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A propósito de un pedagogo para el Siglo XXI

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Históricamente, la pedagogía ha sentido la influencia de otras disciplinas para su desarrollo teórico. Es indudable los aportes que han hecho por ejemplo, la biología (respecto al desarrollo biológico de los individuos), la sicología (implicancias en el desarrollo de la mente, la inteligencia y su relación con los aprendizajes), la sociología (sobre las características de las sociedades a las cuales pertenecemos), la antropología ( estudios de los individuos, sus comportamientos, etc.). Desde distintas esferas, distintos aportes.


Nuestros pedagogos deben asimilar que la educación del siglo XXI  debe ser transformadora y  requiere de una preocupación del cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu.

Claramente, la pedagogía hoy tiene vida propia y un objeto de estudio propio: la formación. Pero no podemos discutir los  conocimientos emanados de otras disciplinas que han logrado posicionar el “saber pedagógico” – desde mediados del siglo XX –  como un saber independiente y reconocer que gracias a esos aportes, se han logrado consolidar variados modelos pedagógicos que no hacen más que transitar en propuestas teóricas cuyo fin es la formación de los individuos en sociedad.

La base teórica de estos modelos pedagógicos nace de interpretaciones que se traducen por ejemplo, en la Pedagogía Moderna (Célestin Freinet) que entiende la educación como un proceso de aprendizaje global, incorporando además conceptos como aprendizaje natural, desarrollo armónico de la personalidad, la educación entendida como parte integrante de la realidad social, etc. En el mismo camino pero con diferencias, encontramos la interpretación de Paulo Freire y su modelo pedagógico, que nos plantea una pedagogía de la resistencia que devele – según nos dice – los nuevos rostros de la dominación y que denuncie los sutiles mecanismos para mantener el statu quo.

Una mirada más radical es el aporte o la crítica que hace Iván Illich. Él formula una violenta crítica a la “escuela pública por su centralización, su burocracia interna, su rigidez y sobre todo, por las desigualdades que encubre” (Gajardo, 1999, pág. 2). Una crítica certera a todo lo que se había planteado e incluso a los modelos que están en ese momento ejerciendo sus principios en el aula. Condena el sistema escolar y las escuelas caracterizándolas como una de las múltiples instituciones públicas que ejercen funciones “anacrónicas que no se ajustan a la velocidad de los cambios y sólo sirven para dar estabilidad y proteger la estructura de la sociedad que las produjo (Gajardo, 1999, pág. 1).

La crítica lanzada por Illich, se reivindica hoy analizando la crisis que vive la escuela. ¿Qué formamos en nuestras escuelas? ¿Qué sociedad queremos? ¿Hacia dónde avanza la sociedad actual?. Recogiendo las críticas del autor, los pedagogos del siglo XXI debieran aunar sus esfuerzos por dar un sentido a la institución escolar, darle una vocación de servicio, convertir la escuela en una institución convivencial, con personas o individuos integrados al desarrollo de la colectividad y no al servicio de poderes fácticos, burocráticos, homogeneizantes y alienables.

De ahí que el rol de los pedagogos del siglo XXI es primordial. La educación y la pedagogía en particular debe dejar de estar al servicio de los poderosos e instalarse en la formación de la persona para la transformación de la sociedad. Se debe educar a la persona entera, encontrar una integración de los conocimientos e integración multicultural. Entregar una visión planetaria de las cosas, con equilibrios entre teoría y práctica, colocando claramente atención además, no sólo en el futuro sino que además en el pasado y por sobre todo en el presente.

Pensar en pedagogos transformadores se constituye entonces en una prioridad ya que se debe educar para la libertad y la autonomía. Porque el único camino que existe  para transformar las instituciones, para transformar el mundo, es mediante la formación de individuos de verdad que tengan una visión global de mundo, que tengan un sentido comunitario, con sentimiento de humanidad. Para ello necesitamos que los pedagogos del siglo XXI – entre otras cosas – no sigan desatendiendo el campo afectivo en su quehacer profesional y desarrollen individuos en plenitud.

Nuestros pedagogos deben asimilar que la educación del siglo XXI  debe ser transformadora y  requiere de una preocupación del cuerpo, las emociones, la mente y el espíritu. Se debe mirar hacia otras disciplinas que como en siglos pasados han sido aportes sustanciales para el desarrollo de la pedagogía. Se requiere comprender que lo importante no son los cambios de comportamiento sino que más bien un cambio en la forma de vida de las personas. Es ese el camino que debe seguir un pedagogo del siglo XXI:  ser transformador, innovador.

Si antes fue la sicología, la sociología, la antropología, la biología, las disciplinas que dieron nuevos aires y bases teóricas a la pedagogía, hoy, en el siglo XXI, pueden ser las neurociencias las que entreguen a los pedagogos de este siglo, las claves para una transformación de sus prácticas, sus instituciones y la sociedad.  Y de una manera simple: entregando a los individuos la capacidad de pensar  más allá de las ideas admitidas y combinando de forma original conocimientos ya adquiridos. La transformación o el convertirse en pedagogos transformadores, implica también, no orientar a los educandos a la posibilidad de una respuesta correcta en la solución de un problema determinado (pensamiento convergente) sino que tratar de “encontrar respuestas extraordinarias, asociadas y de largo alcance (pensamiento divergente)” ( Kraft, 2005, pág. 43)

Así las cosas, está claro que para lograr una transformación en el ámbito educativo, los pedagogos debieran mirar hacia otras disciplinas. El acelerado desarrollo de las neurociencias, en relación al funcionamiento del cerebro y sus implicancias en el desarrollo del pensamiento y el aprendizaje, sugiere que debe ser incorporado en los conocimientos de los pedagogos del siglo XXI. Sin lugar a dudas, “habrá un mejoramiento de la habilidad del docente para enseñar y la habilidad del estudiante para aprender  y consecuentemente sus resultados permitirán constituir una nueva pedagogía, pues el espacio de la pedagogía de hoy, es un espacio de la mente y de los fenómenos mentales”. (Barrios, Marval, 2000. Pág. 4)

TAGS: #Profesores Docencia Pedagogía del Siglo XXI

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29 de noviembre

Esta parece ser una buena defensa de una pedagogía que según el autor del artículo tendría “vida propia y un objeto de estudio propio: la formación” pero a reglón seguido afirma que “no podemos discutir los conocimientos emanados de otras disciplinas que han logrado posicionar el “saber pedagógico” – desde mediados del siglo XX – como un saber independiente”
Al analizar este estilo discursivo con algo de rigor analítico, resulta evidente la libertad y nivel de generalidad con que usa los conceptos claves de su “desarrollo”, evidenciando ausencia de elementos epistemológicos, ontológicos, hermenéuticos y fenomenológicos suficientes para dar cuenta de la comprensiva seriedad conceptual que obligaría la ética de una pedagogía escolar madura y desarrollada.
El grave DILEMA HISTÓRICO de una pedagogía “educacional” fracasada, frente a la abrumadora y lamentable evidencia empírica que se conoce del sistema escolar chileno, da cuenta de lo dramático que resulta seguir profundizando un discurso ambiguo, incoherente y falto de límites comprensivos adecuados a la tarea específica y delineada de la docencia profesional en las aulas escolares. Frente al decisivo futuro de una nueva pedagogía escolar para el sistema escolar, resulta evidente que no se puede dar la espalda a la historia del desarrollo del conocimiento en el mundo e iluminar desde la profesión lo que debería ocurrir con nuestros hijos en las escuelas.

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