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R de Resiste (¡mural!)

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Camilo

Será de costumbre, por cotidiano o repetido que las cosas dejan de impresionar. Que como sucede todos los días nos deja de sorprender. Así un abuso, un robo, la ausencia de cuidado o la falta de empatía pasa a ser costumbre y de repente, normal.

Entonces tenemos la salud más cara, la educación más segregada, las pensiones más ridículas, el transporte más indigno, pero nos callamos y explotamos a ratos, por ciclos y por un tiempo, pero en general nos dejamos estar porque al final del día estamos cansados y queremos disfrutar de las pocas cosas gratis que quedan.

Y sucede tanto que en esa rabia sin domicilio se adormece la molestia, se hace un todo amalgamado que resulta explicado hasta el hastío en un “es el sistema”, y después de eso nada más, pues ese objeto extraño incluso se puede explicar a sí mismo.

Si me perdonan lo poco, la presente columna tiene un lugar preciso donde enfocar su molestia: particularmente, en la intersección de las calles Arturo Prat y Coquimbo, dos cuadras antes de llegar a avenida Matta. Ahí, desde hace algunos años y hasta hace unos días, se podía ver un mural precioso por lo sencillo, un resumen de corte indígena y animista con la leyenda “R! resiste!”, en 3 colores muy en la línea (de hace unos años) de la brigada Negotropica, el que ocupaba la esquina de manera maravillosa.


Aquí la rabia es sencilla, se hace carne justo por no toparse con alguna solución: No existe ni atisbo de una política pública que cuide, promueva, registre y organice la rica historia del mural chileno. Ese mismo que uno puede disfrutar en algunos libros puntuales y que ve peligrar su estado con políticos de turno.

Supongo que hay cosas más importantes en la amalgama de rabias santiaguinas –digo, para acotar-, pero pasa tanto (y todos los días), que un día amanece y ya no nos podemos topar más con el mural “Equilibrio” de Elliot Tupac, y con ello, tampoco hacer link a la tipografía chicha, ni menos disfrutar, gratis, su colorido arranque por el río Mapocho.

Y pasa al día siguiente que nos borran el mural que había hecho en Thierry Noir y todo su contexto político al haber pintado sobre el muro de Berlín. Sigue eso de aguar la ciudad para que se vea uniforme, de color ciudad-ciudad, pues el mural significa al espacio y a las personas que pasan, los hace interactuar, pensar, molestarse o disfrutar, pero no, mejor el aguado con las luces del hotel de turno, para que se vea más moderno, más capital de mundo.

Y cualquier día después el mosaico que adornaba Matucana 100 –y que sus ocupantes nunca quisieron- es reducido a la mitad con la mala excusa del terremoto. Y se nos corta la memoria de una calle que fue cerrada por una fiesta ciudadana y que entre más de 300 personas se puso cerámico a cerámico ese largo encerado de color.

Y después por milicos y desidia desaparece lo que ya desapareció, la brigada Ramona Parra, la Elmo Catalán, la Inti Peredo, la Garrapata, de todos los que decidieron hacer, en formas y contextos distintos, arte público, arte nuestro, y no esa constructora que con dos paladas hace olvidar que la ciudad nos pertenece a las personas y nosotros a ella.

Aquí la rabia es sencilla, se hace carne justo por no toparse con alguna solución: No existe ni atisbo de una política pública que cuide, promueva, registre y organice la rica historia del mural chileno. Ese mismo que uno puede disfrutar en algunos libros puntuales y que ve peligrar su estado con políticos de turno.

Tampoco existe una carrera de arte en alguna universidad pública o privada en Chile que de una especialidad de arte monumental, y mientras muchos hombres y muchas mujeres reparten talento poco reconocido por el país, los murales cerámicos de Fernando Daza en el cerro Santa Lucía parecen la historia de otro país, mientras los municipios discuten “qué hacer con los monos”, el paso bajo nivel del santa lucía se cae a pedazos

Y de repente uno lee maravillado que “Puente Alto quiere ser la capital del mosaico”, La Florida pinta un mural gigantesco en Walker Martínez o Santiago concursa el espacio que queda bajo el metro Parque O’Higgins, pero después vemos el estado calamitoso de las escuelas artísticas, donde el CNCA reconoce no tener información acerca de los planes y especialidades por nivel, el tipo y cantidad de docentes que deberían tener esas escuelas, el número de estudiantes ni la infraestructura específica para las especialidades, además de una matrícula sostenidamente a la baja.

Así la molestia crece, pero volvamos a lo local. El mural no es sólo un minuto, es una memoria, tiene que ver con un espacio y con un tiempo, insta a su descubrimiento histórico al tiempo que testifica esos mensajes que permanecen fueras de los medios oficiales. Es un patrimonio en constante movimiento y renovación, uno que requiere a gritos un esfuerzo de registro y organización, pero que a cada rato nos los van quitando con aires de limpieza o modernidad que nos explica que pasa todos los días, que es normal, que hay cosas más urgentes, pero que nunca es el tiempo de preocuparse de ellas.

Pues yo me preocupo: Resiste! (mural)

TAGS: Memoria Murales

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