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El lucro ¿un demonio o un santo?

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Quizás uno de los impulsos más debatidos del ser humano sea su afán de lucro. La discusión comprende la más vasta gama de posiciones y muchas veces se trasunta una especie de sentimiento de culpa por reconocer que en nuestra naturaleza el lucro determina nuestras acciones mucho más de lo deseable.

¿Qué pasa con el lucro? ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es inevitable? En definitiva, ¿se debe limitar  el lucro desde una perspectiva ética o éste está fuera de esa dimensión?

El vocablo lucro viene del latin  lucnam, y según el diccionario de la Lengua Española es la ganancia o provecho que se saca de una cosa, idea que completa el diccionario de Joaquín Escriche, agregando que viene “especialmente del dinero”.

Es quizás eso del “aprovecharse” lo que nos incomoda, puesto que esa idea lleva implícita una suerte de oportunismo. Pese a ello,  hay una tendencia a creer que cuando de satisfacer necesidades se trata, lo que está en juego es la sobrevivencia y que es esa causa la que justifica los caminos de acción y no cabrían las culpas que penan al lucro.

Cabe, en todo caso, hacer a este respecto una acotación curiosa: ¡qué condescendientes somos con nuestro propio afán de lucro y que críticos frente al afán de lucro de los demás!

No deja de llamar la atención el cómo manejamos lo que compete al margen de utilidad. Sobre el afán de lucro envuelto en una operación determinada no se habla; éste va implícito, es obvio. Se trata prácticamente de un secreto de Estado. Nadie está dispuesto a revelarlo, y en caso de verse muy expuesto a hacerlo, se minimiza al máximo. Pareciera que no es bien visto un margen de utilidad muy amplio,  mientras que una ganancia menguada no merece reproche alguno.

Algunos dirán que el margen de utilidad es un problema técnico que definen especialmente los que conocen de las ciencias económicas. Ellos, nos responderán a coro, que la utilidad no la fijan los seres humanos dentro de parámetros valóricos, sino que es la consecuencia lógica y necesaria de los vaivenes del “mercado”.

Se han escrito miles de páginas sobre la materia pero me temo que aún no se ha podido explicar su naturaleza y existencia. Lo real y concreto es que en los procesos de intercambio de bienes y servicios, lo que se verifica son innumerables decisiones que adoptan los seres humanos por los más diversos motivos en el ejercicio de su libertad individual. ¿Puede esa diversidad inconmensurable e impredecible, en la que se entrecruzan motivaciones  de toda índole, entre ellas el lucro, ser personificada con contornos ciertos y perceptibles? Los que creen en el mercado piensan que sí. Sin embargo, lo piensan más por un acto de fe que por una constatación científica. El mercado es para el economista un dogma de fe, como lo es para el cristiano que Jesús es hijo de Dios.

Pareciera ser que la experiencia humana de siglos nos enseña que ella está sujeta a marcos valóricos. El punto entonces es conocer esos límites dentro de los cuales una utilidad o ganancia es buena o mala, justa o injusta, legítima o ilegítima.

Por su parte, el derecho, nos aporta dos conceptos que recogen esta tradición histórica de limitar la utilidad a ciertos márgenes que si son sobrepasados, la ganancia deviene en ilegítima: me refiero a la usura y a la lesión enorme.

Quizás, ha llegado el momento de retomar estos conceptos consagrados ya centenariamente en nuestros Códigos Penal y Civil, profundizarlos y rescatar de ellos los valores que se quisieron resaltar al acuñarlos, más aun cuando aquella ficción llamada mercado busca imponerse en las relaciones humanas sin contrapeso, para así despersonalizar decisiones tan típicamente humanas como es definir cuanto quiero ganar.

* Abogado y docente de la Escuela de Derecho de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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Foto: Cochino dinero / Licencia CC

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23 de junio

En la teoría económica hay una disputa no saldada entre la idea de valor objetivo (que defienden monetaristas y marxistas) y la idea de valor subjetivo (que plantean los austriacos). A partir de eso, se puede decir que no todos los que creen en el mercado -como libre intercambio- creen que se puedan establecer contornos ciertos y perceptibles a la diversidad de intercambios.

En ese sentido, el problema no es el lucro sino el fraude y la usura.

25 de junio

La subjetividad humana como momento constitutivo del fenómeno social, en este caso el fenómeno económico, no aparece pensado en forma categorial en las ciencias sociales (tanto marxistas como otras). El conflicto de interés estructural del individuo esta en relación con su estructura motivacional orientada a transitar, en cada momento de su vida, del malestar al bienestar (el bien propio), y la necesidad también estructurante de sentirse “cobijado” en interacciones sociales de la cooperación socioeconómica. El problema ético del bien común emerge desde esa interacción. El concepto del “ejercicio de la libertad individual” se relativiza en el proceso de adquisición del concepto, de la razón. Con el lenguaje adquirido, el individuo interioriza una concepción del mundo que canaliza el ejercicio de su liberad en un rango definido por la sociedad. La razón, el concepto actúa sobre lo sensible y lo regula. El acto de civilización por excelencia. Para una comprensión de la relación del bien propio y el bien común, interiorizado a través del concepto en nosotros, es necesaria una comprensión del fenómeno del recambio generacional, como una renovación de la sensibilidad y la razón, y como esto actúa en el desarrollo de la sociedad en su intergeneracionalidad.
Andrés Zöllner Sánchez

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