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Los “soviets” universitarios y los privilegios que defienden

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La polémica entre el Presidente Piñera y el rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez, en torno a las propuestas para reformar la educación superior, refleja algo que Claudio Bunster dijo hace tiempo: “El sistema universitario chileno sigue operando como pequeñas uniones soviéticas: burocracias inflexibles y que nunca toman riesgos”.

La frase, publicada en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos el año 2008, generó duras reacciones por parte los rectores de la Universidad de Chile y de la UC, en una clara defensa corporativa. Incluso Víctor Pérez en ese momento habló de falta de respeto a los académicos y académicas chilenas por parte de Bunster, aun cuando éste hace alusión al modo en que opera la institucionalidad universitaria.

Ayer, durante la polémica con Sebastián Piñera, el mismo rector declaró que teme que  “el argumento de modernizar el sistema universitario, termine por profundizar la privatización y mercantilización del sistema" y que igualar los entes tradicionales y privados ante el Estado, supone una "afrenta".

La pregunta es ¿qué entiende el rector por mercantilizado y por qué en su defensa corporativa coloca en una posición de superioridad a las universidades tradicionales frente a las privadas, cuando hay casos que desmienten eso?

Lo cierto es que el sistema universitario está mercantilizado (algo distinto a privatizado), y en muchos casos es ineficiente, haciendo que algunas universidades tradicionales estén muy por debajo de otras universidades privadas.

Contrario a lo que plantea Víctor Pérez, el sistema ya está mercantilizado –si usamos bien el concepto en cuanto proteccionismo o fomento de un monopolio por parte del Estado-.  Los recursos hacia algunas universidades tradicionales, aún cuando hay clara ineficiencia en su uso, se siguen recibiendo sin mayores exigencias por parte del Estado, que parece hacer vista gorda ante la ineptitud de las autoridades e irregularidades financieras y académicas de algunas entidades. Muchas de estas casas de estudio incluso no logran la acreditación, dejando a algunos alumnos en ascuas a mitad de camino en sus estudios.

El Gulag UTEM

El mejor ejemplo de lo anterior es la UTEM; una universidad tradicional cuyo rector es designado por el Mineduc, pertenece al Consorcio de Universidades del  Estado, recibe aportes del Estado, aun cuando desde hace mucho tiempo hay claras ineficiencias e irregularidades financieras, administrativas y laborales.

¿Ese tipo de universidad tradicional defiende Víctor Pérez en su defensa corporativa?

A lo anterior se suma una burocracia anquilosada e inútil que ha derivado en una especie de orden feudal. Ello se traduce, por ejemplo, en profesores que deben hacer clases gratis por meses, para luego terminar impagos, frente a los que finalmente ninguna autoridad –indolente- responde. A esto se suma que los alumnos deban pagar mes a mes por clases que no reciben por falta de académicos, ya que muchos renuncian ante tanta ineptitud.

Quizás por eso, entre las propuestas de modernización del Gobierno, basadas en lo propuesto por la OCDE (que planteó crear una institución única que agrupe a todas las universidades) se encuentra avanzar en un sistema de calidad de la información que llega al postulante y sus familias al momento de elegir dónde estudiar.

Los soviets

Si consideramos que hoy el 32% de los recursos que entrega el Estado a las universidades son aportes directos, y sólo el 19% proviene de fondos concursables, el problema no es la falta de recursos, como algunos plantean en base a un sesgo ideológico errado.

No es por falta de recursos –incluso universidades extranjeras hacen aportes a programas de Magíster que luego demoran meses en pagar a los profesores- sino claramente la mala e irregular administración de éstos por parte de las autoridades, sumado a la falta de transparencia en cuanto al uso de los recursos recibidos y lo que pagan los alumnos mes a mes. En muchos casos, nadie sabe dónde está la plata, pero igual les cobran a los alumnos.

Lo anterior incide en que en algunas de las universidades tradicionales no existan mayores incentivos para desarrollar proyectos de investigación o mejoramientos, porque no dependen de su trabajo sino del aporte directo que llega sí o sí por parte del Estado. Los sueldos de las altas autoridades académicas nunca se traspapelan ni se atrasan; no así los sueldos de profesores a honorarios, por ejemplo.

Eso  deriva en la constitución de feudos burocráticos, donde algunos de los académicos de planta y media jornada, simplemente se dedican a cuidar sus pequeños nichos de poder y los privilegios ganados gracias al amiguismo y el vasallaje, lo que genera una evidente inercia intelectual.

Por eso Claudio Bunster dijo lo que dijo.

 

*Leer respuesta a esta columna: La universidad pública en gavetas oxidadas: de olvido y desigualdad, por Jorge Inzunza

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