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Facundo: las muertes, los sicarios, los silencios

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La muerte se resiste a los meros cálculos aritméticos. Choca un tren en China y contamos 35; un noruego se desata y restamos 76; alguien sigue su camino aun después de atropellar un muchacho y es uno menos. Otra cantante nos recuerda la barrera de los 27 años (quizás cuántos se salvan sin saberlo); Gabriela cobijó gemelos en su vientre. No nos calza la suma. No podemos estandarizar los minutos de los noticieros, no queremos someter al criterio de la justicia la tristeza que nos causa cada titular del diario. A un niño le enseñan en el colegio que en tal guerra murieron tantos en un lado y menos en el que ganó. Un comerciante mata a un ladrón y se descubre un valiente, y al revés hay un mártir. Aquel llora una mascota que ha dejado de respirar. Una serie de televisión nos muestra osamentas en Lonquén. El crimen ha ocurrido hace años, pero la muerte se presenta en la cara de una actriz hoy mismo, y hay políticos que se indignan, quizás porque les parece que hay tal cosa como muertes justas, el ladrón y la guerra, variaciones infinitas sobre lo mismo. Qué importa entonces que entre tanto ruido, entre tanta muerte, yo apague las pantallas algunas horas para seguir pensando en Facundo Cabral.

El auto donde viajaba Cabral recibió 25 balazos. Quizás días antes, en su último concierto, dijo por enésima vez que era violentamente pacifista, que aquel que trabaja en lo que no ama es un desocupado, que si pierde uno perdemos todos. Muchas décadas antes, antes de que cumpliera los 18, cuatro de sus hermanos murieron de frío y hambre, fue alcohólico, estuvo algunos años en un reformatorio, aprendió a leer, se puso a cantar. Después recorrió cientos de países, cientos de mujeres, dio miles de recitales. En algún momento de ese trajín faltó a la muerte de su mujer y su única hija porque llegó tarde a tomar ese avión que cayó mientras él todavía intentaba llegar al aeropuerto. Esta vez también se atrasó. 25 balazos y tres en su cuerpo. Rápidamente se nos explicó que fue un error, que los sicarios querían matar al otro pasajero. Rápido -como la muerte- se detiene a un par de personas, se reconfirma la versión oficial, se pasa a otra cosa. Pero la prisa pasa y el silencio nos llena de preguntas. ¿Y si quisieron matarlo a él? ¿De cuando acá que los sicarios, que cuidan las balas como quien cuida la vida, se equivocan 25 veces? ¿Y si quisieron mostrarle al mundo que no hay seguridad posible, que son más fuertes que el Estado porque pueden matar a cualquiera donde sea? ¿Si fue un gallito de poder entre el poder oficial y el otro, como los que sabemos se hacen en Brasil y en Colombia, en donde la posición que ganó fue la de darle un golpe al gobierno allí donde más le duele, en la seguridad de las visitas reconocidas mundialmente? ¿Y si sencillamente quisieron matar a un embajador de la paz?

Como la muerte se resiste a cálculos aritméticos, ese último momento público que fue su último recital adquiere ahora una dimensión imperecedera. Dicen que dijo que “hay medio mundo esperando con una flor en la mano y la otra mitad del mundo, por esa flor esperando”, que “cada mañana es una buena noticia, cada niño que nace es una buena noticia, cada hombre justo es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor es un soldado menos”. Yo no escuché ese concierto, pero me aferro a sus memorias, Paraíso a la deriva: “Las palabras… por ellas levanto mundos al hablar y los destruyo al callar, despierto al otro que también soy, al mejor de los que me habitan, el que vive para lo que ama, el que no pierde tiempo con el enemigo, es decir con lo que no crece “ (…) “Nací para sentirme mal, tal vez porque sospecho, culpa de la esperanza, que puede haber un mañana mejor, y yo soy ansioso, no puedo esperar. (…) “¿En qué lugar del amado y trajinado mundo me detendrá el cansancio?”

Un día que te vi en Chile dijiste que una bomba hace mucho más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, existen millones de caricias que construyen la vida. Yo creo eso mismo, pero es que me cuesta silenciar el ruido, me cuesta intentar una caricia, aunque nunca se acaricia en vano. Hasta siempre, Facundo.  

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Foto: Paz de selva verde

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