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Diálogos con Gidon Graetz: La dualidad y la dialéctica de la materia

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Creo fue en ese momento en que comprendí algo de la visión del octogenario escultor. En cada golpe dirigido al material, Graetz hace surgir las curvaturas, las circularidades, las ondulaciones que evocan movimiento, flujo y recorrido. No se detiene en las discrepancias de la dualidad, sino en la dialéctica de los opuestos, en sus conexiones, en su potencial de armonía.

Cuenta la historia que corría el año 1951 y que el joven Gidon Graetz (Tel Aviv, 1929) junto a su acompañante, Miriam Rosen, paseaban por los alrededores de la frontera norte de Israel. Tres años antes la región era protagonista del inicio de la denominada guerra árabe-israelí y de la cruenta debacle que continúa hasta el día de hoy. Sólo en el 2014 la pugna en la Franja de Gaza ha truncado más de dos mil vidas, casi todas de civiles y en su mayoría palestinos.

En el trayecto ambos jóvenes se percatan de que han perdido el camino. Un árabe, al que le piden orientación, los conduce en una dirección que resulta ser la equivocada. Cuando se dan cuenta del embuste, son tomados prisioneros, cubriendo sus ojos y cualquier atisbo de esperanza. El joven Graetz intenta evadirse, pero su corta carrera acaba con su cuerpo impactado por las balas. Aún malherido, finge estar muerto y, entonces, sus captores dirigen la mirada hacia donde se encontraba la muchacha. La suerte está echada.

Entonces, reuniendo todas fuerzas y para sorpresa de sus verdugos, Graetz se incorpora intentando proteger a su amiga. Sus captores tienen que haber pensado que ahí hubo alguna intervención divina, porque les perdonan la vida doblando la mano al destino. Sin embargo, los separan. El joven Graetz es conducido a un hospital y Rosen va a parar a la cárcel. Más recuperado, Graetz es conducido a prisión. Y es liberado seis meses más tarde.

El episodio me lo contó una sus nietas, la actriz y músico francesa Lea Loyer. Días más tarde, leí en internet un relato similar de la poeta londinenese Karen Alkalay-Gut, quien narraba el propio testimonio que el escultor Gidon Graetz había hecho público en un canal de televisión. Sesenta y tres años después me encuentro con el ya octogenario escultor en su residencia, el Castillo de Vincigliata, ubicado en Fiesole, una sobrecogedora construcción medieval enclavada en la perturbadora Toscana florentina.

En medio de filas de olivos y de unos alrededores del castillo transformados en una formidable galería de esculturas al aire libre, Gidon Graetz entreabre su mundo interno, dejando al descubierto su infatigable intervención sobre la materia. Sus esculturas, distribuidas por claustros, patios y jardines, se confunden con la visión desde las alturas de esa Florencia imperecedera.

Una tarde de verano nos sentamos en los exteriores del castillo y bebimos un poco de café. De a poco me fui enterando de que sus esculturas se encuentran en espacios públicos de importantes ciudades de Estados Unidos, Alemania, Italia, Israel, Arabia Saudita y Australia, entre otros sitios del orbe. Los inicios de Gidon en las artes visuales están profundamente ligadas a la mediterránea cuenca antaño renacentista. En 1954 se inicia en escultura en piedra en la Accademia delle Belle Arti de Florencia, bajo la tutela del escultor Pericle Fazzini. En 1956, se traslada por dos años a Paris, donde es guiado por el escultor Marcel Gimond, en Le Beaux Arts.

Su predilección por las formas libres, lo llevó a deslizarse desde la escultura figurativa de sus inicios, hasta el despliegue abstracto de sus obras posteriores. Esa transición también circundó en torno a los materiales. De la piedra y el mármol, su interés se desplazó hacia el bronce y, finalmente, al acero noble que funde y transmuta en ondulantes y circulares formas, allá en su estudio de Vincigliata.

Entre sorbos de café le pregunto qué relación él establece entre el arte y la política. Y me responde inmediatamente: “Ninguna”. No me quedo tranquilo e incrédulo le replico que, cuando observo sus obras, siento que la dualidad de las cosas está presente en cada una de sus esculturas. Graetz asiente y, mientras parece querer decir algo, pienso que toda dualidad en algún momento depara conflicto, que toda expresión binaria de la vida señala un vértice de pugna.

La política anida esa coalición entre dos opuestos, emana la energía de toda fractura social. Y la fricción irradia el calor de la discordia. Gidon Graetz tiene que haber olfateado la inquietud. Dice que claro, que esa dualidad es la base de todas las relaciones perceptibles de la existencia. Pero, que lo que le interesa de la dualidad es la armonía y su expresión cúlmine, la belleza. Y Graetz, que no olvida a los que le precedieron, recordó en la conversación al escultor rumano Constantin Brâncuși. “La belleza -citando al escultor modernista- es la armonía entre los contrastes”.

Yo, que venía decidido a conocer su opinión sobre la relación entre arte y política, salí trasquilado. Lo imaginaba joven, herido de bala, prisionero en alguna cárcel siria, en medio de un incipiente conflicto que lo que menos evoca es armonía y belleza. Al día siguiente, Graetz me invita a su estudio a los pies del castillo. Acababa de terminar su última escultura, “Los Cuatro Anillos”, cuatro argollas entrelazadas que representan las imbricaciones entre la música, el teatro, la danza y las artes plásticas o visuales.

Creo fue en ese momento en que comprendí algo de la visión del octogenario escultor. En cada golpe dirigido al material, Graetz hace surgir las curvaturas, las circularidades, las ondulaciones que evocan movimiento, flujo y recorrido. No se detiene en las discrepancias de la dualidad, sino en la dialéctica de los opuestos, en sus conexiones, en su potencial de armonía.

Quizás, aunque explictamente rechaza su relación, Gidon Graetz sin querer traspasa las fronteras entre la creación artística y lo profano de la política. De su dialéctica es posible extraer el valor ético de su trabajo sobre la materia, poniendo una difícil meta para las convulsionadas sociedades humanas: La unidad en la diferencia, el encuentro entre las disparidades, la dualidad trascendida como esos cuatro anillos entrelazados. Y eso, que es maravilloso y tan deseable, la armonía y la belleza, para nuestro cálculo mezquino, para nuestra astucia de poca monta, ya es mucho pedir.

(*) Publicado en la Revista Bufé Magazin de Cultura y en el blog del autor «Estados Fronterizos»

Fotografía: Camilla Maria Santini

TAGS: Gidon Graetz

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