#Educación

La escuela pública: un laberinto en el desierto

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Esta columna ya fue escrita, por mí y por muchas otras personas de mil formas. Pero es necesario reescribirla una  vez más, para que se eleve como un eco retumbando en la conciencia política de la nación.

En mi escuelita pública se cantaba la segunda estrofa del himno nacional, esa que secuestró la dictadura para loar a los soldados que acuñaron las monedas de diez pesos para decir que había liberado Chile el 11 del IX de 1973. Mi escuelita era mixta, tomábamos desayuno en las salas de clase… un vaso de leche y unas galletas. Recuerdo haber juntado varias de ellas en casa, de un color café oscuro, de una textura harinosa… y viene a mi memoria el cambio por las galletas amarillas de vainilla, un salto cualitativo en el gusto. Jugábamos en el patio en los recreos en medio de la polvareda. Luego  almorzábamos lo que JUNAEB disponía, nos alimentaba… y eso era lo que importaba. Mi escuelita tenía tres turnos; en el último de ellos estudiaban los adultos. Allí mi madre terminó su enseñanza básica… Fuimos compañeros de escuela por un par de años. Hace años que no sé de mi escuelita, pero supongo que sigue allí, compitiendo por las matrículas frente a las escuelas particular-subvencionadas que tapizan la comuna.

Tal vez esta podría ser la historia de los dos reyes y los dos laberintos de Jorge Luis Borges. Aquel rey grandilocuente que construyó el mejor de sus laberintos con el apoyo de sus comités técnicos, no supo qué hacer cuando fue abandonado en el peor de los laberintos… aquel lugar sin escaleras que bajar o subir, pasillos que recorrer o muros que franquear. La ferocidad descansaba en la potencia de un desierto, inconmensurablemente real.

Este año termina habiendo vivido las más grandes protestas sociales por un derecho social de la historia republicana de Chile. Y tal vez desde algún lugar de los altos pisos del Congreso Nacional se haya escuchado un “¡Escuela Pública se otea!”. Pero lamentablemente los gritos y razones no fueron suficientes para promover un desembarco de las clases gobernantes para que hicieran al menos un “tour” por nuestras escuelas públicas. Considero que este es un obstáculo epistemológico-emocional básico. Tenemos políticos de castillo de marfil que sólo ven las escuelas públicas desde la carretera al Aeropuerto de Santiago; otros las vivieron, pero prefirieron olvidarlas luego de cambiarse a vivir al “barrio alto”; otros logran empatizar… pero lo hacen sólo desde el intelecto. Nuestros servidores públicos, empezando por la máxima autoridad política, hace muchos años que dejaron de preferir los servicios públicos. Confían a sus hijos a la oferta privada des escuelas de las comunas del sector Oriente de Santiago. Pero así y todo “nos representan”. No sé si el lector o lectora se alcanza a percibir la magnitud del problema que trato de demostrar.

El año del dragón de agua se nos ofrece como un desafío mayor. La educación pública está en las aparentes buenas intenciones de los congresistas y del poder ejecutivo, lo que contrasta con las noticias que nos llegan desde aquel desierto borgiano. Los alcaldes siguen cerrando escuelas, directores cancelan matrículas de los estudiantes que han protestado, y padres y apoderados prefieren pagar una mensualidad pensando que sus hijos/as tendrán una educación mejor tal vez sin huelgas. Un año de protestas y no hay nada está resuelto. Las piezas del ajedrez están dispuestas, y comenzamos una segunda etapa. Ahora se viene la oleada de “exploradores”: las comisiones técnicas que tendrán que pronunciarse sobre las posibilidades concretas de los proyectos de ley y sobre políticas específicas. Ya los conocemos, probablemente no son muy distintos a los que promovieron la Ley General de Educación, en su más plena insuficiencia y siempre leal al proyecto mercantilizador.

Los exploradores también han sido secuestrados y se han extraviado durante años en el desierto. Y es que la investigación en educación en Chile no ha logrado cuestionar mayormente los modelos de segregación del sistema educacional, mientras al igual que los políticos, educan a sus hijos e hijas en las escuelas privadas. Mientras el Mineduc siga financiando proyectos asociados al perfeccionamiento de sus propias políticas, seguirá en vigor una producción científica tautológica.

Pero existen los desiertos floridos, que no por breves dejan de ser maravillosos milagros. El movimiento de nuestras escuelitas debe estar presente y apoyarse en los saberes de la producción científica educacional crítica existente en nuestro país. El diálogo entre estos saberes es fundamental, es aquí donde debemos construir lazos y confianzas. Nuestra movilización debe continuar como ya lo hacen muchas escuelitas, liceos técnicos y centros de formación superior que renunciarán a sus vacaciones de verano.

La base de nuestras políticas sociales se ha construido en la ignorancia y en la ausencia de procesos democráticos en su construcción. Islandia sigue siendo un faro que nos deletrea un mapa para hacer de nuestro desierto un vaivén de flores permanente.

Esta columna deberá seguir siendo reescrita una y otra vez.

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Foto: Chile Ayuda a Chile / Licencia CC

 

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