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Siglo veinte cambalache…o la pérdida de los valores fundamentales

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¿Qué nos ha pasado como sociedad? ¿En qué tarro de la basura quedaron nuestros valores fundamentales? ¿Nos queda algo más o menos permanente en lo que podamos afirmarnos?

Indagar en los valores y principios éticos que sustentan nuestra realidad es un desafío urgente. Hoy queremos hacerlo desde la iluminación que la música y las artes en general nos aportan. Ellos constituyen mediaciones necesarias para abordar la comprensión de la realidad, en este caso desde una perspectiva simbólica y metafórica. El símbolo o el lenguaje simbólico constituyen medios por medio de los cuales la persona humana puede interpretar su devenir histórico desde una mayor profundidad, esto gracias a que por medio de las manifestaciones artísticas y simbólicas expresamos o decimos el mundo de una manera más variopinta y más rica en significado. Dice Humberto Maturana, biólogo chileno en su libro “Transformación en la convivencia” que los símbolos son elementos propios de pactos convencionales, acuerdos consensuados. Estos pactos simbólico – lingüísticos, nunca son de carácter ingenuo, por el contrario, siempre poseen un mensaje que de acuerdo al contexto en el cual se pronuncia cambian y asumen una determinada función.

La pregunta que orienta este desarrollo es si en nuestra historia perviven valores fundamentales en los cuales podemos sostenernos y, por medio de los cuales, tenemos la posibilidad de construir una sociedad éticamente sustentable para todos y todas. Y como anteriormente habíamos hecho alusión de las canciones y las artes como medios para comprender y decir el mundo, hemos escogido una canción que es conocida por gran parte de los lectores, nos referimos al “Cambalache. Éste es un tango compuesto por allá en 1934 por Enrique Santos Discépolo. A nuestro juicio, es una letra que refleja tanto el espíritu de la época en la cual fue escrito y que también responde a un diagnóstico de la sociedad en la que estamos inmersos. El mismo nombre ya nos marca una cierta identidad de lo que hoy somos: “Cambalache”, cambios, todo es pasajero, nada aparece o parece como permanente y duradero.

Si indagamos en las expresiones que Santos Discépolo utiliza para diagnosticar su sociedad nos daremos cuenta de que el autor sigue un hilo conductor: “el mundo es una porquería”, “el siglo veinte es un despliegue de maldad”, “los inmorales nos han igualao’”, “atropello a la razón”, “siglo problemático y febril” o “a nadie importa si naciste honrao’”. Sin duda, no es una radiografía que pronostique algo bueno. Médicamente podríamos decir que este siglo está desahuciado. Es el siglo en el cual no encontramos valores firmes en los cuales podamos sustentar nuestros proyectos de vida ni los de los demás.

¿Qué nos ha pasado como sociedad? ¿En qué tarro de la basura quedaron nuestros valores fundamentales? ¿Nos queda algo más o menos permanente en lo que podamos afirmarnos? Parece, y siguiendo la profética denuncia musical, que los valores y de conceptos tradicionales se han lisa y llanamente perdido. Esta fue la hermenéutica o interpretación de la historia que realizó el nihilismo o aquella doctrina filosófica que niega valores o ideas de una tradición concreta. El nihilismo (nihil: nada en griego) sostuvo que el primer síntoma de esta pérdida de sentido fue la muerte de Dios. Hay una total destrucción de conceptos que permiten al hombre trascender. Lo único que el nihilismo propone es justamente la nada.

Franco Volpi (1952-2009), filósofo italiano en su obra “El Nihilismo” sostiene: “el hombre contemporáneo se encuentra en una situación de incertidumbre y precariedad. Su condición es similar a la de un viajero que por largo tiempo ha caminado sobre una superficie helada pero que con el deshielo advierte que la banquisa comienza a moverse y se va despedazando en miles de placas. La superficie de los valores y los conceptos tradicionales está hecha añicos y la prosecución del camino resulta difícil”. Esta imagen plástica es fundamental para comprender esto de lo que ha sido nuestro “siglo cambalache”, nuestra época de cambios y de una constante pérdida de sentido y en la cual ya no podamos respondernos el para qué estamos aquí.

De modo poético, pero no menos cierto, lo expresa el tango con el cual hemos querido dejarnos iluminar para reflexionar: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante sabio o chorro generoso o estafador. Todo es igual nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. El que todo “dé lo mismo” o la expresión “todo es igual, nada es mejor”, expresa ese sin-sentido de la opaca realidad que atormenta al sujeto. ¿Serán signos de que nuestra sociedad está enferma? Como una nota al margen, es sabido que la depresión o el estrés son las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. Para pensar.

Frente a esto se hace necesaria e imprescindible una educación ética tanto a nivel personal como en el ámbito de las profesiones por ejemplo. Dicha educación exige que los que quieran entrar en su búsqueda y en su cuerpo de doctrinas y lineamientos, posean una actitud crítica y constructiva frente a esta “opacidad” de la que hemos hecho mención antes. Proponer y recrear aquellos valores tradicionales entre los que destacan la honestidad, el compromiso, la responsabilidad o la justicia, es un desafío antropológico y decimos tal cosa porque los responsables y afectados directos de dicha despersonalización somos justamente nosotros mismos.

Siento que después de cien años, con dos guerras mundiales sobre nuestras espaldas y con una guerra fantasma por allá en el tiempo del Muro de Berlín, como especie humana no hemos aprendido nada. La muerte de Dios, tanto como expresión existencialista así también como signo de una época, representa el “des-centramiento del hombre”, es decir, el comprendernos a nosotros mismos como problema. ¿Qué le esperará a nuestra futura generación? ¿Cuáles serán sus referentes sociales, políticos, religiosos o culturales? ¿Qué consecuencias éticas conllevan el privarles de valores y principios fundamentales de ordenamiento social? Ojalá que el futuro no nos encuentre desnudos de valores y principios rectores. Ojalá que la así llamada muerte de Dios no sea el inicio de la muerte del hombre.

TAGS: Etica

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