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Volviendo a casa

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A la sociedad chilena le cuesta avanzar cuando la diversidad obliga a cambiar patrones y a romper con lo establecido. Sin embargo, nuestro llamado no es complicado ni utópico. Nuestro llamado consiste en exigir dignidad, respeto y derechos.

Recuerdo que era el presidente del Centro de Alumnos de mi escuela cuando nos llegó la invitación para conocer el Parque Nacional Conguillío, aquí, en la plena cordillera de La Araucanía. En ese tiempo era un chiquillo revoltoso (más aún) y no había salido solo nunca. Menos a un lugar “tan lejano” para mis cálculos de ese tiempo. Como entenderán, era toda una nueva aventura para mi.

Ese viaje tenía detalles especiales que nadie más conocía. Mi familia me había contado durante muchos años que allí crecían las araucarias más hermosas que se hayan visto. Algunas de ellas, milenarias. Los relatos de mi padre decían que esos hermosos árboles alojaban uno de los frutos más deliciosos que nuestro pueblo ha cosechado durante generaciones y generaciones: el piñón o pehuén. Esos arboles habían sido testigos mudos de muchas batallas que mi pueblo había ganado y que la historia tradicional se encargaba de satanizar, haciéndonos pasar por “indios salvajes que debían ser domesticados”. Años más tarde, sabría que esas batallas fueron intercaladas con sangrientas matanzas y atropellos a nuestra cultura y dignidad que hasta el día de hoy nos afectan y que mis hermanos no peleaban para matar, sino para sobrevivir.

Después de horas de viaje y una vez llegando al parque, conocimos la “araucaria madre”, una de las más antiguas del parque y del mundo. Cuando la vi, algo me hizo caminar hacia ella, mirarla hacia arriba, como pidiéndole permiso, y abrazarla. Mis brazos de niño no me dejaron cubrirla entera, pero yo la acariciaba como si fuera una amiga de toda la vida. Ella me decía que ese era mi lugar y que esa araucaria era parte de mí. La sangre de mis abuelos y la hermosura de mis antepasados me llamaban a ser mejor, a volver al origen. A sentirme mapuche y estar orgulloso de eso.

Ese viaje marcó mi infancia. Y ya han pasado casi 6 o 7 años desde esa experiencia. Hace un par de meses, reíamos en una conversación con Pedro Cayuqueo (periodista), Francisco Huichaqueo (cineasta) y Miguel Ángel Pellao (tenor lírico) sobre cómo hubiera sido esa historia en un corto de cine, con música incluida. Esa conversación no fue casualidad. Tenía que ver con una nueva aventura que emprendía, y que trataba de replicar con exactitud lo que yo viví. Hoy, trabajo para que profesionales mapuche en espacios como ENAMA, tengan la posibilidad de encontrarse con su pasado, su cultura, sus ancestros y se den cuenta de la hermosa riqueza histórica y patrimonial que tiene nuestro pueblo, para desde allí construir todos juntos un Chile multicultural y que acepte la diversidad como algo propio para fomentar el desarrollo, promover la cultura y superar las desigualdades que hoy afectan a cientos de hermanos y hermanas de mi pueblo.

Ha sido una tarea difícil y no llena de prejuicios, críticas y problemas. A la sociedad chilena le cuesta avanzar cuando la diversidad obliga a cambiar patrones y a romper con lo establecido. Sin embargo, nuestro llamado no es complicado ni utópico. Nuestro llamado consiste en exigir dignidad, respeto y derechos. Nada de otro mundo. Nada que no hayamos conquistado hace cientos de años. Queremos que la libertad, la igualdad y la fraternidad nos cubra a todos.

Hace algunos días me preguntaron por qué elegí trabajar en el desarrollo de mi pueblo. Y la pregunta me hizo volver hacia ese viaje a Conguillío y ese abrazo que no quería terminara jamás. Hoy pienso que trabajo para que la araucaria madre vea a mis hijos y mis nietos viviendo felices en un país que nos acepta y respeta, que dejó la discriminación y los prejuicios a un lado, y que los siguientes abrazos serán no solo entre nosotros y las araucarias, sino entre todos los hermanos de una misma tierra.

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angelica pesce

28 de agosto

Tu sueño es también el mio.No soy mapuche,pero algo de esa sangre debe correr por mis venas,porque de verdad deseo de todo corazón que nos abracemos y vivamos en armonía luchando por un futuro común para nuestros hijos y nietos.Te felicito,reconforta leer columnas con un contenido tan esperanzador y más aún si quién la escribe es un joven y talentosomapuche.Mari mari lamngen!!

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