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La bestia negra y el hijo de papi

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Tenía dos horas caminando rápidamente por las calles oscuras. La sensación de libertad puede ser muy apetecible para mí, más cuando se vive encerrado y tratado como una mascota. Todos los besos pueden ser odiosos. Por eso cuando puedo darme esas escapadas nocturnas, lo gozo con amplia plenitud.

Me subí a un árbol de mango, tengo esa maña desde muy corta edad, donde había un nido de tórtolas dormidas, no llamó  mucho mi atención. No creo que los pájaros sean muy especiales, sino no son parte de una buena cena. Tengo buena vista, pude ver todo una fauna extraña, que no era normal. Autos con sirenas y motos, estacionadas en las afueras a de un centro nocturno. No me extrañó. En estos tiempos, las ovejas pueden ser muy lobos, y después ni dejan migajas para ningún gato.


Creo que era mi mala noche. Solo pude entenderles: ¿Me eché a otro?, sí le respondió su seguridad entre risas. Le voy a sacar los ojos como botín a ese negro.

Bajé del árbol y traté de seguir mi sendero. Eran como las tres de la mañana. Es lo bueno de ser bajo de estatura y de además de tez oscura. Me podía mover con tranquilidad evitando esos perros, los cuales andan al acecho de ver que sacan con una buena mordida, o de crear problemas solamente por la razón de un mal día.

En ese momento, vi acercarse a un compañero de andadas. No se le veía muy amistoso. Con un gruñido, que me pareció no de amigos, tuve que sacar las garras también para mostrar que no soy ningún sencillo a la hora de meter un zarpazo. Se inició la riña, y después de unos revolcones, mi amigo callejero se fue  y aquí nada había pasado. Es la ley de la calle, no hay que mostrar miedo a un abusador, aunque venga marcado con los tatuajes de riñas anteriores.

Aunque, uno puede sentirse ganador, pero no siempre ganar una batalla, es triunfar en la guerra. Ahí venía con refuerzos. El sentido común, me dijo que no tengo muchas vidas, para enfrentar a cinco y corrí como alma que lleva el diablo. Me siguieron por varias cuadras, saltando paredes, y subiendo techos, hasta que por un bache en la calle, bendito sea que llevaba como un año ahí, me sumergí en medio del olor a basura y humedad, prefería eso, a una paliza.

Por unos minutos, como diez creo, pues no llevo reloj, no va con mi naturaleza, asomé la cabeza, y vi todo despejado. Continúe mi andar sin mayores situaciones raras de violencia urbana. En ese momento, sentí un aroma, el plácido perfume de la lujuria, el cual para mí era irresistible. Seguí mi instinto y pude ver reluciente, como una belleza rubia se paseaba sobre una terraza. No fueron necesarias palabras para que tuviéramos un encuentro sexual, no importaba el nombre, ni la seguridad de un condón. La vida en la calle puede ser brutal, pero tiene sus placeres, y estos no los desaprovechaba.

Cuando menos sentimos, un perro ladró, y las luces se encendieron de la casa de mi amada por una noche. De un salto, me di el escape, pero ya lo que buscaba estaba consumado. Me reí para mis adentros, y pensé capaz soy padre, pero no tengo interés en una prole extensa. Sigo el ejemplo de mi progenitor: “Veni, Vidi, Vici” siempre me aseguraba cuando lo encontraba cerca de la estación del Metro Quinta Normal.

Había sido una noche normal en la ciudad. Mi paseo nocturno me llenaba de gozo y de placeres mundanos, pero así soy yo. No puedo evitar ser un vago en cierta forma y un amante de mi hogar al mismo tiempo.

Un sonido me activó mis sentidos, casi me deja sordo. Al ir regresando a casa vi como sacaban a un chico arrastrado de uno de esos bares de mala muerte, que ni yo, siendo un graduado de la calle, me atrevo a merodear. Con movimientos de empujones, separó a sus guardianes. Él tomó el asiento del conductor.

No le di importancia. Crucé la calle y en eso quedé cegado por las luces de esos carros grandes. Solamente me vino a la memoria mi momento de placer  y ver que el auto se me venía encima. Creo que era mi mala noche. Solo pude entenderles: ¿Me eché a otro?, sí le respondió su seguridad entre risas. Le voy a sacar los ojos como botín a ese negro.

Y suspiré del dolor, un dolor que hizo lanzarme con mi mayor fuerza por los aíres. Caí sobre el techo de la camioneta y pude ver a mis asesinos que reían. Esta vez me dije: “Soy el hijo del demonio de la noche, soy las sombras de los dioses caídos” y pude ponerme erguido en mis cuatro patas. Levanté mis miembros y las garras salieron como machetes, su brillo cayó sobre mis enemigos que miraron por la ventana como bajé frente al vidrio de su  auto.

El hijo de papi  sacó una escopeta recortada con una estampilla con la letra “K” en su culata y disparó. El vidrío se reventó en pedazos y  con un movimiento felino pude poner mis garras en su cuello y de un solo tirón su cabeza fue al suelo mientras el auto se estrellaba contra un árbol.

Pasaron horas del accidente y yo sentado como una estatúa miraba mi obra mientras me sacaba el sombrero con mi pata.  Lance un grito, no de ayuda como antes lo habría hecho, fue un grito que provocó que los perros ladraran por horas, un alarido de victoria.  El guardaespaldas estaba debajo de las llantas reventadas de la camioneta y el hijo de papi  no podría recuperar su cabeza pues ahora era mi trofeo.

En ese momento, otros compañeros de la noche se acercaron  y miraron mi trofeo. Tomamos el camino hacia el callejón y vivimos el amanecer entre los rugidos de la venganza.

TAGS: #Relato

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