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¿Más becas o gratuidad? Lo técnico no es neutral

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Hay quienes creen que el tema del salario mínimo y el acceso a la educación superior son reducibles a un problema donde de lo que se trata es de encontrar la mejor solución tecnocrática. En el caso del acceso a la universidad las opciones serían dos: o se establece gratuidad universal o se ofrecen alternativas de financiamiento individuales (becas y créditos “ventajosos”). Cuando el problema se presenta en esta disyuntiva, la mejor solución siempre será la más eficiente, aquella que, utilizando un cálculo utilitarista, arrojará los mayores beneficios en relación a los costos.

Una vez asumida esta perspectiva utilitarista como la verdadera, es muy posible que bajo ese escenario una solución basada en créditos y becas pueda aparecer como la más eficiente. Esto se debería a que este sistema le aseguraría financiamiento de bajo costo a los sectores mayoritarios del país, al mismo tiempo que no traspasaría recursos fiscales a las minorías más ricas.

Ofrecer becas o créditos no es lo mismo que ofrecer gratuidad y sobre este punto todos estamos de acuerdo (es por eso que eldebate nacional se ha centrado sobre esta disyuntiva). ¿Pero por qué no es lo mismo gratuidad que becas? Los que se apresuran en responder que no es lo mismo porque una de los dos opciones va a ser más eficiente que la otra, se equivocan.

De hecho, si se comprobara que una educación gratuita y financiada íntegramente por el Estado sería, a la larga, más eficiente que un sistema individualista basado en créditos y becas, es muy probable que los que se oponen a la gratuidad continuarían oponiéndose. Y  lo inverso también podría ser cierto: los que se oponen al sistema de créditos y becas van a seguir oponiéndose aunque se comprobara que este sistema es más eficiente. Esto demuestra que nuestras visiones no están motivadas por consideraciones puramente «técnicas». Nuestras diferentes apreciaciones están motivadas por la existencia de otra razón, más profunda, y que trasciende todos los cálculos utilitaristas.

¿Cuál, entonces, es esa razón? Es una razón que apela y que responde a nuestras intuiciones éticas y a nuestras visiones del ser humano y de su lugar en el mundo (visiones que siempre son asumidas y rara vez explicitadas). La razón que motiva la defensa de una u otra solución es siempre una razón filosófica y ética. Para ejemplificar cómo operan estas razones éticas, hay que partir por cuestionar una verdad que se suele dar por sentada pero que en realidad no es tal. Esta supuesta verdad es que los temas éticos están separados de los temas técnicos. Es decir, que una cosa son nuestros valores y aspiraciones y otra cosa es la tecnocracia y las soluciones técnicas. Hacer esta separación entre ética y técnica es lo que permite que, por un lado, existan algunos que digan que desde un punto de vista “ético” se entienden las reivindicaciones por un salario mínimo más alto así como las demandas por una educación superior gratuita. Pero por otro lado estas mismas personas pueden decir que, a pesar de la validez ética de dichas demandas, desde un punto de vista “técnico” no es posible o no es aconsejable introducir un salario muy elevado o introducir la gratuidad en el sistema educacional. Hacerlo, argumentan, introduciría distorsiones en el mercado lo que podría desencadenar efectos en el resto del sistema económico.

Sin embargo, las perspectivas “técnicas” nunca están vaciadas de consideraciones éticas. Es decir, toda respuesta técnica a un problema ya viene imbuida de valores éticos. He aquí, por lo tanto, lo que realmente se discute cuando se debate el acceso a la educación o el nivel del salario mínimo. Se debaten, siempre, temas éticos. Esto, aunque los tecnócratas y los partidarios de las soluciones técnicas lo nieguen.

La técnica, es decir el medio, que se utilice para resolver un determinado conflicto social nunca es neutro. El medio que se escoja responde al imaginario social de la persona (o personas) que están ofreciendo la solución. En el caso de los partidarios del sistema de becas y créditos, ellos creen invariablemente que las sociedades se construyen a partir de los individuos. Es decir, no creen que los individuos existamos gracias a la sociedad sino que es la sociedad la que existe gracias al individuo (postura filosófica que se conoce como “atomismo”). Como consecuencia, siempre es el individuo el responsable de su propio bienestar. De él depende que se eduque. De él depende que pueda acceder a servicios de salud. Y de él depende que pueda jubilar dignamente. La sociedad no le debe nada a la persona y por lo tanto su vecino, por ejemplo, no tiene ninguna obligación con la educación de sus hijos. La educación de su hijo es su problema. Para las personas que creen esto, no cabe duda que es el sistema de créditos y becas el que más sentido tiene.

Por eso, los que creemos en la gratuidad somos los que queremos construir un país solidario. Si, por ejemplo, tanto el sistema de becas y créditos como la gratuidad fueran igual de eficientes, optaríamos por la gratuidad porque queremos construir una sociedad donde todos y cada uno de nosotros sienta que contribuye al desarrollo del país. Queremos hacernos responsables por la educación (y también por la salud) de todos los chilenos. Puede ser que yo tribute más o menos. Puede que tenga hijos que vayan o no vayan a la universidad. Pero nada de esto importa. Lo que sí importa es que a través de mi aporte indirecto (a través de mis tributos), yo me hago responsable por la construcción de un país solidario y justo.

Por otro lado hay quienes buscan individualizar y atomizar las responsabilidades. Buscan desligarse de los demás y no hacerse responsable por la educación, la salud o la jubilación de los otros. Los que piensan así son los que apoyan el sistema de becas y créditos.

No nos podemos escapar de nuestros valores éticos.

* Ignacio Moya Arriagada, Magíster en Filosofía. Columna publicada originalmente en Cambio 21.

Blog: http://ignaciomoyaa.wordpress.com

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Foto: Caravana por la vida

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