#Educación

¿Qué nos dejó el uso obligado de las mascarillas?

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Fotografía de Andrea Arrieta, tomada para ilustrar la columna enviada.

El uso obligado de mascarillas quirúrgicas fuera del quirófano –para protegernos de los fluidos corporales de los prójimos y proteger a nuestros prójimos de nuestro presunto rol de contaminantes– nos ha puesto en un original escenario, entre otros muchos cambios asociados al COVID-19. ¿Cuál de los dos motivos señalados era el primordial para cubrir la desnudez usual de la nariz y la boca, el autocuidado, el cuidado de los otros o ambas recíprocamente? ¿Qué dimensión altruista, compasiva o solidaria aumentó en cada uno de nosotros durante la crisis situacional de la pandemia? ¿Cuáles disminuyeron? ¿Qué veo en el rostro del otro con mascarilla? ¿Qué no quiero ver y qué quiero ver de ese rostro? ¿Qué echo de menos ver? ¿Qué me falta del otro con mascarilla para conocerlo o reconocerlo mejor? ¿Cómo completo ese fragmento de rostro como un rostro entero? ¿Cómo hago el cierre gestáltico? ¿Cómo percibo esa cara con mascarilla, la veo completa o incompleta? ¿Lo que deja ver la mascarilla es todo el rostro que es, o está en falta, porque debería incluir todo lo que la mascarilla cubre? ¿Siempre lo que veo de la cara de otro es toda la cara que es, y es sólo el mapa que tengo en mi mente de la cara mirada, lo que me hace percibirlo incompleto, o cómo debería ser? ¿Lo que percibo como falta está en el rostro que observo, o en mí como observador de ese rostro?


Las mascarillas han reducido la superficie del rostro, ¿habrán aumentado nuestro acceso a la profundidad de la persona que emerge ante nosotros desde su rostro?

Las mascarillas han reducido nuestra desnudez, ¿habrán incrementado el pudor o la necesidad de no ocultar nada de mí a los otros virtuales sin mascarillas asépticas, pero con muchas máscaras digitales que los convierten en iconoclastas expertos en destruir su propia imagen? ¿Cómo me he sentido con menos desnudez en el convivir? ¿Me incomoda o me acomoda mostrar menos cuerpo? ¿Ha cambiado en algo mi relación con mi cuerpo y mi rostro, después de años de una educación negadora de ambos, donde se dosificó mi cuerpo y con ello mi voluntad, y donde de mis compañeros de clase,  conocí más sus nucas que sus rostros?

¿Esta suma de experiencias habrá aumentando o reducido la necesidad de habitar una sociedad transparente de homodigitales, donde tendemos a mostrar todo lo que hacemos, tenemos o sabemos, y en consecuencia a anhelar conocer lo mismo respecto a los otros habitantes del planeta? ¿Echamos de menos la nariz y la boca de los otros? De ser así, ¿qué impacto tiene en nosotros a nivel del sentir y pensar, de ese otro que me oculta parte de su rostro? Las mascarillas han reducido la superficie del rostro, ¿habrán aumentado nuestro acceso a la profundidad de la persona que emerge ante nosotros desde su rostro? ¿Las mascarillas han contribuido a valorar y percibir los ojos más como figura que como fondo? ¿Eso habrá contribuido a la recuperación de la comunicación pupilar? ¿O se habrán desarrollado nuevos recursos oculares de evadir la mirada del otro?

¿Hemos cultivado nuevos modos de aprender a mirar sin ver, o estar con el otro sin estar, apagando la luz para no reflejar y reflejase en la mirada del otro, o abrazando o besando cerrando los ojos, como una estrategia que ayuda a superar la angustia que puede producir la cercanía e intimidad con el otro o la otra?

¿Qué tipo de explicación, qué tipo de verdad, qué factores podríamos inferir de un estudio –psicométrico, normado– que estableció que las mascarillas favorecían la percepción de los otros como más bellas y bellos? ¿Ver menos del otro lo hace más bello para mí? ¿La distancia y el misterio asociado al conocimiento del otro favorecen la construcción de relaciones afectivo-positivas?

¿Cómo hemos tramitado y resuelto la experiencia inédita de vernos obligados a la frecuente y brusca exposición a los “ojos o espejos del alma” del otro? ¿Hemos cubierto también nuestros ojos con una mascarilla tan invisible como efectiva, para mantener y fortalecer el uso de una mirada que no mira y que es opaca al reflejo del otro? ¿No ver al otro y evitar ser visto o reflejado por su mirada, sigue siendo un modo efectivo de escapar de la angustia a la intimidad y al temor de que mi prójimo ausculte lo que realmente siente mi corazón, cuando estoy cara a cara frente a él o ella?

¿Qué conexión podemos establecer entre libertad y el cubrirse una parte del rostro? ¿Por qué se hizo necesario vigilar, controlar y castigar el uso de mascarilla durante el periodo de la pandemia? ¿Los multados son oposicionistas, ignorantes, irresponsables, inconscientes o suicidas? ¿Qué relaciones, repercusiones y connotaciones se pueden establecer entre la libertad responsable o irresponsable del uso de la mascarilla, y su uso obligado por prójimos tales como profesionales de la salud, mujeres musulmanas que llevan nigab, bandidos y torturadores que se cubren obligadamente el rostro para evitar ser reconocido por los otros? ¿Todo lo dicho habría sido diferente si el uso de la mascarilla hubiera sido principalmente una acción de expresión de nuestra libertad? ¿Se puede esperar que una acción humana, como el autocuidado de sí y los otros, opere desde su locus de control interno o ejercicio de su libertad responsable, cuando ha sido “educado” desde el alba de su vida, preferentemente con la influencia, el control, el castigo, la opresión, la insegurización, la negación de su autonomía, la dependencia y la irresponsabilidad?

También cabe recordar, como lo señalan de modo reiterado y enfático pensadores como Byung-Chul Han, Edgar Morin y Humberto Maturana, que vivimos los tiempos de una sociedad de la desconexión, el cansancio, el infierno, el igualismo, la agonía del amor, la cultura patriarcal, la fuga de la mirada y la caricia, en un mundo sobrehabitado por homodigitalis, que cada día posan su visión y su tacto más sobre la superficie de un celular que sobre los ojos y la piel de otro humano. Humanos que cada día y desde la infancia temprana interactúan más con máquinas artificiales que con otros humanos.

Con todos esos actuales hábitos de pseudoexistir surgen más interrogantes: ¿después de tanto aislamiento y mascarillas ha crecido o decrecido el interés de encuentro y construcción de intimidades con otros u otras? ¿Se fortaleció el hábito de dialogar –que por definición es recursivo y además compasivo– o lo que se ha hecho más común es la pseudocomunicación –lineal, unilateral, asociada al diálogo de sordos y a la soledad de a dos-?

Dentro de la complejidad e impredecibilidad propia de lo vivo y humano, ¿cabe la posibilidad contraria? ¿Incrementará nuestra capacidad de conocer y apreciar las dimensiones del alma de nuestros prójimos y prójimas, y con ello tal vez reflejar en el espejo de mis propios ojos esas dimensiones de las almas vistas?

Apreciar todo rostro como completo y perfecto, independiente de su fisonomía, origen, edad, aditivos como maquillaje, antifaz, gafas, sombrero, mascarilla, etcétera, abandonando el hábito de compararlo con algún tipo de estándar, mapa, ideal, prejuicio, explicación a priori que pudiera tener del otro en la mente, y con ello darme cuenta que la falta nunca está en el otro visto o conocido, sino que está en mí como conocedor del otro, porque comparo lo que es –el ser ahí en el mundo– con lo que debería ser –la representación que hago de ese ser–? El rostro puede convertirse en una posibilidad cotidiana y accesible de relacionarse con los otros de modo nutritivo (Satir), amoroso (Maturana), aceptándolo incondicionalmente (Rogers), o como a ti mismo (Jesús), el rostro ha sido estudiado por la neurociencia como una facultad propia de los mamíferos en el desarrollo de la empatía, la que es considerada natural y causa primordial de nuestra subsistencia y coexistencia humana. El rostro ha sido considerado por el filósofo Levinas “significación y significación sin contexto”, es decir que el rostro se impone, se conoce y valora más allá del contexto físico histórico y sociocultural.

El rostro del otro es suficiente para valorarlo y legitimarlo, como otro – completo y perfecto, como ya se señaló–, conocerlo solamente desde lo cognitivo y epistemológico, no hace más que alejarnos del otro, el rostro tiene significado por sí, porque el otro que surge con su rostro frente a mí, en el mismo tiempo y espacio, dice Levinas: “desborda el pensamiento y quiebra el solipsismo… nosotros llamamos rostro al modo en el cual se presenta el otro, que supera la idea del otro en mi”. Por ello, lo que me permite “ver” al otro no es asunto de la teoría del conocimiento, eso me aleja irremediablemente de su alteridad. Es tema de la teoría de los valores: la vía es axiológica. El rostro del otro que te sale al encuentro es una cuestión ética, con sólo emerger frente a ti se manifiesta lo bueno de ti. El pensamiento levinasiano lo expresa del siguiente modo. “El rostro es aquello que escapa a la conciencia, algo que en su alteridad absoluta invita a la renuncia del yo y que en su manifestación abre un camino que es orientación y sentido, lugar de la ética y el humanismo… la mejor manera de encontrar a otro es no darse cuenta ni del color de sus ojos”, a lo que podríamos agregar, tampoco darse cuenta, si parte de su rostro está oculto por una mascarilla.

TAGS: Relaciones humanas

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