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La historia y ¿el pensamiento crítico?

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La reducción de horas de historia se ha planteado dentro del marco de la llamada “gran reforma de la educación”, insertando una decisión de tipo curricular en un “paquete” de medidas de diversa índole, varias de ellas cercanas al ámbito administrativo. Un conjunto de medidas que afectan distintos ámbitos y distintos actores de la educación en Chile resulta provechoso, ya que articular un rechazo unívoco es menos probable, y se juega a desviar la atención de aquellos aspectos que generan más resistencia. De este modo, se ha intentado revestir esta política como una decisión de un ministerio sectorial. Pero cada vez parece más evidente que ésta es una política general del actual gobierno.

La reducción de horas de historia y tecnología en las escuelas y liceos no es una medida aislada. Se suma a la irrelevancia con que fue evaluada esta área del conocimiento en la asignación de fondos estatales de investigación. También se vincula con la selección de becarios y sus futuras áreas de estudio en el extranjero, así como con la reestructuración del CNCA y de la asignación de fondos concursables de cultura. Sumando y sumando, es una cortapisa a los territorios en que se desarrolla la creatividad y el pensamiento crítico. Es difícil creer que todas estas medidas sean una mera casualidad: que las artes y las humanidades se vean forzadas a quedar en segundo o tercer plano es simplemente desconocer una parte fundamental de lo que nos hace, justamente, humanos.

La toma de decisiones para implementar políticas públicas pertinentes, relevantes y eficientes –como tanto le gusta al actual gobierno- debiera realizarse en base al conocimiento de las identidades sociales y a la memoria colectiva de esas sociedades. De otro modo, se implementan decisiones paternalistas, en base a lo que algunos, revestidos del poder político, creen que es lo correcto, muchas veces desconociendo las realidades sociales que se verán afectadas por esas políticas públicas. 

Ahogar las posibilidades de desarrollo del pensamiento crítico y del análisis histórico es una garantía para instalar lugares comunes irreflexivos y sensaciones de homogeneidad que no reconocen las problemáticas reales. Suprimir paulatinamente el pensamiento histórico es una ruta para rechazar el análisis de largo plazo, donde se plantean las responsabilidades políticas de profundas implicancias sociales.

Todo indica que estas decisiones se enmarcan en un esfuerzo por suprimir el pensamiento crítico y reflexivo. De otro modo, no se entiende aquella instalación del “semáforo” con los resultados del SIMCE, cuando todos los esfuerzos de esta unidad del MINEDUC en los últimos años apuntaban a la construcción de Niveles de Logro, los que se entendían como una entrega de información cualitativa como complemento del puntaje obtenido en esta medición. Ahora el método es asignar un color. Y punto. La demanda de argumentos para explicar la actual reforma curricular de la educación tampoco ha sido acogida, simplemente se ha respondido en base a una expectativa de resultados, de números que avalen la decisión. Más allá incluso, una de las “metas” asociadas a esta reforma es el aumento en 10 puntos del SIMCE. Pero las mediciones son engañosas, la construcción de estos instrumentos es poco transparente y, por lo demás, los números no son siempre confiables. Basta detenerse en la diferencia del porcentaje de pobreza en Chile
entre la interpretación de la encuesta CASEN y los índices que recientemente publicados por la CEPAL.

En el sector de aprendizaje de historia y ciencias sociales no solo se estudia la historia. Desde el MINEDUC se han establecido tres ejes en esta área: sociedad en perspectiva histórica, espacio geográfico y democracia y desarrollo. La primera consiste en estudiar la historia de manera crítica, acentuando la perspectiva de comprensión del presente y problematizando las identidades sociales. La segunda corresponde al estudio de la geografía, con atención en la relación de los seres humanos y el medio ambiente, enfatizando la conciencia de cuidado y sincronía con el entorno. La tercera, considera por una parte el aprendizaje de los fundamentos de la democracia, junto con las responsabilidades ciudadanas, incluyendo los Derechos Humanos. Por otra, el estudio del desarrollo económico de las sociedades, desde una perspectiva de desarrollo sustentable, integrando el análisis del medioambiente y de los problemas sociales en las decisiones económicas. Las conclusiones de por qué se produce esta reducción desde los 10años hasta que prácticamente se termina la educación escolar –y no en su etapa de formación inicial- quedan a la vista.

La reducción de horas de historia tendrá efectos negativos sobre la formación ciudadana y la cultura democrática. Varios se han pronunciado al respecto, y con mucha razón. La reflexión histórica es un punto de partida para el análisis de nuestra realidad presente, es una vía de acceso hacia el empoderamiento de la ciudadanía y de las identidades sociales. Sin embargo, como ciudadanos, pareciera que no somos todos iguales, y que no tenemos los mismos derechos. En los últimos meses hemos visto en la calle a estudiantes, al pueblo Mapuche y Rapa nui, a los funcionarios públicos, a los trabajadores de la salud, a profesores e historiadores, a mujeres y madres. Hemos visto a los actores sociales históricamente excluidos salir a la calle e intentar que su voz sea escuchada, y los tradicionales medios de prensa apenas han difundido esas demandas y acciones. Y es que ahí no está el poder. No está el poder político ni el económico, no es un gran movimiento articulado que genere cámaras, focos y portadas, no genera buenos resultados en las mediciones –ni en las que se “mide” las capacidades de la ciudadanía ni en las que se “mide” la capacidad del gobierno-.

Estas medidas que derrumban la construcción y el desarrollo de las artes y humanidades están diciendo una sola cosa por parte del gobierno: estos territorios de la ciudadanía no importan, no son relevantes, no generan cifras que respalden su éxito. Parece evidente que la lógica empresarial y de rentabilidad es la que gobierna.

Ante la imposibilidad de argumentar esta medida –por indicación del propio Consejo Nacional de Educación-, se retiró la propuesta de reforma curricular. Sin embargo, todo indica que nuevamente se intentará realizar este nefasto cambio, quizás más silenciosamente, de manera que los ciudadanos y ciudadanas no tengamos posibilidad de expresar a viva voz nuestro rechazo, ni de explicar a la sociedad el desastre que ello implicará.

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Foto: Masacre del seguro Obrero – Memoria Chilena

 

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15 de Diciembre

Si bien no estoy de acuerdo con disminuir historia, como tampoco con que se haya eliminado educación cívica, creo que se plantea una idea errada en cuanto al pensamiento crítico y la creatividad, que es creer que depende de subvenciones estatales.

El pensamiento crítico que depende de subvenciones gubernamentales, se vuelve irremediablemente complaciente con su mecenas, en este caso el Estado. Lo mismo ocurre con la creatividad, que debe ser libre y no responder a los intereses del gobierno de turno.

El pensamiento crítico y la creatividad no dependen del Estado o una corporación sino que surgen espontáneamente de la mente de las personas.

Es más, creo que el pensamiento crítico libre se hace necesario ante dos coaliciones autocomplacientes y ensimismadas en sus propias lógicas.

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