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Education in the Chilean Kingdom

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El actual sistema educacional que, con el mayor respeto, pone prietas municipales y centollas particulares en el mismo plato, no difiere en absoluto del consanguíneo suceder de aspirantes a la corona de la dinastía Borbón. Ese es el combustible eterno de la inequidad.

¡Y cómo salimos de esta! Se hace lo que se puede y, poco a poco, lo que se debe. La conformidad incómoda de la impotencia  nos desenchufa, a menudo, del energético debate político contingente. La obligada pero sabia resignación, una y otra vez, redirige nuestra atención hacia una reflexión menos polémica y, ojalá, más entretenida. Y todas las veces funciona.

Esta nada casual, atómica e involuntaria resignación, es la que genera el espacio donde crece la demagogia y se enraízan la manipulación, las corrupciones y los apernamientos inmorales. Entonces nuestra desilusión aumenta y la esperanza se desvanece paulatina con triste, pero amortiguada angustia.

Uno puede, ya sea por inculcamientos propagandísticos  o por entendible y llana frustración, apagar el fósforo y dedicarse a maldecir la oscuridad… pero no debiera. ¿Por qué?

Primero, porque los impuestos, los salarios, el manejo de fondos de pensiones, el acceso a la salud, la calidad de la educación , la fiscalización de los precios y otras significativas regulaciones, son el resultado de una decisión política y no es bueno ni sano quedarse fuera.

Segundo, porque, a pesar de que conformarse con lo que uno tiene es una virtud, en cambio conformarse con lo que uno es, se convierte en un suicidio. Pero peor es, además, podar la proyección de quienes dependen de lo que nosotros les dejamos.

No sabemos con exactitud cuándo el hombre dio el primer paso en la edificación de una sociedad, pero sí tenemos profusa documentación del surgimiento, desarrollo y decadencia de civilizaciones completas. La misión de la humanidad, sea esta una de evolución o una de origen divino, no terminó con la Constitución del ochenta. Buena o mala, es el principio tal vez, pero no es ni debe ser el fin de nada.

Cada vez que converso con alguien de política, sea un partidario del modelo actual o un adversario, la crónica anunciada de la conclusión será la misma: “qué se puede hacer”, “hace falta un líder”, “no podemos volver al comunismo”, “están todos comprados”, entre otras maravillas. Es decir que el que se queja es flojo y el que no, de seguro es un ladrón de mierda. Ambos, indignados.

Todos estos traumas son el cuidadoso resultado de una inyección mediática del nuevo orden. Uno que va desde la eliminación de términos con reconocidos significados populares, a una política de martilleo de la anti política, pero más polítiquera y lucrativa que nunca en el pasado.

“… ¿Y qué hacemos?” Es por lo general la pregunta que se oye, la que, más que interrogación, parece una agónica pero meditada súplica.

El vértice donde se origina la asimetría de oportunidades está en la existencia anacrónica de un sistema educacional inmoral, histórico y disparejo. Este es el que permite, generación tras generación, que se  tengan sólo oportunidades genealógicas, las que sumadas a la endogamia, sostienen la transmisión del enriquecimiento y, con él, el poder intelectual que eterniza la desigualdad en la decisión política.

¿Cómo impedir que esto se prolongue, qué hacer para rescatar el país de las manos de hipócritas incondicionales a su propia conveniencia, cómo dar oportunidad de protagonismo a figuras políticas que se encuentran entre el partido y la pared, o a líderes naturales fuera del infame, calculado y mañoso alcance del binominal? Ahí es donde tenemos una laguna de ideas. Entendible, porque debemos deshacer por la razón lo que se nos impuso por la fuerza.

El actual sistema educacional que, con el mayor respeto, pone prietas municipales  y centollas particulares en el mismo plato, no difiere en absoluto del consanguíneo suceder de aspirantes a la corona de la dinastía Borbón. Ese es el combustible eterno de la inequidad, los cabros no están equivocados.  Ellos lo saben, la aristocracia lo sabe y también todos sabemos que un paso en contra de esa histórica y sinvergüenza dirección, quiebra el actual paraíso tributario de los secuestradores del fisco. Todos sabemos, además, que la separación de poderes en realidad no divide, sino que garantiza la institucionalidad. Del mismo modo, no hay temas que se puedan considerar aislados, por lo que intentar discutir el desarrollo sin enfocarnos en la educación es como haber discutido la independencia sin enfocarse en la soberanía.

La real diferencia entre Alemania y Chile no son los ojos azules de los pobres, ni el sistema de salud del Estado (el que no resiste comparación) ni los salarios, ni la legislación laboral, ni, por supuesto, la belleza natural de las montañas. La diferencia en realidad es la educación: con un sistema educativo apropiado y estandarizado se rescata a los ciudadanos de una vida entera dedicada a trabajos rutinarios y humildes, con mínima complejidad y bajo impacto en la expansión dinámica de la economía y el  desarrollo humano.

La educación modifica la estructura tributaria, pero también todo el complejo equilibrio de una inmensidad de factores relacionados en una consecuencia lógica y determinante para el crecimiento individual y  la estabilidad política y social del grupo en el largo plazo. Por alguna parte hay que empezar, la instrucción homogénea es el cambio vital para el cambio radical y un revolucionario orgullo nacional.

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Foto: Escuela San Miguel de Talca – Chile Ayuda a Chile / Licencia CC

 

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