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La educación y la capacitación, el cara y sello de la misma moneda

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“El operador” necesita que sus aprendices “traguen” más que digieran los contenidos, porque al final del segundo, cuarto, octavo básico y del segundo y cuarto medio, van a ser medidos en razón a los puntajes obtenidos en el SIMCE y en la PSU.

Los profesionales de la educación o mejor dicho, los operadores del curriculum, desarrollan sus labores establecidas, sin saber cómo aprenden efectivamente sus alumnos. Precisemos antes de seguir, ejercen sus funciones de operadores porque el margen de acción pedagógica es casi igual a cero. Porque al estar prescrito, nacionalmente, el curriculum, principalmente en base a objetivos, bajo un paradigma conductista y memorístico, y medido y “condenado” social y familiarmente por las dos pruebas nacionales el SIMCE y la PSU, los movimientos del docente son estar en línea con lo que hay que “pasar” más que sobre a quién y cómo aprenden los niños y jóvenes. “El operador” requiere de recetas más que conocimientos de neurociencias o cómo es el desarrollo neuronal y emocional del aprendiz. “El operador” requiere que lo asistan más que vayan a compartir su experiencias. “El operador” necesita que sus aprendices “traguen” más que digieran los contenidos, porque al final del segundo, cuarto, octavo básico y del segundo y cuarto medio, van a ser medidos en razón a los puntajes obtenidos en el SIMCE y en la PSU.

En este contexto, en donde “ la cola mueve al perro” o, en otras palabras, más académicas, en donde el curriculum y las prácticas pedagógicas están subordinadas a los resultados de esta pruebas nacionales, ¿tienen “los operadores del currriculum” la posibilidad de innovar?

Dos pensamientos, de entornos  educativos,  para emocionarse.

Benjamín Franklin: “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo , involúcrame y lo aprendo”.

Paulo Freire: “Siendo una práctica estrictamente humana, jamás pude entender la educación como una experiencia fría, sin alma, en la cual los sentimientos y las emociones, los deseos, los sueños, deberían ser reprimidos por una especie de dictadura racionalista”.

Si a estas dos reflexiones le damos cuerpo para que caminen por la escuelas de nuestro país, ¿tendrían alguna cabida? ¿Tienen sentido para el currriculum y las prácticas pedagógicas estas elucubraciones? ¿Es posible concebir alguna probabilidad para que estas dos divagaciones le den sentido a lo que hacemos, dentro de la escuela, primaria, secundaria y terciaria?

A modo de aproximación, debemos pensar el curriculum desde la miradas que deberían tener los profesionales de la educación, asumiendo que en los tiempos que vivimos, en donde la escuela es un ambiente de aprendizaje más, este debería tener una función de facilitador, entrenador, motivador o negociador. Considerando y relevando que los contextos locales y regionales tienen alguna importancia para la construcción de nuestros sueños y nuestras experiencias y que cada uno de los  aprendices tienen un estilo y ritmo de aprendizaje, debemos concebir necesariamente que los profesionales de la educación deben “ intervenir” en el currriculum desde una dimensión local, regional y nacional, partiendo desde el desarrollo emocional y neuronal de los estudiantes. Por tanto, su ejercicio docente debería mucho más allá que desde una perspectiva “reproductora” o “domesticadora”.

La otra cara de la moneda, la capacitación de los profesionales de la educación, es concebida en la actualidad desde el paradigma pedagógico más que andragógico. Es decir, los profesores “no  saben nada” y su experiencia pedagógica y sus expectativas no son significativas, ni mucho menos debieran ser tomadas en cuenta. En pocas palabras, el paso por la vida , por la escuela y por las escuelas matrices de profesores no sirven para nada. Por tanto, los profesionales, o mejor dicho, “los operadores del curriculum“, son “niños y niñas grandes” a los que en cada acción capacitadora se les debe enseñar desde cero. ¿Sería muy delirante pensar en proyectos de capacitación locales y regionales, en donde los docentes sean considerados para mejorar sus prácticas pedagógicas y para reflexionar permanentemente sobre el curriculum? ¿Sería un desatino mayor imaginar el desarrollo de la profesión docente conectado y aprendiendo cada día sobre la neurociencia o cómo aprenden sus alumnos? ¿Sería inimaginable pensar en comunidades de aprendizajes presenciales y virtuales de profesores a nivel local, regional y nacional?

Si lo anterior tiene algún asidero, es imprescindible cambiar el cara y sello de la moneda.

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Foto: Wikimedia Commons

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