incorporar a estudiantes cada vez más empoderados y comprometidos con su entorno?

Lejos de ser un tema nuevo, éste tiene más bien sabor a proceso truncado. En la década del sesenta, la transformación y la reforma universitaria cuestionaron la forma autoritaria no solo de administrar la universidad sino además de impartir el conocimiento. Asimismo la fuerte influencia del educador Paulo Freire y la educación popular propusieron nuevas formas de enseñar y aprender, reconociendo que cada persona, cada estudiante, tienen algo que contribuir al conocimiento y que el aprendizaje es más bien un diálogo, una relación recíproca. De ahí surgen también una serie de propuestas pedagógicas más críticas, las cuales, entre otras cosas, propusieron empoderar al estudiante, hacerlo partícipe del proceso de aprendizaje y no un “recipiente” de saberes abstractos y desvinculados de su propia realidad o entorno. Al mismo tiempo, los propios estudiantes a través de trabajos voluntarios establecieron vínculos entre la universidad y la comunidad, criticando su tradicional aislamiento. En nuestro país, la dictadura militar y su contra-reforma universitaria volvieron a reafirmar la estructura jerarquía del proceso de aprendizaje y la división tajante entre quien sabe y quien aprende. En las últimas dos décadas, los desafíos tecnológicos y la creciente presión por internacionalizar la universidad han ido muchas veces aislándola de la comunidad que la rodea, creando una brecha entre los saberes “formales” e “informales”.

Sin embargo, el diálogo e intercambio de ideas entre la universidad y la comunidad continúa siendo fundamental. No solo en lo que respecta a las contribuciones que la universidad, sus académicos y estudiantes puedan realizar fuera del recinto universitario o de las bibliotecas y archivos, sino, y este es el punto que me interesa destacar aquí, en cómo este diálogo enriquece el proceso mismo de aprendizaje y transforma la relación entre profesor, estudiante y comunidad.

En la enseñanza de la historia, por ejemplo, las posibilidades son diversas y fascinantes. La llamada historia pública (o también conocida por su nombre anglófono public history) ofrece a los historiadores y estudiantes de historia la posibilidad de realizar proyectos con diferentes actores sociales y comunidades locales. Esto va más allá de la ya tradicional historia social, ya que no solo se propone estudiar temas sociales relevantes (por ejemplo las comunidades indígenas, los barrios, los trabajadores, etc.), sino que propone estudiarlos con ellos y aprender de ellos. La historia pública no solo recoge testimonios o considera las entrevistas orales fuentes legítimas, sino que reconoce que el conocimiento (en este caso la interpretación histórica y la construcción de narrativas históricas) puede ser creado por distintos sectores de la sociedad; en otras palabras, se cuestiona directamente una forma jerárquica, centralizada y elitista de pensar y hacer la historia.

¿Qué significa todo esto en la sala de clases? La sala de clases tradicional se basa en que el profesor selecciona los temas y transmite el conocimiento a los estudiantes, quienes además realizan lecturas, pruebas y trabajos de investigación para, al final del semestre, demostrar que aprendieron ciertos conceptos, contenidos y habilidades. Aunque muchos profesores estimulan el debate y la participación de los estudiantes, contribuyendo así a formar ciudadanos con espíritu crítico, el proceso de aprendizaje continúa limitado a los muros del recinto universitario. ¿Qué es lo que hace falta? Pensar proyectos en conjunto con grupos sociales y comunidades, pasar menos tiempo en la sala de clases, aprender a escuchar las voces de otros actores y con ello comenzar a construir una sociedad más democrática en la cual no se tiene hegemonía del saber.

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Foto: David Boardman / Licencia CC

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Comentarios

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07 de septiembre

¿Esto sería como un retorno al saber tribal?

07 de septiembre

no se a que te refieres con saber tribal, yo lo llamaria mas bien incorporar el dialogo.

Cristián Castro García

09 de octubre

Interesante artículo. Creo que estamos diagnosticando mal el problema de le educación. La solución no pasa por optimizar recursos o estandarizar pruebas para profesores o alumnos, pasa por cuestionarnos el paradigma educativo. Me parece que todos los educadores debiésemos desempolvar los libros de Gilberto Freyre.
Felicitaciones Angela por el artículo.

09 de octubre

Gracias Cristian. Creo que es un tema muy pendiente, y de vez en cuando hace bien volver a leer a P. Freire.

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