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Elecciones de Decano y la modificación de estatutos en la U. de Chile

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En el debate organizado por el Centro de Estudiantes, Pablo Ruiz Tagle -Candidato a Decano- le señaló a su contrincante, Davor Harasic, «las elecciones se ganan con votos, no con aplausos». Claro, Ruiz Tagle da en el clavo, las elecciones se ganan con votos y con los votos de los profesores. Pero, ¿qué es de los alumnos y los funcionarios?


Si bien con el derecho a voto no se solucionan los problemas, sí se rompe con el paradigma sectario de participación con que contamos en nuestra universidad, permitiendo tener una incidencia no solo en la elecciones, sino también en el contenido y desarrollo que queramos tener en nuestra comunidad, así como en las facultades o institutos.

El pasado 2013 después de 12 años ininterrumpidos al liderazgo de la Facultad y una fallida repostulación, la Junta Electoral Central de la Universidad de Chile cerró las puertas al otrora Decano de la Escuela de Derecho, Roberto Nahum. Luego de un año de incertidumbre se realizarán, finalmente, este mes de abril las elecciones que determinarán el rumbo de quien conducirá nuestra facultad para estos próximos cuatro años.

Frente a los tres proyectos que se ofrecen, como estudiantes hemos decidido no abanderarnos por alguno en particular. Las propuestas ofrecidas por las tres candidaturas se presentan frente al alumnado como espacios comunes, consignas generales que en ningún caso representan el clamor estudiantil y la serie de demandas que, asamblea tras asamblea, hemos construido. No existe un trabajo, ni siquiera una discusión frente a nuestra voz: como por ejemplo, aquellas demandas referidas al rol público o a la tarea que significa la extensión de nuestra facultad. Pero, por sobre todo, no existe un horizonte claro frente a la participación de toda la comunidad universitaria.

Hoy la Facultad de Derecho carece de un programa real que caracterice su rol público en la sociedad. La baja -y con poco sentido- investigación que posee, la nula extensión que desarrolla, el claustro académico compuesto por alrededor de 250 profesores -de los cuales muy pocos tienen jornadas completas-, la malla que no es efectiva en la profundización por aérea, sino que es una piedra en el camino para el egreso, constituyen algunas de las principales problemáticas que nos aquejan. Esto nos permite decir que la Facultad necesita replantear su rol y trabajar de forma mancomunada con la comunidad universitaria para dotarla de ello.

Pensar que la solución de este significativo -y antiguo- problema es la personificación en la figura o incluso en la institución de decanato es caer en un error (para mi gusto), es asumir que la Facultad se construye por la autoridad principal y no por su comunidad transversal. Pero este error no es voluntario, sino que es una reacción natural a la poca y vaga democratización que tenemos como Universidad. Que cientos de estudiantes sólo vean su casa de estudio como herramienta para profesionalizarse, sin adquirir con esto, un compromiso para sí con la Universidad y su desarrollo, ni con la comunidad, es otro síntoma de la poca democratización. Hoy no nos sentimos parte del desarrollo de nuestra institución, ni de la conducción y mucho menos de los replanteamientos del papel que debería tener nuestra universidad en la entrega académica a su entorno comunitario interno y externo.

Esto ocurre por falta de espacios participativos y por la nula incidencia de los estudiantes en el proyecto que construye la Universidad. No incidimos en decisiones sobre investigación, extensión, carrera académica, docencia, etc.

Para contrarrestar lo anterior es clave el papel que ha llevado el Senado Universitario, órgano triestamental que funciona desde el 2006, de manera inédita en las universidades a nivel nacional, y que cumple la función de crear las normas que rigen a nuestra casa de estudios. Durante los últimos años el Senado Universitario ha tomado un rol más político sobre las distintas situaciones y temas, ya sean nacionales o locales. Desde el año 2012 se comenzó a analizar el estatuto que actualmente nos rige, de lo cual se planteó que merece una modificación, por tener una estructura y contenido poco democrático e inútil para los actuales tiempos de enseñanza y del contexto nacional. Tras un año de análisis estatutario se planteó una propuesta de modificaciones, la cual fue aceptada por la plenaria del Senado. Durante este año se deben realizar una serie de discusiones locales triestamentales para terminar en un referéndum entre los tres estamentos que decidirá si se cambia o no la normativa vigente de nuestra Institución.

La importancia de este proceso de modificación de estatutos es tremenda, es el principal hito histórico de democratización de los espacios permitiendo a toda la comunidad universitaria -profesores, estudiantes y funcionarios- debatir libremente sobre el rol que debería tener la Universidad de Chile. Sabemos que hay sectores conservadores dentro de nuestra universidad, los cuales desean que no se configure este proceso participativo, ya que lo ven como una amenaza real a las conducciones sectarias que han llevado por años.

Como señalé, ningún candidato recoge de manera significativa nuestro pliego de demandas, probablemente porque no les interesa escuchar a los «sin votos», y es aquí donde hacemos la pregunta. ¿Cuál sería nuestra capacidad de incidencia si pudiéramos votar?

Entre las modificaciones que se plantean, una de las más significativas es las elecciones triestamentales de autoridades unipersonales, es decir, los «sin votos» -Estudiantes y funcionarios- también decidirán quién es el encargado de conducir, liderar y organizar de la mejor manera cada espacio universitario. En un paso histórico, podemos recuperar este derecho cercenado por la dictadura y poder tener una máxima en los derechos ciudadanos, el poder decidir quién conducirá nuestras instituciones.

Si bien con el derecho a voto no se solucionan los problemas, sí se rompe con el paradigma sectario de participación con que contamos en nuestra universidad, permitiendo tener una incidencia no solo en la elecciones, sino también en el contenido y desarrollo que queramos tener en nuestra comunidad, así como en las facultades o institutos. Como estudiantes debemos tener altura de miras en este proceso y generar unidad en nuestro estamento para así poder tener un rol articulador en aras de que esta propuesta se vote favorablemente. Debemos generar el debate y discutir, escuchando todas las perspectivas sobre el asunto pero sin desenfocarnos en que lo primordial de esta modificación debe ser la democratización real de nuestra Universidad de Chile.

TAGS: Universidad de Chile

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