Estados Unidos: un país en quiebra - El Quinto Poder
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Estados Unidos: un país en quiebra

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Las consecuencias de la inconvertibilidad del dólar en oro decretadas unilateralmente por Estados Unidos el 15 de agosto de 1971 y que comentamos en una entrada anterior, se hacen más evidentes cuando las complementamos con los informes de  las causas materiales de la crisis. La cadena de sucesos es elocuente: tras la segunda guerra mundial Estados Unidos se convirtió en la potencia económica dominante con la clara ventaja del uso de su propia moneda en el comercio mundial. Ventaja que se hizo absoluta tras la decisión del 15 de agosto de 1971. Pero fue una ventaja de la cual se abusó y que hoy lo tiene al borde de la quiebra.

No hay dudas de que el libre comercio es beneficioso para toda la humanidad: es  bueno ser capaz de comprar mercancías a un precio más conveniente y practicar el intercambio. Todo el mundo puede beneficiarse de esta práctica que induce a cada país a producir aquello en lo que tiene ventajas comparativas. Es una doctrina muy atractiva que, sin embargo, tiene un problema fundamental: fue concebida para un mundo donde el medio de pago era el oro.

La noción del libre comercio fue establecida cuando existía el patrón oro, que obligaba a mantener los equilibrios estructurales del comercio. De esta forma, cada país que quería comprar, tenía que vender, tal como indica La Ley de Say: ofrecer para demandar.  Bajo el patrón oro,  no era posible vender a un país que no comprara. El comercio se equilibraba naturalmente por esta restricción.

Con el Libre Comercio bajo el patrón oro, la gran mayoría de las transacciones no requería movimientos de oro para completar el intercambio: los bienes se intercambian por otros bienes, y sólo los pequeños saldos se liquidan en oro. De esta manera, el comercio internacional estaba limitado por el volumen de las compras mutuas entre las partes; por ejemplo, la seda china pagaba  las importaciones de maquinaria de Estados Unidos, y viceversa.

Todo esto cambió cuando Richard Nixon eliminó la convertibilidad del dólar en oro aquel 15 de agosto. Desde ese momento, todo se pudo pagar en dólares y Estados Unidos pudo comenzar a imprimir la cantidad de dólares que quisiera.  Así fue como en los años 70, Estados Unidos comenzó a comprar grandes cantidades de productos de Japón. Y los japoneses se jactaban porque vendían y no compraban, situación que era imposible bajo el patrón oro.

Lo que era imposible bajo el patrón oro se  hizo perfectamente posible bajo el marco monetario del dólar.  De esta forma los japoneses se convirtieron en gigantescos productores y transformaron a la isla de Japón en una gran fábrica. Japón acumuló enormes reservas de los dólares que enviaba Estados Unidos a cambio de los productos. Este proceso incrementó la paulatina desindustrialización de Estados Unidos,  como lo señalan los valiosos trabajos de  Seymour Melman y Thomas Woods sobre los gastos militares y el declive industrial.

Uno de los ejemplos en que se aprecia este proceso de desindustrialización es en la fabricación de televisores. Desde los años 30, y con los trabajos pioneros de Jenkins y Sworykin, esta industria se hizo fuerte en Estados Unidos con marcas como Westinghouse, Philco y Motorola, que entre los años 70 y 80 serían superadas por la Japan Victor Company y Sony. Otro caso lo ofrece el declive de la industria acerera. El abandono del patrón oro permitía a los japoneses vender sin necesidad de comprar, y a los Estados Unidos comprar sin tener que fabricar. El resultado fue que muchas industrias de Estados Unidos cerraron por el fin del patrón oro.

El fin de los acuerdos de Breton Woods que obligaba a los equilibrios estructurales de balanza de pagos, trajo consigo el inicio de los desequilibrios estructurales, que fueron camuflados inicialmente por el acceso al crédito que facilitó Washington. Estados Unidos se embarcó en una expansión a gran escala del crédito, y a medida que la economía destruía puestos de trabajo en la industria, el sector financiero permitía un acceso al crédito que camuflaba el estancamiento y estimulaba las importaciones procedentes de Asia, lo que hundía aún más a la industria estadounidense. No es casual que en términos reales los trabajadores estadounidenses no han tenido ningún aumento de sus ingresos desde 1970.

En su momento, la gran mayoría de economistas encabezados por Milton Friedman, consideraron perfectamente aceptable la eliminación del patrón oro. El auge de la expansión del crédito y el consumo fue visto con buenos ojos y los desequilibrios estructurales fueron vistos como transitorios. Nunca pensaron en las consecuencias no previstas de un consumo desenfrenado que lo llevaría a consumir la mitad del PIB mundial y acumular una deuda de cuatro veces su PIB. Nadie previó que aquella enorme ventaja adquirida por Estados Unidos (comprar en el mundo con su propia moneda)  podría convertirse en una causa fatal para la destrucción industrial y el desempleo masivo. Algo lógico: esta gran falla pasaba inadvertida si el ritmo de crecimiento permitía camuflar los desequilibrios.

Pero la expansión del crédito ha terminado y en su lugar hay contracción de crédito y falta de liquidez. Ahora los desequilibrios estructurales y el desempleo masivo adquieren mayor relevancia cada día que pasa. ¿Qué se puede hacer para aumentar el empleo y potenciar la demanda que de un impulso a la reactivación económica? Esta respuesta nadie la quiere enfrentar porque la corrección de estos desequilibrios requiere revertir el propio proceso de la globalización y re-industrializar aquello que fue destruido.

Sólo la creación de empleo puede detener la crisis y esto implicará necesariamente resetear gran parte del proceso de la globalización.

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