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Sexo chileno

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El impacto de un beso bien dado, la activación que produce una caricia bajando por la espalda, los riesgos potenciales de acurrucarse en un sillón a ver un película romántica y la sexualidad presente en bailes que exigen apegarse al otro, son algunos de los contenidos sistematizables que hoy hay que dialogar con las nuevas generaciones, y la razón es simple, la educación sexual es mucho más que solo preservativos, coito, guaguas y arcoiris multicolores.

Durante los últimos años, gracias al actuar de distintas  organizaciones defensoras de los derechos LGBT, nuestra sociedad ha empezado a comprender la importancia de la aceptación del otro como alguien libre de elegir su camino. Lamentablemente nuestro conformismo y falta de visión crítica, ha posibilitado que estas temáticas sean la piedra angular de la educación sexual criolla, olvidando que Chile requiere más, más, más.

No quiero con esto decir que es culpa de ellos, sino de nosotros mismos, que hemos sido incapaces de comprender que aún existen temas tabúes que se contradicen con nuestras necesidades más básicas.


Estoy cansado de ver como el cálculo político de riesgos nos hace negarnos a la posibilidad de tocar estos temas, la salud sexual es parte del bienestar de un país

A todos quienes se atribuyen el título de protectores o vigilantes de la infancia les pregunto ¿Qué han propuesto para hacer frente a los índices de abuso sexual a menores? ¿Más centros del Sename? ¿Más recursos? ¿En serio? Chile necesita de manera urgente que metamos manos en el sistema educativo, que por ejemplo, enseñemos desde prebásica sobre intimidad y autocuidado, entendiendo que estos contenidos son en realidad herramientas que protegen a los niños de predadores sexuales. Por obvio que pueda parecer, cuando el niño distingue un caricia de una conducta impropia, se hace más fuerte. Es más, explicarles ordenadamente las estrategias que usan pedófilos y pederastas para aproximarse a sus víctimas, desarrollan la capacidad para reconocer un sinnúmero de señales previas al abuso, pudiendo buscar ayuda cuando aún no ha sucedido una experiencia traumática, es más, dado que los niños conversan entre si, pueden proteger a sus pares más retraídos (o con menos habilidades sociales) del juego del secretismo que su abusador requiere para construir su relación de poder (y abuso).

Poner a los niños primero, exige dejar de hacer vista gorda a este asunto.

Pero la educación sexual no termina en cuarto básico, entregar luego contenidos que favorezcan una exploración y aceptación saludable, contribuye al descubrimiento personal que todo escolar realiza. Podrá ser comprensible que muchos docentes no se sientan cómodos tratando temas como erotismo y autoexploración, pero si no quieren prepararse, que permitan a otros profesionales tomar la batuta; hablar con claridad permite que los pre púberes pierdan el morbo y dejen de ver lo sexual con vergüenza. Así mismo, frente al nulo compromiso social de la televisión abierta, la escuela tiene y puede hacer algo sustantivo para derribar los arquetipos de belleza que imperan en la actualidad; hablar de sexo también contribuye a que las nuevas generaciones valoren lo saludable, aceptando su corporalidad y se quieran por algo más que la forma; aún nadie se ha preocupado de enseñar que la extrema delgadez no equivale a perfección, enfatizando que la belleza física es sólo un complemento de un crecimiento integral.

Respecto a la inclusión de contenidos referentes a identidad y orientación sexual, siento que hay mucho que replantear en pro de climas de convivencia basados en el respeto. En estricto rigor, aún no nos damos el tiempo de instruir a nuestra sociedad en la importancia de las libertades individuales; ser capaz de entender que mi libertad termina donde comienza la libertad del otro exige que los adultos enseñemos a los adolescentes que, sin consentimiento y sin tino, nadie tiene el derecho de opinar de la vida del otro. Y es por eso que no basta solo con enseñar sobre cuáles etiquetas explican la diversidad sexual, dándole demasiado énfasis  a la vida sexual de propia de cada orientación, un programa de educación sexual integral concibe como fundamental que nos reconozcamos como personas dentro de un todo que respeta lo que hacemos en privado (mientras no dañe a otro).

La educación sexual hoy es solo un contenido que se imparte en un tiempo determinado para cumplir con una exigencia ministerial y eso no sirve, tenemos que pensarla como asignatura de crecimiento personal longitudinal, que incluya trabajos, evaluaciones y exposiciones, con estructura, forma y una total consciencia de que lo lúdico y lo técnico también deben ir a lo experiencial. Basta de seguir enseñando como se usa un preservativo en consoladores de madera de 30 centímetros, dejemos de ver el forro de látex como un etapa dentro del paso a paso del coito,  y empecemos a explicarlo como lo que realmente es, un símbolo de respeto hacia la pareja y autocuidado de la propia integridad.

Pero aquí es donde se pone entretenido el desafío, si vamos a hablar con los jóvenes, tenemos que dejar de insistir en la lógica moralizadora de la pareja consolidada, sexo es sexo, y ofrecerlo como algo aburrido, nos hace perder la guerra contra Tinder, la pornografía, o incluso, películas de vampiros adolescentes, millonarios sadomasoquistas y comedias criollas donde la infidelidad es pan de cada día.

Duela a quien le duela, la sexualidad es mucho más que procreación y profilaxis; las variaciones en la taza de embarazo adolescente y contagio de enfermedades de transmisión sexual permiten concluir que necesitamos un cambio de paradigma, enseñando con honestidad y transparencia sobre asuntos tan importantes como la satisfacción de fantasías sexuales o la importancia del preludio antes del coito, tenemos que educarlos para que cuando llegue el momento, lo disfruten con responsabilidad.

Estoy cansado de ver como el cálculo político de riesgos nos hace negarnos a la posibilidad de tocar estos temas, la salud sexual es parte del bienestar de un país, en términos neurobiológicos, ningún chocolate o plan de ejercicios en el gym descarga tantas endorfinas como un buen encuentro sexual y si además se acompaña de amor, espectacular, pero el punto no es enseñar a sobrevalorar el amor, es más, creo que el romanticismo platónico mal utilizado nos ha condenado a “empotarnos” (no encontré mejor término), tenemos que ser capaces de aceptar que vamos aprendiendo de nuestras relaciones de pareja y estas son el entrenamiento para un posterior vínculo consolidado, por lo mismo hay que tomar la sexualidad con tanta responsabilidad como honestidad.

En tiempos donde nos falta una mayor cultura del sexo (para no aburrirnos del sexo), se requieren autoridades que apuesten por la vanguardia.

Para acabar, les puedo asegurar que estas clases serían ideales para desarrollar hábitos de lectura, pensamiento crítico, redacción, debate y aprendizajes significativos (idealmente, sin trabajos en grupo o tareas para la casa).

TAGS: #SexualidadResponsable

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