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La máscara de Okraz

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– Detente- le gritaron. No lo hizo. Pasó rosando mi hombro y me tiro al suelo. Desde ahí vi como de un salto llegó a la azotea de un décimo piso y desapareció. Ya puesto en pie comencé a pensar en que haría en este día para sumergirme en mis propios mundos imaginarios.

Entonces recordé que me habían recomendado una tienda de disfraces desde hace mucho tiempo atrás. Creo que durante el 23 de octubre de 2025 para ser más exacto. El brujo me había dado su palabra que dicho lugar era fantástico por su variedad de disfraces que se veían tan reales. Según mi fuente, que era confiable sobre estos datos, quedaría “alucinado” por la variedad de artículos de fantasía según su propias palabras descriptivas.

-La sección de máscaras te dejarán sin aliento. Es justo lo que necesitas para sobrevivir en estos tiempos tan inestables y complejos- me aseguró-.


Hace dos milenios atrás , cuenta la leyenda, Okraz, último regente de los magnos reinos del sur de los mayas , pactó con un dios que no era de este mundo ni del otro ni de ninguno. Gracias a esta negociación cada una de las máscaras recibió diferentes memorias de la vida Okraz-
– ¿Qué ganaría con este pacto?

Mi fuente exageraba a menudo. Vivía en una eterna paranoia producto del consumo excesivo de marihuana y licor. La mezcla de estas dos drogas lo volvía una persona muy desquiciada. El aseguraba que lo que querían “suicidar”. Nos referíamos a la acción de asesinato como suicidio ya que los últimos opositores al régimen aparecían siempre muertos y los medios de comunicación rápidamente publicaban historias donde el resultado de la investigaciones de la fiscalía concluían como la causa de las muertes como suicidios.

El caso más extraño que recuerdo es sobre un comisario de investigaciones que amaneció muerto con un disparo en la espalda. Parecía difícil que fuera contorsionista , pero las pruebas presentadas por la fiscalía popular demostró la autoeliminación por su propia mano derecha, siendo, además, el sujeto zurdo.

Debido a esto, ser un poco crítico al régimen no resultaba buena idea. Por esa razón, se optaba por dedicarse a momentos más agradables y evitar los embrollos políticos que como ya sabemos nos dejan más enemigos que amigos y capaz hasta un bala en la cabeza. Unos leían lo no censurado, otros frecuentaban museos permitidos y yo me dedicaba a coleccionar objetos antiguos. No eran un peligro para el gobierno y nos permitía analizar la historia con una mirada personal. Bajo una dictadura revolucionaria, lo privado siempre se ve como un pecado.

2.

Me senté en una banca en el Parque de las Bendiciones. Hacía un frío agradable. No nevaba todavía. Muchas personas salían de sus trabajos. Los drones de vigilancia comenzaban su turno nocturno. Me gustaba ese sonido que emitían al sobrevolar nuestras cabezas. Me recordaba esas películas de guerras espaciales donde naves interestelares rompían la velocidad de la luz y con esta oscuridad venía a mi mente Blade Runner . La atmósfera ciberpunk me excitada y, cuando pensé en Pris Statton, entré a un baño público de masturbación a sacar mi vitalidad antes que cayera de nuevo en el letargo de la realidad disfuncional.

Josef venía caminando sin mucha prisa. Me preguntó si ya había ido al almacén de fantasías. Le respondí que no, que lo esperaba y que me acompañará. Los dos partimos hacia nuestro destino, esperanzados con descubrir mágicos tesoros.

Entramos a la tienda y nos recibió el dueño: Don Evaristo. El viejo no tenía nada de extraordinario y menos de fantástico. Aburría al oírlo al hablar. Lo único que me llamó mi atención fue una plaga de gatos que deambulaban por todo el espacio. Eran todos felinos pequeños que corrían y se subían por los botes de las pócimas, falsas momias y adornos medievales. En la zona final de la tienda, estaban reunidos como cien pequeños gatitos. – Esa es la zona de las máscaras- me dijo Evaristo. – Solo por curiosidad, la cantidad de gatos es producto de un amor por las mascotas me imagino- le comenté al momento que estornudaba por tanto pelo.

-Amigo, soy un hombre un viejo. No tengo tiempo para enfocarme en problemas pequeños como estos animales. Ellos vienen acá y mantienen limpio de ratas, sabandijas y todo tipo de plagas- me aseveró. – Lástima que no terminan con las plagas que nos gobiernan- no pude resistir hacer la broma.

-¡Amén! Son gatos no santos que hacen milagros- , ambos reímos por un momento y volteamos a ver sobre nuestras espaldas al mismo tiempo.

3.

– Esta máscara huele a cucarachas- le dijo Josef a Evaristo. – No sea ignorante. Ese es un aroma especial obtenido de arbustos exóticos de la selvas de Petén. Tomé la máscara en mis manos. Era blanca y tenía una par de líneas negras pintadas alrededor de los ojos. Su boca era una pequeña abertura como rajadura en la madera con un círculo pintado de rojo carmesí alrededor. Me pareció algo travestida al momento de verla.

– Las veinte máscaras que puedes ver puestas acá – explicó Evaristo- Son llamadas los rostros de Okraz. Hace dos  milenios atrás , cuenta la leyenda, Okraz, último regente de los magnos reinos del sur de los mayas , pactó con un dios que no era de este mundo ni del otro ni de ninguno. Gracias a esta negociación cada una de las máscaras recibió diferentes memorias de la vida Okraz-

– ¿Qué ganaría con este pacto? Este tipo de rituales son complejos según lo que he leído.  Además no permiten recuperar los poderes- le pregunté.

-Posiblemente quería vivir para siempre como todos los tiranos o deseaba experimentar que era un dios o puede ser todo mentira de las redes sociales. No lo sé a ciencia cierta.  Él no entregó poderes, el deposito en ellas, según lo que cuenta esa leyenda, vivencias. Momentos de lo vivido y más deseado… Miré realmente no sé de qué putas le estoy hablando, pero sonaba profundo hace un instante. ¿Me va comprar alguna o solo viene de fisgón?

4.

Pensé que Okraz debió tener emociones muy pequeñas, pues las máscaras eran diminutas para un rostro normal. De las veinte máscaras, solo pude comprar una. Era la más pequeña de todas. Me llamó la atención por los colores rojos alrededor de su boca y ese negro en los ojos. La usaría como collar para salir en vueltas nocturnas. Se la enseñé a Mercedes cuando regresó de su reunión de la junta de vecinos. No se miraba muy entusiasmada por mi nueva adquisición.

– Te debió salir caro ese juguete. Tú nunca piensas en el colectivo social.

–Bueno, no vivimos en una dictadura del proletariado de propiedad colectiva para privarme de placeres personales… Bueno ¿ en que tipo de régimen totalitario estamos viviendo?- respondí, cuestioné y soplé los pelos de gatos de mi nuevo juguete.

– ¡Apesta a cucaracha! – Es aroma de la selva del Petén- aseveré.

Siempre medito que Mercedes se queja mucho, no obstante cuando hacemos el amor sobre el suelo mojado, se me olvida lo odiosa que es al tomar esa pose tan socialista de salón. Después de estar retozando en el suelo como dos pequeños adolescentes, tomé una ducha rápida.

Al salir del baño, ella no estaba en el apartamento. Pensé que seguramente se había ido a tomar unos tragos al bar de abajo. En ese instante, tuve una sensación extraña en mi mente. Fue como una explosión de mis recuerdos pasados y presentes en una sola imagen frente a mis ojos. Me arrodillé y traté de respirar profundamente. Quedé recostado en el piso hasta que pude tomar fuerzas para ponerme de pie.

5.

El sexo me agotaba, pero nunca me basureo la mente como ahora. Estaba bastante desubicado temo confesarlo. Cogí el teléfono para llamar a Josef, no respondió. Me acerqué a la ventana y no tenía idea donde me encontraba. Pensé en la máscara. La busqué y estaba en el suelo en el lugar exacto donde fue mía Mercedes.

La agarré y la miré, esperando que me dijera un par de palabras; nada salió de la boca perforada. La puerta se abrió y entraron esos pequeños gatos del almacén de antigüedades.

Traté de saltar por la ventana pero me lo impidió una de esas bestias peludas. No eran gatos sino engendros nacidos del mismo abismo de nada y la máscara de Okraz, que había comprado entre burlas y chistes malos, era un portal para que ellos entraran. – ¡Yo me sacrifico en nombre de la libertad! ¿Qué más quieren hordas endemoniadas? – grité y cerré muy fuerte mis ojos. – ¡Solo estamos en tus sueños para siempre !- me maullaron.

– ¡Despierta Evaristo! – ¿Qué pasa mujer? – Gritabas y hablabas en lenguas raras otra vez. – No era nada, pero creo que este día le venderé una máscara de Okraz al primer soplón sin nombre del gobierno que entre a la tienda.

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