#Educación

¿Por qué la inclusión educativa?

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El proyecto de ley de inclusión actualmente en debate en el Senado, ha sido criticado porque, según se dice, no se ocupa de la calidad de la educación. Pero esta crítica es errónea e insuficiente, por dos razones principales.

La primera es que el origen del proyecto no es un problema técnico-pedagógico, sino uno sociológico, político y ético: el diagnóstico de la educación chilena nace no de la educación misma, sino del diagnóstico de la sociedad chilena. Tenemos una sociedad crecientemente heterogénea pero inequitativa y segmentada y con creciente conflictividad en torno a exigir el cumplimiento de sus derechos. En este contexto, la educación tiene dos desafíos críticos: enfrentar la heterogeneidad de la matrícula, que se deriva de la heterogeneidad de la sociedad y contribuir al quiebre de la exclusión y al fortalecimiento de la convivencia democrática.


¿cómo se espera que la educación colabore ya no solo a romper el círculo vicioso de la exclusión y la discriminación, sino a prepararlos para desenvolverse en el complejo y cambiante mundo de hoy?

La diversidad y el alumnado heterogéneo son realidades que seguirán presentes en nuestro país. Las respuestas a esta demanda puede darse en dos líneas: escuelas “a la medida” y excluyentes para cada sector social, o escuelas inclusivas, que cuya matrícula incorpore a todo tipo alumnos, sin exclusión. El modelo chileno coloca incentivos que operan en dirección a la exclusión y la segmentación por causas socio-culturales, como origen, creencias, herencia cultural o ingreso familiar así como por las competencias cognitivas de los estudiantes. Se configura una escuela que replica y refuerza el daño estructural de nuestra sociedad: segmentación, exclusión, discriminación, carencia de oportunidades, creciente concentración del poder y la riqueza. Por eso esta reforma no es un problema técnico pedagógico, sino sociológico del cual se tiene que hacer cargo la política.

Pero, la segunda causa de error de la crítica es que, aún cuando el sistema lograra llegar, en todos sus establecimientos, a estándares satisfactorios de aprendizaje, sin cambiar esta realidad de exclusión y discriminación, este resultado no podría ser llamado “calidad.” Porque el fin de la educación es preparar a las personas para la vida y entregar competencias a la sociedad para enfrentar eficazmente sus desafíos.

Pues bien: si los estudiantes viven encerrados en comunidades excluyentes de iguales y se replica esa vivencia en la escuela ¿cómo se espera que la educación colabore ya no sòlo a romper el círculo vicioso de la exclusión y la discriminación, sino a prepararlos para desenvolverse en el complejo y cambiante mundo de hoy? Sólo educándose en comunidades heterogéneas, que se ocupen de naturalizar la diversidad y entenderla como un dato inevitable, que no toleren la intolerancia y se formen para la solución pacífica de las diferencias y conflictos, se podrá formar para una vida social productiva. En otras palabras, una educación que mejore comprensión lectora u operatoria matemática, pero no habilite para el desempeño social en un mundo tan heterogéneo y tan velozmente cambiante, no puede ser definida como de calidad.

TAGS: #Inclusión Educación Igualitaria

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