#Educación

La juventud y la raya

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El país está adquiriendo el hábito de la desconfianza. Sus razones tiene. La ciudadanía está harta de anuncios espectaculares y siente rechazo de los términos excelencia, revolución, eficiencia que supuestamente debían plasmar aquella nueva forma de gobernar que ahora se percibe como  vacilación,  palabra hueca y  letra chica.

En este contexto se han pronunciado frases verdaderamente lamentables, como la que se desprende del título. Los estudiantes se pasaron de la raya. Aun suponiendo que tal raya exista en términos objetivos, me pregunto:¿qué clase de juventud es aquella que no se pasa de alguna raya? ¿Queremos una juventud sumisa, obsecuente, avejentada en sus dogmas, incapaz de crear y de afrontar su tarea?

Para quien sus años de aula distan ya de medio siglo, y cuyas protestas iban contra la intervención de la OEA  en la Cuba revolucionaria, no queda más alternativa que la de declararse irrestrictamente del lado de los estudiantes actuales. Los muchachos y muchachas que hoy se han apoderado de las calles tienen el más amplio derecho de “pasarse de las rayas” que el sistema vigente ha pintado en el asfalto gris de nuestra conciencia. Me producía horror la aceptación y la obediencia a un sistema educacional diseñado para formar consumidores, no ciudadanos. Me aterraba que la juventud se hubiera sumido en una actitud de “ni ahí” y que aceptara sin protestas el destino de supermercado  que el sistema les había dedicado como única alternativa.  Que comenzara su vida adulta encalillada con los gángsters de La Polar, que se recibiera como profesional en una universidad chanta de dudosa acreditación en una carrera sin horizonte ni futuro. Que creyera en las numerosas promesas que han escuchado hace ya demasiado tiempo.

Me interpreta, en cambio, que se pasen de la raya. Que se atrevan. Que saquen la voz, que nos muestren que están vivos y dispuestos a asumir el principal rol de toda juventud: cambiar el mundo. Comprendo que pasarse de la raya es el único camino para avanzar y zafarse de ese diseño mercantil de la educación,  constituyente básico del sistema que ellos necesitan cambiar.  Las rayas que están pasando son las que enmarcan y definen el sistema clasista actual, de inaceptables brechas instaladas con intención de lucro abusivo.  

Salió la palabra. Aclaremos: nadie puede afirmar que no es legítimo vivir de la educación. Los profesores de básica, media y superior, los administrativos y gestores tienen el derecho a una remuneración adecuada que les permita una vida digna. El lucro que se cuestiona es aquel que subordina la calidad a los resultados financieros. Que está dispuesto a sacrificar el nivel de la enseñanza para aumentar las cifras de su balance.  La estéril discusión del lucro no es más que una estrategia diseñada a evitar los temas de fondo. No caigamos en la trampa.

A propósito del anuncio que se espera para estos días. Asumo que es prejuicioso, pero me imagino una ceremonia ampulosa, un ambiente de recogimiento previo a la revelación de sabiduría profunda que se avecina. Una breve aunque excesiva referencia a las calamidades del gobierno anterior, al lúcido diseño actual y al humilde reconocimiento de que, con todo, faltaron algunas cosas. Luego, los puntos concretos, algunas cifras que cumplirán el doble propósito de ser muy económicas y altamente eficientes y, finalmente, una alabanza a la gestión de excelencia que ahora supuestamente existe, y un cierre optimista en el sentido de que – ahora sí, de una vez por todas – debe darse por superado el incidente y sólo resta esperar con tranquilidad que las soluciones planteadas rindan frutos. Y a otra cosa, mariposa.

Sí, es prejuicioso, y estoy dispuesto a tragarme mis palabras.  Quisiera estar equivocado, pero temo que nada se puede esperar del proyecto anunciado. Lo que se requiere es, justamente, lo que está prohibido: cambios estructurales y reales, un programa concreto y con etapas y plazos definidos. Como por ejemplo, que en no más de cuatro años se iguale el aporte fiscal a la educación que exhiben los países de la OCDE. Que ello será financiado de tal o cual manera. Que los correspondientes proyectos de ley ingresarán al Congreso en plazo muy breve y previamente discutidas en las instancias correspondientes con todos los sectores involucrados. Que los estudiantes serán escuchados, que sus opiniones serán respetadas y sometidas a análisis. Que han quedado relegadas al olvido las amenazas y las astutas maniobras para evitar  manifestaciones. Que Camila, Giorgio y todos los dirigentes son personas valiosas y respetables. Que quienes se han pasado verdaderamente de todas las rayas imaginables son todos aquellos que han participado del penoso diseño de nuestra educación actual.

El país de verdad está en la calle con los estudiantes. Dispuestos a pasarse de la raya con creatividad, alegría, buen humor y optimismo. Sin violencia, sin encapuchados sospechosos ni carabineros mártires. Como aquella vez que un estudiante portugués puso con mucho cuidado un clavel rojo en el cañón de un fusil  ante la cómplice mirada del gendarme.

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Foto: Laula Licencia CC

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06 de julio

Me quedo con esta frase: “La estéril discusión del lucro no es más que una estrategia diseñada a evitar los temas de fondo. No caigamos en la trampa”.

Y casi todos han caído, porque el lucro -mal entendido como usura- se ha alimentado de una falencia profunda, que es la nula garantía de educación pública de calidad en el sistema primario y secundario.

Y surge la paradoja -muy ad hoc al mercantilismo- porque el Estado te obliga a enviar a tus hijos al colegio porque dice que es un derecho inalienable, de lo contrario, te sanciona, te multa y te encarcela. Pero no te ofrece escuelas.

Y entonces, para salvarte, o los mandas al primer colegio municipal que pillas -que más bien parece centro de reclusión- o te endeudas pagando un colegio particular al que puedas acceder. Negocio redondo para los burócratas de la educación que sin distinción política han desarrollado sus emprendimientos usando la presión estatal.

Es decir, eso que el papel consagra como derecho garantizado por el Estado, lo debes pagar tú. Es decir, el derecho se convierte en coacción.

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