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Los héroes olvidados: afrodescendientes en nuestra Independencia

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Tiene razón el historiador Gabriel Salazar cuando afirma sobre el Bicentenario: “O bien celebramos un cumpleaños o bien hacemos un balance de vida. Son dos cosas distintas. Podemos celebrar el cumpleaños 200 de la Independencia, que es probablemente lo que predominará. Pero otra cosa es un balance de lo que hemos hecho o dejado de hacer y que nos tiene con este malestar interior. Esa evaluación no se está haciendo” (Revista Qué Pasa, 3 de septiembre de 2010).

Si en estas “fiestas patrias”, ni de lejos ha aparecido un balance de lo que hemos sido y llegado a ser como nación en los últimos 200 años, tampoco, creo, ha estado bien enfocado el Bicentenario como fecha, que recuerda (o ha de recordar) el inicio de un proceso político que culminó en 1818.

Es verdad que en septiembre 1810 no se produjo la Independencia de Chile. La Junta de Gobierno de esa fecha ratificó su fidelidad al monarca Fernando VII, cautivo por las fuerzas de Napoleón. Sin embargo, a partir de ese momento comenzaron a prender las ideas autonomistas y liberales. Por ejemplo, desde 1811 se estableció en Chile la necesidad de elaborar constituciones escritas, elemento típicamente liberal, de raíz ilustrada y francesa.

¿Debe celebrarse este Bicentenario como recuerdo del año 10? Pienso que si por esta fecha se entiende el comienzo de un proceso político novedoso —nuestra Independencia—, todo bien. Pero si ella es mirada como el inicio de la “historia de Chile”, esto es un craso error. La identidad chilena comenzó a forjarse mucho antes de 1810 y surgió del aporte de diversas fuentes culturales: indígenas, españolas, africanas, entre otras.

Los héroes olvidados

Si nuestro mentado Bicentenario, no ha sido, me parece, correctamente enfocado como fecha precisa, tampoco lo ha sido como proceso de más larga duración.

Por de pronto, a la hora de recordar la Independencia como proceso histórico-militar de varios años (1810-1818) nos hemos casi limitado a un O’Higgins, un Carrera y un Rodríguez.  ¿Con qué facilidad se nos olvida que el denominado Ejército de Los Andes fue organizado y liderado por un argentino, el General José de San Martín, Gobernador de la Provincia de Cuyo en 1816? Aunque, al menos y en honor a la verdad, San Martín es recordado en Chile a través de algunos monumentos y calles.

Por otro lado, y sin entrar a personalizar a quienes lucharon por nuestra autonomía con respecto de España, ¿tenemos conciencia de que, además de argentinos y chilenos, dicho ejército se compuso de un batallón completo de esclavos negros, “donados” a cambio de su libertad por hacendados, justamente, de la provincia argentina de Cuyo?

En efecto, el mismo José de San Martín —en parte para dar curso a sus ideas progresistas; y, sobre todo, como un medio eficaz de conseguir las tropas que urgentemente requería—, consideró conveniente enganchar esclavos negros a cambio de su manumisión. Hay que recordar que la Provincia de Buenos Aires no estaba en ese momento (segunda mitad de 1816) proporcionando grandes auxilios en hombres, en buena medida por el potencial peligro de una expedición atlántica de España.

Importante es saber que San Martín, un militar de carrera y diligente conocedor de su oficio, señaló: “Los mejores soldados de infantería que tenemos son los negros y mulatos. Los blancos de estas provincias no son aptos más que para la caballería” (Citado por Barros Arana, Diego, Historia General de Chile, Tomo X, Editorial Universitaria, Santiago, 2002, p. 270). No hay que ser especialista en estrategia militar para saber que las guerras, al final, las gana la infantería.

El Mulato Romero

¿Pero fueron sólo afrodescendientes argentinos los que, junto a personas provenientes de diversas nacionalidades, lograron alcanzar la meta de nuestra Independencia en 1818? Claramente, no. Hubo, asimismo, muchos afrochilenos que se incorporaron a nuestro ejército emancipador. Y, a la hora de buscar un héroe afro con nombre y apellido, sin duda, debe mencionarse el caso de José Romero, conocido como el “Mulato  Romero”: nacido en 1794, hijo de esclava y de un hombre blanco de la aristocracia, y miembro desde 1807 del “Regimiento de Infantes de Pardos”.

Dicho regimiento, que fue compuesto de gran parte de los esclavos negros de la ciudad de Santiago, había sido fundado por las autoridades españolas en 1877. Pero Romero, al igual que muchos otros afrochilenos de la época, se plegó tempranamente a la causa patriota. En parte por adhesión a los amos de su madre (desde 1810, importantes sectores de la aristocracia chilena ya estaban a favor de la autonomía plena de España); y en parte también, lo planteo como hipótesis, porque vio en el proceso independentista un mejor porvenir para el término de la esclavitud.

El Mulato Romero, aclárese, no sólo sirvió en 1817, cuando se produjo la “Reconquista” patriota venida desde el otro lado de los Andes, sino que también lo hizo durante la Patria Vieja (1810-1814). Por ejemplo, en junio de 1813 participó, en Talcahuano, en el apresamiento de una nave española que traía refuerzos desde El Callao en ayuda del comandante Antonio Pareja, enviado por el Virrey del Perú, Fernando de Abascal. Este episodio es muy bien narrado por el historiador Guillermo Feliú Cruz: “[…] sorprendida la tripulación, que se encontraba sin medios de defensa, se entregó a sus captores, y correspondió a Romero ser uno de los primeros soldados en subir a bordo. Debiendo, todavía, cautelar el dinero que ascendía a cincuenta mil pesos, que allí se encontraba, y que para los patriotas constituía una buena presa” (Feliú Cruz, Guillermo, La abolición de la esclavitud en Chile. Estudio histórico y social, Editorial Universitaria, Santiago, 1973, p. 130).

Sirvan estas breves consideraciones históricas para poner en el tapete que los afrodescendientes han existido y existen hoy en Chile. No son ellos una suerte de entelequia academicista. Y también para saber que, en la actualidad, están pidiendo ser reconocidos. Por ejemplo, mediante una ley específica; y, sobre todo, a partir de la inclusión como variable estadística en el censo chileno de 2012.

* Valentina Verbal es historiadora y editora del sitio Incide.cl Esta columna fue publicada en este mismo sitio.

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