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¿Para qué enseñar?

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continuar centrando el proceso de enseñanza en una serie de hitos que aseguran la integración ‘adecuada’ de los contenidos del currículum, es disonante con los egresados que necesitan nuestras sociedades desde hace ya tiempo

En la actualidad, el perfil de competencias cognitivas predominante en la gestión pedagógica de los docentes, es el que se desprende de los estudios que han intentado comprender los fenómenos internos que intervienen en la adquisición de la información, desde los procesos más básicos hasta los más complejos. La enseñanza, en el mejor de los casos, se focaliza en el aprendizaje de habilidades intelectuales o estrategias cognitivas, a través de metodologías que apuntan a la parcelación de una tarea concreta, con énfasis en el conocimiento que debe ser integrado, utilizando las etapas del proceso cognitivo.

Sin embargo ¿es suficiente para integrar lo que se ha llamado: la sociedad del conocimiento y la información? ¿qué otros aportes taxonómicos nos permiten organizar la enseñanza para desarrollar a este egresado altamente demandado en sus capacidades sociocognitivas, independiente de su posición social?

Buscando la ruta para una enseñanza de calidad

La propuesta Marzano y Kandall hace hincapié en la aplicación de los aprendizajes a situaciones reales de vida; sostiene que si los estudiantes entienden cómo es su proceso de aprendizaje, pueden ser ayudados a mejorarlo, orientan su búsqueda de recursos de manera más efectiva.

Esta propuesta permitiría dibujar un perfil de egresado con rasgos que hoy en día están fuera de las expectativas de los docentes, pero que son requeridos imperiosamente por la sociedad del conocimiento y la información. Debiera ser prioridad de todo docente, el conseguir que sus estudiantes:

  • Logren apropiarse de una visión personal y particular de la naturaleza del propio pensamiento, y de la capacidad para controlar las propias actitudes, disposiciones y su desarrollo.
  • Desarrollen, dentro de un estilo personal, alternativas creativas de trabajo, soluciones, relaciones, etc.
  • Establezcan criterios que les permitan evaluar lo que significa pensar “bien” o un razonamiento de buena calidad.
  • Desarrollen un repertorio de habilidades y estrategias cognoscitivas y metacognitivas que puedan utilizar en la medida en que las necesiten.
  • Utilicen habilidades y estrategias para el propio aprendizaje de manera responsable e independiente.
  • Alcancen niveles altos de conocimiento en diversas materias.

La vigencia de los clásicos.

Por su parte, las taxonomías revisadas de Bloom y Gagné, en la medida en que reducen los procesos cognitivos complejos y establecen una secuencia clara de apropiación del conocimiento, permitiendo diagnosticar y diseñar intervenciones correctivas, dirigidas a una población escolar que muestra especial dificultad en el procesamiento de la información y adquisición de los diferentes niveles del conocimiento. Pero sin duda, ambas taxonomías, no dan cuenta de la complejidad que abarca la condición que estos estudiantes exhiben, asentada en sus hábitos de pensamiento, comportamientos, actitudes, creencias, etc.

En consecuencia, continuar centrando el proceso de enseñanza en una serie de hitos que aseguran la integración ‘adecuada’ de los contenidos del currículum, es disonante con los egresados que necesitan nuestras sociedades desde hace ya tiempo, aunque en el mejor de los casos, esta adquisición de conocimientos, ayude a desarrollar las habilidades intelectuales asociadas a esas áreas del saber. Como se ha visto en la propuesta de Marzano, dicho logro, es sólo parte del problema.

Por su parte, las propuestas de Gagné y Bloom, como hijas de un paradigma sistémico de observación de la realidad, la cual ocurre en un laboratorio, en el que se reproducen artificialmente situaciones en experimentos sucesivos, no refleja la complejidad del aprendizaje humano. El intento por capturar las dimensiones del conocimiento, los procesos cognitivos implicados en su asimilación/aplicación, y las condiciones ambientales para su inducción, proporcionan unas prescripciones que, de cumplirse, asegurarían un grado de desarrollo intelectual en los estudiantes, pero la evidencia sostiene que la realidad de dichos procesos es más compleja.

¿Para qué educar?

En lo inmediato, el desarrollo de otras habilidades del pensamiento, críticas en el mundo de hoy, son urgentes; un tema, por lo visto encaramado en el progresismo en algunos círculos. Sin embargo, se trata de asuntos vigentes (basta visitar a nuestros vecinos sudamericanos); sobradamente relevados y documentados en los principales escenarios de discusión educativa del mundo. Derivados de la necesidad de nuevas formas de pensar, de trabajar y del manejo de herramientas claves para comunicarse, producir y beneficiarse/protegerse  del despliegue tecnológico que nos asiste. Así como de un nuevo e impactado concepto de ciudadanía local y global que demanda competencias para participar de ella, perspectiva, responsabilidad y cautela; cuestiones en pleno desarrollo, y de una vigencia e impacto abrumadores.

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