Pues, ¿vale siquiera una pena dedicar tanto tiempo a pensar algo como la libertad si ella en realidad no existe, no ha existido, ni existirá, y no es posible que exista? Es decir, aun an-tes de respondernos decidiendo de qué hablamos cuando de-cimos algo como “libertad”, desahuciarla. La voluntad, eligiendo pasar rápido por la libertad, pareciendo entenderla –evaluándola como dada–, sin necesidad de pensar mucho más. Y, ante los hechos, apresurándose a descartarla. Tal vez tenga sus razones.
¿Acaso en lo mejor no resulta sino una especie de utopía? ¿O una especie de esperanza, tantas veces fallida, en todos los ámbitos, en todos los tiempos? ¿Una esperanza tan humana como tan dudosa? ¿Sucede de otra manera en algún universo?
En el mundo social humano, siempre hay y ha habido los que mandan y los que obedecen. Unos tienen el poder y otros no lo tienen. La libertad, si significa algo, es la libertad de los dominadores, la libertad para someter con las leyes del poder.
Ha habido gruesas palabras levantadas en su contra. Duran-te los tiempos de la cultura del determinismo causal, por ejemplo, en el siglo XIX, cada cosa era la causa o el efecto. La causa determinaba estrictamente el efecto. Una cosa venía de la otra, en una cadena de eventos. Entender era conocer las causas de las cosas. Su orden preciso, efectivo y suficiente. Cómo ellas obedecían las leyes del movimiento y de la transformación. Obligaban y no había posibilidad de libertades. Las ciencias naturales mostraban un mundo ordenado, que además se ordenaba progresivamente, a cada paso que esas ciencias adelantaban. ¿Acaso una acción no producía una reacción inevitablemente? Lo que subía había de bajar, por la ley de gravedad. Los seres vivos estaban obligados a alimentarse. ¿Acaso los seres humanos no? Y todos nacían destina-dos a morir, siempre. En este universo, la palabra libertad era una extrañeza. O un curioso sueño de algunos.
Pero ha emergido la teoría física cuántica y el principio de in-certidumbre. La causalidad de Newton ha visto a su lado la relatividad de Einstein. La objetividad del observador humano –manipulando, controlando la libertad de los objetos–, ha sido reemplazada por la incidencia mutua de objeto/sujeto. Las teorías del caos han ocupado a las matemáticas.
En el mundo social humano, siempre hay y ha habido los que mandan y los que obedecen. Unos tienen el poder y otros no lo tienen. La libertad, si significa algo, es la libertad de los dominadores, la libertad para someter con las leyes del poder. Hay sometimiento en los mundos de la política, en las familias y en la economía. Hay dominación en las ideas y por las ideas, y en la educación. Nuestros cuerpos sometidos a los disciplinamientos múltiples, invisibles ya, y hasta microscópicos, de las normas de hacerlo así o no hacerlo. Las emo-ciones ahogadas o desvirtuadas por este o aquel, o por la norma anónima. La historia de los pueblos parece un desfile de arrogantes y humillados. Los que han tenido la voluntad y las fuerzas para liberarse, lo han logrado por poco tiempo. Unos llegan y otros se van, y cada generación aporta sus propios amos y esclavos. Los más afortunados de entre ellos viven a veces suficientemente bien en refugios temporales. No se quejan. Pero no son libres. Los de arriba, en cambio, parecen gozar sus privilegios. Pero sus libertades resultan engañosas: por todos lados deben cumplir lo que se espera de ellos. Las leyes del poder también son implacables. Unos po-derosos dominan sobre otros menos poderosos, y entre todos luchan sin descansos para ponerse más arriba –o no ser rebajados.
Y, sin embargo, eran también inevitables las voces y maneras disidentes. De la Naturaleza también se proponía la indeterminación. La férrea necesidad causal no era elegida, se imponía, y se quería mirar al otro lado. Se mostraba el azar. Pero casi siempre era minoritario. Accidentes de las cosas. Devueltas a sus leyes con un poco más de investigación. Se trataba de devolver la sorpresa al cauce de lo que correspondía. O, si no, se proponía una nueva ley. Nuevas obligaciones de la Naturaleza.
En el mundo social humano, siempre hay y ha habido los que mandan y los que obedecen. Unos tienen el poder y otros no lo tienen. La libertad, si significa algo, es la libertad de los dominadores, la libertad para someter con las leyes del poder.
La historia humana mostraba entonces lo impredecible. Lo que siempre había sucedido así, de repente sucedía asá. Los cambios eran también novedades. Por algo había historia: cosas que se transformaban en sentidos imprecisos. Cosas que ya no volvían a ser las mismas. Nuevos nombres, nuevas ciudades –mientras otras desaparecían. Incluso cosas humanas que nunca alcanzaban un nombre. Nuevas pasiones, nuevos olvidos. Casi muertos de hambre, tal vez, pero decidiendo aun así no comer (o tal vez no comer eso). Encadenado, y sin embargo decidiendo todavía abrir o cerrar los ojos, abrir o cerrar la boca. Y, sin embargo, todo lo que cambiaba de repen-te hacía repetir lo ya vivido. Por debajo de los cambios aparecían las continuidades. Nuevos nombres sí, pero para lo mismo de siempre. Las leyes fundamentales, se decía, operaban más poderosas que las variaciones superficiales. También accidentales. Había historia, pero sometida desde sus inicios a un fin.
La libertad, si se nos permite, todavía poco pensada, era apenas unas chispas oscuras, titilantes, en algunos rincones de la Naturaleza. Vagaba cansada escondida entre los pueblos, por unos cuantos villorrios, por breves coyunturas revolucionarias o en personajes brillantes y breves. Falso. La palabra libertad –o sus parecidas— brotaban por aquí o por allá. Acalladas regresaban y porfiadas miraban hacia adentro y hacia afuera.
Sin embargo, no convence. Pasamos por ella, ¿se acuerdan?, como apurados, como ya acostumbrados a ciertas leyes, ciertas normas y ciertas reglas. Sometidos a la vida, a estar obligados a dormir y a despertar, en ciclos imperecederos, y co-mo sometidos a la necesaria luz del sol y a la necesaria oscuridad de las sombras.
Si hay libertades existen tan poco que parece que no existieran. En todo caso, mejor existir uno como si ellas no existieran. Y decidimos dejarla para otra ocasión. Salvo en excepciones, como en poetas siempre un poco delirantes o en filó-sofos complicados. O en bailarines fugaces.
¿Y los científicos? El determinismo de la Naturaleza, tal vez en la costumbre tan incoada de la importancia de la ley, de la necesidad como del orden necesario para el funcionamiento del mundo, de algún mundo, entraba en la polémica terca de los indeterministas. ¿Había sin embargo verdaderamente algo que oponer a las causas de este mundo –o de cualquier otro? ¿Existe en general algo como la libertad en las cosas mismas? Aunque todavía no he dicho que, contra la corriente, tal vez si vale una pena pequeña poder pensarla para percibirla en la dirección adecuada. O para extraer la libertad de esas experiencias que pasan en nosotros quizás con otros destinos. La libertad, precisamente, para a veces elegir pensar o elegir ac-tuar, en el acto de saber para decidir. O la libertad para de-tener todo intento…
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