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El peligro de la excelencia académica

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Imaginemos una sociedad perfecta donde todos los estudiantes responden sin errores el Simce y la prueba PISA. Toda la comunidad internacional elogia los resultados de Chile. Los establecimientos de educación secundaria se han vuelto una réplica del laureado Instituto Nacional. En aquel momento de cúspide intelectual habremos encontrado la panacea para el problema de la educación, pero quizás también habremos perdido la oportunidad de formar a un ciudadano capaz de participar en la vida democrática de su país y en la toma de decisiones.

La idea de excelencia académica agrada a primera vista. ¿A quién no le parece deseable la posibilidad de obtener los mejores resultados posibles en cualquier área en que se desempeñe? En educación esta noción es particularmente atractiva cuando de su consecución se desprenden beneficios como becas o admisiones especiales a programas de alta demanda, o simplemente status: un lugar en el podio escolar o universitario y el reconocimiento de toda la comunidad.

Sin embargo, toda vez que la excelencia académica es utilizada como mecanismo de selección entre pares alberga necesariamente la idea de exclusión. La excelencia en este caso es el resultado del esfuerzo individual por competir contra el resto. En educación particularmente no aplica el adagio deportivo lo importante es competir porque lo que está en juego -se dice- es el futuro del estudiante, en alusión a la colocación del estudiante en el mercado laboral una vez concluidos sus estudios.

Hemos aprendido de la mano del mercado que la competencia es buena pues en el fondo saca lo mejor de los seres humanos al verse forzados a producir más y mejores obras. En salud, por ejemplo, obliga a las isapres a competir por la captación y retención de afiliados, mejorando sus planes y sus beneficios. En previsión, las AFP destacan sus bondades para conseguir ahorrantes fieles que confíen sus ahorros a quienes ofrezcan los beneficios más tangibles. La competencia es sana y necesaria, afirman los economistas defensores del modelo, pero ¿debe ser la excelencia académica, idea fundada en la competencia, el fundamento de nuestros esfuerzos en materia educativa?

Imaginemos una sociedad perfecta donde todos los estudiantes responden sin errores el Simce y la prueba PISA. Toda la comunidad internacional elogia los resultados de Chile. Los establecimientos de educación secundaria se han vuelto una réplica del laureado Instituto Nacional. En aquel momento de cúspide intelectual habremos encontrado la panacea para el problema de la educación, pero quizás también habremos perdido la oportunidad de formar a un ciudadano capaz de participar en la vida democrática de su país y en la toma de decisiones al poner el foco en una escala que no evalúa la capacidad de los estudiantes para reflexionar sobre su propio quehacer sino en entrenarlos para operar sobre circunstancias dadas infinitas e incuestionables (de ello da cuenta el esfuerzo continuo por dar protagonismo a las ciencias exactas en las metodologías de evaluación en desmedro de las humanidades: historia, arte, filosofía).

¿Es posible compatibilizar la habilidad crítica y reflexiva con la idea de excelencia académica? Por supuesto, pero mientras prevalezcan incentivos económicos basados en escalas de evaluación con un excesivo foco en las ciencias exactas -basadas en la idea de lo unívoco- las instituciones no tendrán ninguna razón para hacerlo más que la vocación de los docentes de humanidades, hoy antihéroes de una extraña novela con un final previsible- o el afán quijotesco de algún sostenedor. Sin embargo, mientras esto no sea una política de Estado estaremos condenados al pensamiento calculador en desmedro del pensar meditativo, cuya idea de excelencia nos puede conducir peligrosamente a la deshumanización, entendida como la indiferencia o frivolidad frente a las crisis de sentido de nuestra época (peatones burlándose del suicidio de un joven en plena vía pública), o bien como la reproducción de un sistema educativo que persigue éxitos académicos (notas) por sobre participación democrática, creación artística o simplemente, convivencia armónica.

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