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El Tanque que jugaba

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Finales de 1961 y mi viejo me trae desde Concepción a ver la final de campeonato entre la U y Católica. Primera vez que entré al Nacional, niño provinciano obnubilado por la iluminación y asombrado por esa alfombra verde infinita que parecía un jardín interminable. Hasta entonces sólo había visto partidos de la U de Conce y otros equipos del Campeonato Regional en canchas donde el pasto del viejo estadio de Avenida Roosevelt era un poco de maleza que crecía por las orillas. Era la época de los zapatos negros, con toperoles de cuero clavados a la suela y de cordones enormes que daban vuelta por los tobillos. Y ahí estaba el tanque, que hasta entonces para mi era sólo una foto de la Revista Estadio, impresionante con sus 85 kilos y esa determinación de mandarla adentro desde cualquier parte, con un cabezazo mortal o una patada feroz. Era difícil comprender que un hombre de esa envergadura tuviese agilidad. Todo era determinación, fuerza, porfía. Lo recuerdo años después en un partido con el Santos de Pelé, tendido en la raya de gol, con la pelota picando a centímetros de la línea y, agarrado del vertical, tratando de meterle la cabeza para empujarla dentro.


Los de la generación del 50 aprendimos de él que no hay que rendirse ante la competencia. Seis delanteros le llevaron a la U para reemplazarlo y las seis veces terminaron recurriendo nuevamente a sus habilidades y a su fuerza.

El era la U. Trece años en el club de sus amores. Nunca jugó con otra camiseta. Debutó con 19 años y nunca más se sacó el chuncho del pecho. Nueve títulos, cinco galardones como el mejor 9 y tres veces goleador. Quizá el único que hizo seis goles en un partido cuando su equipo iba abajo 0-2. Hoy los canteranos duran un año en primera y son traspasados porque las lucas mandan, y las nuevas contrataciones vienen por un semestre. ¿Dónde te fuiste, fútbol de verdad?

En los 70’s jugué algunos años en la vieja liga Amigos del Fútbol, donde los ex profesionales se iban a jugar en Azules después de dos años de retirados. En las canchas de Macul teníamos el privilegio de ver al Fifo Eyzaguirre, a Jaime Ramírez, al Beto Donoso y otros grandes jugando a la par de los amateurs que, a su lado, éramos un chiste. Y ahí estaba ese muro de concreto que era Campitos. Había que tener las bolas bien puestas para ir al choque con él. Me tocó una sola vez y terminé con la clavícula quebrada.

Dicen que los que fuimos a la Universidad nos nutrimos del Alma Mater, la alimentación intelectual que nos da la casa de estudios donde nos formamos, y eso se queda con nosotros para siempre. A Carlitos Campos los valores de la U se le quedaron pegados en la vida más que a muchos ingenieros, médicos o abogados que se educaron en la casa de Bello. Fue ejemplo de tenacidad, de trabajo, de nobleza. Nunca fue aprovechado adecuadamente para traspasar sus conocimientos y experiencias a los jóvenes.

Los de la generación del 50 aprendimos de él que no hay que rendirse ante la competencia. Seis delanteros le llevaron a la U para reemplazarlo y las seis veces terminaron recurriendo nuevamente a sus habilidades y a su fuerza. Jugó con una pierna menos contra Yugoslavia, batalló contra su peso durante toda su carrera e hizo que los que una vez lo llamaron tronco, terminaran reconociendo en él a la gran persona y el gran profesional que indudablemente fue.

La canción Yes We Can que  Barak Obama utilizó en su campaña a la presidencia dice en parte de su letra:

And we got to help each man be a better man
with the kindness that we give.
I know we can make it.
I know dam well we can work it out.

Eso se escribió para Carlitos Campos.

Gracias por las alegrías que me diste de niño,  tanque querido.

TAGS: Fútbol Universidad de Chile

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