#Cultura

La colección de monedas.

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Los vientos azotaban la ventana de la nueva casa. El niño Juan tuvo temor de los fuertes golpes de las ramas contra los vidrios.

Su gran habitación se le perdía de vista y, al caminar en las mañanas por ella, le daba la sensación de nunca acabar. Solo cuando cruzaba el portal de esta  sentía un gran alivio.


Sobre el suelo las monedas estaban tiradas como basura. Habían perdido el brillo dado por el señor padre. Un total desorden y caos monetario.

Su madre siempre le decía que era el viento lo que le asustaba , pero para el niño Juan no era suficiente esa respuesta. Su corazón latía a mil por hora al pensar en cuántos monstruos podría traer cada tormenta.

El padre no le daba mucha importancia a los lloriqueos del chiquillo. “Cosa de niños”, le replicaba a la madre. Mayores presiones le agobiaban que los miedos infantiles, los cuales todos los infantes deben sufrir.

Estaba casi por terminar su colección de monedas únicas de todo el mundo. No era un vicio, pues estos son para evadir realidades. Él estaba muy consciente de su misión de completar la colección. Lo haría especial y la envidia de toda la cuadra del su nuevo barrio.

Las luces del nuevo año explotaban a la distancia y dejaron alucinado al niño Juan al verlas con su madre por las grandes ventanas de su habitación. Tantos colores le dieron la valentía de sus héroes, esos que derrotan a los herejes, impíos y pecadores.

“Son pequeñas estrellas sobre nuestras cabezas. Una vez al año siempre las observarás cuando inicie el próximo milenio”, le susurraba la madre y pellizcaba sus gordos cachetes.

El niño Juan, entristeció y corrió por los largos pasillos de la casa hasta llegar a la sala de recepción donde su padre pasaría a la historia por su gran colección.

Los colores brillantes de las miles de monedas apiñadas sobre muchas mesas de cedro, esperaban ser fotografiadas por los curiosos, quienes asistirían a la exposición organizada por su progenitor.

Sería el momento para inflar su ego y estrenar esa laca nueva en su bigote oscuro. El infante, sin ningún afán de lucro, ni utilidad, ni ganancia sintió ese olor metálico nacido de las monedas y el pulidor especial para sacarles brillo y darles mayor belleza.

Las contempló con una infantil sonrisa. Su padre terminaba de recortar su bigote frente a un pequeño espejo comprado en la tienda del portugués. “Simpático inmigrante” pensó, y continúo con su ardua labor de sacar de su rostro pelo por pelo. Era velludo pero en los últimos años su cara había tenido un brote inexplicable, que desde su misma autocrítica, lo hacía parecer un mono de circo, eso sí, bien vestido y con clase.

Hoy sería su noche. Cientos de personas conocerían sus únicas monedas de todos los rincones del planeta en un cuarto destinado para brillar en sus mentes por siempre. La expresión real de la civilización y su progreso, las herramientas de la oferta y la demanda y del poder de la pertenencia y lo más importante: eran de su propiedad.

Sobre el suelo las monedas estaban tiradas como basura. Habían perdido el brillo dado por el señor padre. Un total desorden y caos monetario. Los presentes no dejaban de mirar dicha crisis con la boca abierta el espectáculo y un horror mudo, mas con un poco de alegría por la desgracia ajena.

El padre  al ver dicha escena se apresuró a tratar de poner algo de orden. Sus ojos llorosos se posaron en el niño Juan . Se le acercó y puso sus manos depiladas en su cabecita y apretó su cuello con especial  rabia .

– ¿Qué demonios has hecho, pequeño cretino ? ¿Cómo pudiste comerte las monedas? No te han enseñado que el dinero nunca se come. Eran mis únicas monedas. Mías. ¡Oh, mi Dios! Maldita sea el día que la estúpida de tu madre salió de la casa de orate para venir acá con sus cuentos alucinógenos.

Pequeña sabandija, ¡Escupe las monedas! – Padre, yo solo quería tener su brillo en mí para no sentir miedo. El niño Juan guardó silencio mientras vomitó con sangre un par de monedas atoradas en su tráquea. De pronto quedó en silencio como una alcancía vacía.

Desde ese día, cada fiesta de nuevo año, el señor padre ve por la ventana las luces artificiales y piensa: Gracias a Dios el dinero no se pudre como la carne.

TAGS: #Relato

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