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La molestia de NO

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Molesta, por ejemplo, desde la guata, ver a la corte de personajes secundarios que se recuerda, recrea y celebra en pantalla, con una épica que, tal como ellos, ha envejecido un cuarto de siglo y no ha resistido del todo bien el paso del tiempo. Esa generación que se comprometió con valentía por el NO, pero que rara vez se ha quedado “fuera del baile”.

La película NO emociona, entretiene y molesta.

Emociona ver esas imágenes, a Patricio Bañados dando inicio a la franja, a Florcita Motuda cantando el vals del NO o simplemente la esperanza de la gente, en un ambiente que por más lecturas, testimonios o imágenes de archivo, es francamente imposible capturar para uno.

Entretiene también, con todas las limitaciones del caso, ver las supuestas discusiones durante la campaña y la historia del protagonista, bastante inverosímil, pero con diálogos llenos de humor e ironía.

En fin, la película emociona y entretiene, hasta ahí, a la gruesa, bastante más de lo que uno le pide a casi cualquier película.

Pero también molesta. Molesta, por ejemplo, desde la guata, ver a la corte de personajes secundarios que se recuerda, recrea y celebra en pantalla, con una épica que, tal como ellos, ha envejecido un cuarto de siglo y no ha resistido del todo bien el paso del tiempo. Esa generación que se comprometió con valentía por el NO, pero que rara vez se ha quedado “fuera del baile”. Los que han generado un discurso siempre pertinente y “bien amoblado” para, como el protagonista, vender una bebida cola, la campaña del NO o una teleserie. Así también para traer a Pinochet de Londres, sentarse en directorios de empresas, dirigir universidades con fines lucro, aplicar la ley antiterrorista en la Araucanía o dirigir canales que hacen de la delincuencia su sello.

Ese es también en gran medida el chiste de la película, de los que reconciliaron la cultura democrática del NO y el ideario económico del SÍ, los que tienen algo así como un profundo sentido social, pero que a la vez muy claro que, como todo el mundo, tienen que “pagar el colegio a fin de mes”. Ese es, en parte, el tedio de verlos en pantalla –y grande- una vez más.

Por otro lado, el Sí aparece ligado profusamente a la figura de Daniel López. Y si en el retrato del No sobran los personajes secundarios y voluntariosos extras, en la campaña del Sí, no hay nada más que el dictador. Ausentes están todos los que ejercieron sin muchas dudas el sacrosanto derecho a la propiedad y han ido adhiriendo a cuentagotas a esa cosa de los derechos humanos. La película, en ese sentido, se resta de decir algo interesante tanto de la generación que, Chicago y Chacarillas mediante, siguió ni tan ciegamente a Pinochet, como también de esos 4 de cada 10 chilenos que votó por el Sí.

Puede ser injusto intentar evaluar la película en otros términos –históricos, sociológicos, periodísticos o inclusive familiares. La película a ratos emociona y entretiene, el resto hay que dejarlo a la conversación con los amigos o la familia, de esa no se salva nadie.

Hay que ver la película, sí. De los directores creativos de ayer, hoy directores de empresas, de canales o lobbystas, mejor que ya no más.

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