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La culpa de Elías

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En un sentido práctico, futbolístico, Elías Ricardo Figueroa Bander es el mejor jugador que el fútbol chileno dio al mundo en su historia. Un gallardo dentro de la cancha, un fuera de serie, jugador con clase, técnico, impasable en el mano a mano, fiero en la marca, con una visión de juego envidiable y con la altura y el timing perfecto para ganar las pelotas aéreas en las dos áreas.

Su carrera no tiene fallas, no tiene puntos negros, ni indisciplinas, ni flojera, ni divismos absurdos, impecable, de principio a fin. Es más debe ser mirada como ejemplo y estandarte. Elías, el gran Elías, debería dedicarse a establecer mallas curriculares para las escuelas de fútbol, para así dar una integralidad a los futbolistas, para que las escuelas no sean las fábricas de cecinas que son hoy y para que los futbolistas no sean los pedazos de carne que hoy se transan al mejor postor.

Su carrera también, recorre un camino paralelo con su imagen. Incólume, un verdadero héroe, glorioso, en sus pies el Olimpo está más cerca. Salvo algunos detalles, incómodos detalles en los que Elías, el gran Elías, no sale jugando, ni gana el mano a mano, ni el cabezazo, ni siquiera la saca del estadio.

En las postrimerías de la dictadura, cuando ya no había para qué, ni para cuándo. En ese despido chistoso de Pinochet y su absurda franja oficialista para el plebiscito. Cuando la derrota electoral estaba esperándolo, Elías Figueroa hizo su entrada triunfal, imponiendo el físico en el área para intentar ganar la posición o la pelota. Hay canchas en donde se juega mejor, en esta pasada, el ídolo al parecer salió con zapatos más chicos a jugar o salió con los zapatos cambiados o no elongó adecuadamente o el pasto estaba esponjoso o duro o no había suficiente luz.

Se vio falto de fútbol en las tomas de la franja en donde aparecía cantando el horrible himno que agraciaba al tirano. Detrás de célebres y desconocidos cantantes Elías entonaba: “Un horizonte de esperanzas/nace un septiembre inolvidado/nos hizo dueño de un legado/que prometimos defender/con una voz igual al viento/van creciendo en chile las conciencias/hay un país/país ganador/SI/en democracia y libertad/El pueblo y usted: PINOCHET!”.

De corbata, sereno y entusiasta don Elías, ponía el rostro para legalizar la masacre, para humanizar la criminalidad de un régimen que se llevó a hartos en la cancha desnivelada de sus cuarteles. No sé bien en qué pensaba Elías para decir SI, en un chile que gritaba que NO. No sé qué hacía allí, ni quien lo contactó, ni que le prometieron. Puede que –conscientemente- quisiera estar en ese lado de la historia. Que en lo profundo de sus convicciones don Elías (quien salió a jugar fuera de Chile en 1966) creyera en Pinochet como salvador, que se repitiera a sí mismo hasta el cansancio que el Plan Z existió y que los derechos humanos eran un cuento del marxismo internacional.

Podemos diferenciar a la civilidad que apoyaba el régimen, de la civilidad colaboracionista del régimen y de los autores criminales del régimen. La línea entre el ejecutante, el encubridor y los fans es delgada, pero existe

A lo mejor no se llevaba bien con Caszely, en una de esas quería obnubilar la figura simpática del chino, quien descarnaba el testimonio de su madre, vejada por la jauría de bestias a los cuales Figueroa prestaba su cuerpo y quizás también su alma. Puede que Elías creyera en la disciplina hermética de la milicia. Puede que creyera que de verdad Chile se desarrollaba así, a punta de bala, de golpes eléctricos, de degollados, a punta de ratones en la vagina, de desaparecidos, de muertos tirados al mar. Puede también que Elías no supiera nada y fuera una blanca paloma, inocente.

Podemos diferenciar a la civilidad que apoyaba el régimen, de la civilidad colaboracionista del régimen y de los autores criminales del régimen. La línea entre el ejecutante, el encubridor y los fans es delgada, pero existe. Ahora bien, cuanta responsabilidad tiene quien legitima tal práctica al lavar la imagen del asesinato salvaje y qué o como su culpabilidad –si esta existe realmente- se diferencia de quien es el encargado de “empalar” a los detenidos en los sórdidos y oscuros rincones de los cuarteles.

¿Cuál es la medida de su responsabilidad en el intento de mostrarnos el país ganador de Pinochet, don Elías? ¿Elías Figueroa es culpable de la violación a los derechos humanos en Chile? No. ¿Es culpable de la tortura? No. ¿Es culpable del exilio? No. ¿Es culpable de las ejecuciones? No. La culpa de Elías es ponerse como estandarte de quienes si violaron, si torturaron, si exiliaron, si ejecutaron. Aun no es tan viejo como para alegar demencia senil. En esta pasada, en el trance histórico, en donde los ídolos deben ser más fieros, Elías, el gran Elías, deja que el delantero le cabecee en el área, sin hacer nada y casi levantándolo en andas.

Su imagen –era él, no un doble, ni un holograma- quedará para siempre manchada por el terror, en la traicionera memoria retinera. Elías el mejor central de la historia, quien se agarró a combos en el Internacional de Brasil para ganarse la jineta de capitán. Elías por quien la mitad de los hinchas de Peñarol bautizaron a sus hijos con su nombre, el mismo que enfrentaba a sus compañeros de selección cuando no metían, cuando no jugaban con la valentía y la fiereza que exigía. Ese mismo Elías, también es Pinochetista. Y cada cuál puede creer en lo que se le venga su regalada gana.

Pero, también debe tener el valor de defender aquello, aunque políticamente lo destruya. Figueroa no puede responder a Pedro Carcuro que su deber, en esos años (a propósito del partido en Moscú) solo era jugar, solo era defender el país. Parece que quedó odiando a los soviéticos, a los marxistas, tanto que quiso darle una manito a quien había intentado aniquilarlos por estos pagos.

Es difícil hacer la dicotomía entre el ser y el personaje. Es difícil sacarse de la cabeza la impronta de Elías en el recordado Chile-RFA del ’74, un partido del cual aun se sacan lecciones de cómo jugar al futbol y sobretodo de como jugar al centro de la zaga. Pero también es difícil sacarse la imagen de Figueroa cantándole al tirano, en medio de cantantes mediocres, mientras un país entero no quería seguir en la incertidumbre de vivir.

Juzgue usted, mientras yo descuelgo un viejo y amarillento poster.

TAGS: Dictadura Militar Elías Figueroa Fútbol

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