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Brecha salarial que no retrocede

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Culturalmente el modelo “hombre proveedor y mujer cuidadora” induce una distribución de tareas domésticas y de cuidado que sobrecarga a las mujeres en lo privado y, por tanto, dificulta su inserción en lo público. Como consecuencia de esto, para ellas es más difícil aceptar desafíos laborales, buscar oportunidades de capacitación y competir por ascensos, versus sus pares hombres.

Chile enfrenta el desafío de incorporar masivamente a las mujeres al mundo del trabajo. Sin embargo, del análisis estadístico y de la observación de distintos instrumentos, surge que también enfrenta el reto de hacerlo con empleos de calidad, mayores ingresos y similares condiciones a las de los hombres.

Con todo, cada cierto tiempo la publicación de estadísticas sobre la brecha de ingresos entre hombres y mujeres hace noticia, genera debate y reaviva propuestas de política pública que debiesen permitir hacer frente a esa realidad.

Hoy, a pesar de la mayor participación de las mujeres en el mundo público, de los cambios culturales registrados y de la presencia de  mujeres en posiciones de poder emblemáticas, las brechas de ingresos persisten e incluso, se acentúan. Así lo indican en forma unánime las cifras de distintas instituciones (INE, Casen, Superintendencia de AFPs, etc.).

Son varios los factores que determinan esa estabilidad en altos niveles. En primer lugar, que el mercado de trabajo esté fuertemente segmentado en nuestro país, tanto horizontal como verticalmente.

Efectivamente las mujeres se ocupan en sectores feminizados (segmentación horizontal): servicios comunales, sociales y personales, servicio doméstico y comercio. Más aún, ya de jóvenes escogen profesiones y oficios “de mujeres”. Por el contrario, construcción, industria, minería y transporte están fuertemente masculinizados.

El desglose estadístico da cuenta de que el 69% de la ocupación femenina se localiza en sectores como Comercio, Restaurantes y Hoteles y en Servicios (Casen 2011). Por cierto, casi el 13% del total de las ocupadas chilenas está empleada en hogares particulares en tareas de servicio doméstico, siendo ésta una ocupación cuyo grado de formalidad, acceso a capacitación y oportunidades de promoción es menor y sus jornadas en una proporción importante más extensas.

Además sabemos que las mujeres se concentran en posiciones medias o bajas al interior de las organizaciones (segmentación vertical) y que son muy pocas las que logran ascender. Efectivamente, la presencia de mujeres en cargos de responsabilidad en las grandes empresas no supera el 3% y en gremios empresariales no llega a 6%, de acuerdo con el estudio “Mujeres y Poder: Participación en espacios de decisión” de ICSO, UDP. Las chilenas parecen enfrentar un “techo de cristal” particularmente firme, difícil de quebrar.

La brecha también se explica por la existencia de normas legales que penalizan la contratación formal femenina. Un ejemplo de ello es el comentado artículo 203, que establece que toda empresa con 20 o más trabajadoras debe proveer directamente o pagar la sala cuna de los hijos e hijas de sus empleadas. Nuestra organización ha insistido en la necesidad de sustituir este artículo. Ello posibilitaría reducir la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres, porque, en términos prácticos, sería equivalente a eliminar un impuesto a la contratación femenina.

A ello se suma que justamente las mujeres son las principales cuidadoras de niños y adultos dependientes. Culturalmente el modelo “hombre proveedor y mujer cuidadora” induce una distribución de tareas domésticas y de cuidado que sobrecarga a las mujeres en lo privado y, por tanto, dificulta su inserción en lo público. Como consecuencia de esto, para ellas es más difícil aceptar desafíos laborales, buscar oportunidades de capacitación y competir por ascensos, versus sus pares hombres.

Por último, es tiempo de dilucidar qué parte de la brecha salarial -más allá de una normativa desventajosa, de patrones culturales que inciden sobre las jóvenes orientándolas hacia oficios y profesiones feminizadas, asignaciones de trabajo doméstico y cuidado al interior del hogar que las sobrecargan- es simple discriminación desde los empleadores hacia las mujeres. Ello plantea un desafío mayúsculo, ya que sobre ésta es difícil incidir; en los hechos, probarla es ya una ardua tarea.


Por Esperanza Cueto
Presidenta de ComunidadMujer.

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