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Manuel

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Manuel, es tu nombre

“somos probes fíu, ensin zapatos, pero dignos y valientes, te van dicir de too del to padre, solo cree aquello que te dixi esa tarde en que preguntasti si nun volvía, voi al monte fíu, dixi, fui al monte y perdí, pero solo va ser un momentu, despues vienes el to, y depués los tos fíos, vamos ser siempres una marea colorada, irreductible, eterna como l’amor qu’el to padre te dexa, alantre fíu viva la república”[1]

(“Somos pobres hijo, sin zapatos, pero dignos y valientes, te dirán de todo de tu padre, solo cree aquello que te dije esa tarde en que preguntaste si no volvía, voy al monte hijo, dije, fui al monte y perdí, pero solo será un momento, después vienes tú, y luego tus hijos, seremos siempre una marea roja, irreductible, eterna como el amor que tu padre te deja, adelante hijo viva la república!”)

Centenares de veces escuché a mi padre hablar de sus antepasados españoles, siempre un retrato entrañable, pero carente de protagonismos, parecía que todos los familiares provenían de un país lejano, específicamente de un campo ajeno perdido en el norte de España y que desde allí sin mediar más empeño que la búsqueda de un mejor horizonte habían llegado a Chile, antes de las guerras, antes de la Europa mundial, antes de la España movida, eran más pobres que los chilenos, no conocían colegios y vinieron a echar raíces aquí, donde encontraron sus vidas, ¿mejores? Al menos las encontraron.

Siempre me pregunté si no había nadie de la familia en la España de los 30, de la Guerra Civil, de la Segunda República, en la medida en que crecía me parecía impresionante el paralelo entre los dramas hispanos y los chilenos, quizás ese vínculo es uno de los responsables de mi vocación por la historia. Hasta hoy no tenía certezas, si sospechas, quizás esperanzas, de tener un origen por allá también en la España de la lucha y el no pasarán, hoy he podido comprobar algo.


Las cosas se ponen feas, los patrones y los policías son lo mismo, ya no solo es cesantía, son golpes, son noches en calabozos húmedos e injustos, Manuel no aguanta más y viaja una noche de abril de 1927 a Oviedo.

Mi padre siempre nos dijo que éramos de Asturias, medio en serio, medio en broma, enfatizaba su origen, con orgullo no disimulado y por sobre todo con cariño, nunca se definió por asumir orígenes europeos para ostentar en un continente mestizo, sino porque, ante todo, sus antepasados, mis antepasados eran una mezcla de ignorancia, desatino, cariño y simpatía que hacía imposible no quererlos. Por lo tanto partir en Asturias era la primera pista, y allí comencé, hoy, a diferencia de ayer, puedo hablar de Asturias y su gente sin haber nunca paseado por sus calles, esta globalidad, muchas veces mal inspirada, nos sirve también para romper la desmemoria y permitir el encuentro.

Asturias tiene una particularidad, se parece mucho al sur de Chile, cordilleras altas y verdes, campos lecheros, agrícolas y sobre todo minas, definen su paisaje. Como todo el norte de España fue más o menos a la punta del desarrollo económico durante el siglo XIX y comienzos del XX, a diferencia de Vascos y Catalanes, los asturianos se sentían parte fundamental de España, pero no de la monarquía ñoña que hoy conocemos, sino de una moderna y sobre todo comprometida.

Como toda localidad industrializada, Asturias tuvo a la par del éxito económico de fines del siglo XIX, sindicatos y movimientos obreros poderosos, de los primeros de España, muy organizados, combativos y masivos, con una línea ideológica mucho más definida que en el resto de la península, en Oviedo, Guijón o Mieres, los obreros se agrupan bajo tres signos, o son anarquistas, socialistas o comunistas, estos últimos casi no existían en el resto de España.

En ese contexto en 1896, en Unquera, pequeña localidad del norte de Asturias, a 12 kilómetros de la localidad de Panes (de donde salieron mis antepasados) y algunos más de Llanes la pequeña ciudad que sirve de cabecera del distrito, José y Petra, campesinos, asignados hace una sin cuenta de años a un campo de terratenientes se casan, son primos, es cierto, pero nadie dice mucho, la verdad, no hay mucho que celebrar, la vida del campesino pobre, sigue siendo igual después del matrimonio. José y Petra Cordero vivieron en y por el campo, trabajaron toda la vida una tierra ajena, producían alimentos que abastecían la Britania francesa, las manos de la joven pareja empacaban los productos que llegaban al vecino del norte por el puerto de Brest, saliendo por el puerto de Trasona, casi siempre clandestinos, para evitar el pago de impuestos.

José se había ganado la confianza del patrón y muchas veces recorría la distancia larga desde el fundo al puerto a cargo del despacho de la mercaderías, en ese trayecto estaba cuando Petra trajo al mundo al primer hijo, Julio de 1898 Petra paría a Manuel, casi sola en su pequeña cabaña, con un par de paños limpios y un poco de agua hervida, llegó este primer hijo, robusto, de habla fuerte, gritón le llamaban, lloraba y se escuchaba en todo el campo.

Dos años después nacía Antolín, contrariamente a lo que se estilaba en aquellos tiempos José y Petra no tuvieron más hijos.

Se criaron en el campo, no fueron a la escuela, apenas caminaron por sí mismos, ayudaron a su padre en las labores del campo, eran fuertes y vigorosos, ambos, Manuel y Antolín rápidamente se ganaron la confianza del patrón y su familia, sin embargo, las crisis sociales de comienzos del siglo XX, el bienio negro, la inestabilidad española y su subdesarrollo determinó que rápidamente salieran del campo, no había espacio para todos allí.

Manuel muy joven, a los 16, en 1914, se hipnotiza por el progreso minero de Asturias, frente a las miserias del campo, sin pensarlo dos veces se despide de sus padres, promete llevarse apenas pueda a su hermano y viaja directo a la región central de Asturias, específicamente a la Cuenca del Nalón, en la Hullera Central, se acomoda en Moreda y rápidamente se emplea en el oficio minero, esto no sólo es un trabajo, Manuel ya no será el mismo.

El trabajo minero no es como el del campo, aquí no sirven ni los buenos modales, ni tampoco la guía paterna, aquí solo vale su fuerza física, día a día va rasgando a la tierra la roca negra del sustento, día a día va conociendo hombres distintos, como él, venidos de distintas partes, encandilados con el brillo oscuro del carbón, esperanzados en un futuro.

Junto a estos hombres, no sólo descubre el oficio, sino también sus rigores, sus reclamos, sus dolores, junto a estos hombres, se reúne por primera vez en una asamblea, allí escucha la palabra de un compañero minero, venido del sur, de Andalucía, el Viejo, como todos le dicen, les habla de exigir, de luchar, de no aceptar, les habla de que organizados son más, que la propiedad es un robo, que el capital es atropello, injusticia y violencia. De la mano del Viejo, Manuel se envuelve en rojo y negro para entrar a la tierra todos los días, se hace conocido, encara a sus jefes, aguanta poco, es rebelde y de palabra fácil, por lo mismo, sale de una, dos, tres, minas, los patrones lo persiguen, los capataces lo dejan fuera, los compañeros lo ayudan, hacen la fila por él, le cambian el nombre, firman la meta diaria de carbón, pero el capital es astuto y si o si lo descubren y nuevamente a la calle.

Las cosas se ponen feas, los patrones y los policías son lo mismo, ya no solo es cesantía, son golpes, son noches en calabozos húmedos e injustos, Manuel no aguanta más y viaja una noche de abril de 1927 a Oviedo.

En Oviedo hace de todo, pinta casas ricas, ordena bodegas gigantes, un día hablando con un patrón circunstancial le ofrecen la posibilidad de integrarse a una escuela para adultos, lo hace con vergüenza, está viejo para empezar a leer, pero lo hace. Vive en un cuarto, atrás de una casa pobre en La Monxina, trabaja, estudia, trabaja, todo lo que tiene lo reparte entre los despachos del poco dinero que manda a sus padres y lo mínimo para seguir viviendo.

Hacia el diciembre de 1927 comienza a frecuentar círculos obreros, en Oviedo la agitación es grande, Manuel siente en el pecho el llamado a ser parte, rápidamente se integra al sindicato anarquista CNT, allí conoce a una mujer vasca, Abeliñe Etzerre, ella es menor, sabe leer, ha leído, él se enamora, ella le enseña, se juntan, se quieren, no se casan, viven juntos, crecen juntos, trabajan y luchan por una España nueva, un mundo nuevo, un hombre nuevo.

Así transcurren los años, Manuel trabaja duro, construye una pequeña casa con sus propias manos, allí no solo descansa y se ama con Abeliñe, sino también se reúne con sus compañeros, analizan, organizan, actúan, marchan, gritan, apedrean, luchan, varias veces son apresados, a veces solo, a veces con Abeliñe, a veces sale rápido, a veces está meses en prisión, la vida es dura, pero él lo es más.

En 1930 Abeliñe va a parir a su primer y único hijo, José Antolín, la pareja demora pero viaja hasta Unquera, donde José y Petra, allí serán recibidos con el amor que agranda la distancia y la calidez de la mesa humilde, la polémica se arma cuando una mañana Petra trae un cura para organizar el bautizo, José media y al final todo se resuelve con un pacífico “más adelante”.

Estando en Unquera es que Manuel y Abeliñe se enteran de la revuelta en Oviedo, es octubre de 1934 y los obreros, mineros, mujeres, se han tomado la ciudad, esto se extiende a Guijón y otras localidades, nada llega a Unquera, Manuel quiere volver, quiere pelear, pero debe morder sus ganas y su rabia, tras una súbita enfermedad de su madre, que finalmente muere en diciembre de 1934, ya es demasiado tarde, Oviedo y las demás han caído.

Manuel y Abeliñe no decaen, deciden quedarse en Unquera, ayudan a su padre en el campo, organizan escuelas campesinas, organizan a los trabajadores y crían libremente a José Antolín, pero España está pariendo y la II República estalla en manos de la traición cobarde de los mismos de siempre, aquí Manuel ya no encuentra excusas, habla con Abeliñe, le pide que se quede con su padre y su hijo, que él irá a pelear, pero que volverá, Abeliñe quiere ir también, finalmente se queda, le pide que hable con el niño, Manuel lo hace, pero no puede decirle todo, aún no parte al frente cuando ya lo extraña, le deja una carta escrita en Bable.

En Mayo de 1937 se integra a la segunda brigada del tercer pelotón de la CNT – FAI en Oviedo, rápidamente se transforma en artillero experimentado, no tiene muchas armas, pero es efectivo y alcanza prestigio, incluso entre los enemigos, defiende las posiciones en el río Eo, retrocede luchando, en la agonía de la república, se atrinchera en torno al río Nalón, resisten días, semanas, meses, pero la guerra no se gana con pura entrega, el enemigo es poderoso, Manuel percibe que los días que quedan son pocos, decide morir luchando, no se entregará, escribe una carta, siempre en Bable a su familia, se despide, inflamado de convicción y entrega, muere el 28 de octubre de 1937, cerca de Arenas de Cabrales, tenía 39 años, su cuerpo fue echado a una fosa común, el 10 de noviembre de 2010 la Comisión para la recuperación de la Memoria Histórica de España, desenterró sus restos cerca de la ciudad y reconstruyó su historia.

De Abeliñe y José Antolín no sé nada más, de Antolín el hermano menor se sabe que murió también en la guerra, fusilado tras haber resistido la ocupación de un pueblo rural en los últimos días del conflicto, en la vecina Cantabria, al resto de la familia le he perdido la pista. No tengo certezas de que seamos parientes, pero me parece haber encontrado una historia que nos conecta, que nos une, con una hermosa tradición de lucha, convicciones, entrega y poesía, que acá en Chile inició mi abuelo Manuel, siguió mi padre José Manuel  y que seguimos intentando prolongar, al averiguar todo lo que he relatado he sentido varias veces como el corazón se me acelera, como si ya me supiera la historia, como si de verdad siempre hubiera sido parte de los cuentos de mesa y nada extraordinario hubiera pasado, a lo mejor es así, y siempre intuí que algo así existía, que había algo nuestro en todo aquello, hoy me siento muy agradecido de ser parte de esta historia, no por vanidad, sino porque me hace sentido tomar la posta de estos legados, porque me emociono profundamente con lo vivido y sobre todo porque no puede ser coincidencia de que Manuel sea tu nombre.

 

[1] Fragmento de una carta de un miliciano asturiano a su hijo, no es de Manuel Cordero Cordero, pero la que escribió él no debe haber sido tan distinta.

TAGS: #HistoriaFamiliar #LuchaSocial Historia Memoria

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