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Aquí ha pasado de todo

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“Hay un 5% de los chilenos que haga lo que haga, nunca va a pisar la cárcel”, se lee en los créditos de la recientemente estrenada “Aquí no ha pasado nada” de Alejandro Fernández Almendras (AFA), película basada en el caso de Martín Larraín que muestra los vicios de una sociedad de clases, el desigual acceso a la justicia y el abuso de poder de los hijos de una oligarquía a la que, si rompe las reglas, simplemente no le pasará nada.


Vicho se vuelve testigo y víctima de cómo a la hora de defenderse, los poderes fácticos y los poderosos no sólo son implacables con los pobres, sino con sus propios cercanos.

Filmada en apenas 11 días sin fondos gubernamentales para asegurar la autonomía, la película de AFA fue realizada con la urgencia de representar en la pantalla grande un caso que generó un alto impacto en la opinión pública y redes sociales, en el contexto de hechos de corrupción y abusos que han golpeado al país. Sintomáticamente, “Aquí no ha pasado nada” representará a Chile en los premios Oscar y Goya (junto a “Neruda” de Pablo Larraín), mientras en la pantalla se proyecten en amarillas y destacadas letras las palabras caso Caval, farmacias, Penta, Soquimich, Cascadas, etc .

El atropello con resultado de muerte de Hernán Canales durante la madrugada del 18 de septiembre de 2013 en Curanipe por parte del hijo del entonces senador, Presidente de Renovación Nacional, oligarca y financista del partido, Carlos Larraín, fue un proceso cargado de irregularidades en que el médico del Servicio Médico Legal falsificó la autopsia, el primer juicio fue anulado, en el segundo Larraín fue absuelto, mientras sus amigos fueron condenados por obstrucción a la justicia.

“Cuando Larraín fue absuelto sentí que la justicia no estaba funcionando”, señala Fernández Almendras, que con su cuarta película ganó el Premio al Mejor Guión en el Festival de Sundance, al Mejor Director en Sanfic 2016 y participó en los festivales de cine de Toronto y San Sebastián.

El protagonista de la película es Vicho, un joven acomodado que tiene la mala suerte de verse involucrado en un accidente mientras Manuel Larrea (personaje que representa al hijo del poderoso Larraín) manejaba en estado de ebriedad y que, a pesar de su oposición inicial, termina accediendo a la versión que le impone el abogado de los Larrea –que apodan “el perro Barría” por su falta de escrúpulos y su habilidad procesal- para acceder a la suspensión condicional del procedimiento. Su propio abogado le recuerda que “la verdad no es la verdad, Vicente”. Vicho se vuelve testigo y víctima de cómo a la hora de defenderse, los poderes fácticos y los poderosos no sólo son implacables con los pobres, sino con sus propios cercanos.

La escena en que el “perro Barría” (interpretado por Luis Gnecco) intercepta al Vicho en la playa de Zapallar y recurre a sus recuerdos sobre el padre del joven como compañero suyo en Derecho de la Chile (la misma clase social), para luego sutilmente amedrentarlo, resulta gráfica de cómo la oligarquía se defiende incluso de los suyos. Porque el padre del Vicho tenía “dedos para el piano” (el Derecho), pero no “pies” para él, sostiene el hábil penalista, queriendo decir que era parte de la elite, pero no del verdadero poder. “Hay que aprender a manejar los pedales del piano. Lo importante es lo que no se ve”, le señala el abogado y agrega “nosotros te podemos ayudar más de lo que te puedes ayudar a ti mismo”, en relación a su imputación por cuasi delito de homicidio y la versión de esa defensa que Vicho, a regañadientes, termina por aceptar para la suspensión del procedimiento.

El mismo foco, otro lugar de enunciación

A primera vista la película podría leerse como un giro en el estilo del realizador chillanejo, que en su cuarta entrega coquetea con la masividad y pide prestados algunos códigos al cine comercial, a diferencia de esa alejada pretensión en sus filmes anteriores (“Huacho”, “Sentados frente al fuego” y “Matar a un hombre”). Con actores conocidos en los roles adultos, una gráfica que resalta el modo de comunicación juvenil (wasap y twitter), un lenguaje desenfrenado, una juventud que bebe sin control y folla sin protección, el largometraje de Fernández bien podría alcanzar el éxito comercial por su vocación de atraer al público. Sin embargo, mantiene su interés por observar la realidad social, sólo que ya no desde los estratos socioeconómicos de extracción popular, sino desde la elite. Es el mismo foco, desde un distinto lugar de enunciación.

En su primera película -“Huacho” (2009)-, Fernández Almendras narra con actores no profesionales el drama de una familia campesina que desde su precariedad rural busca insertarse en la sociedad de consumo. Es la estética de la pobreza, pero no desde la marginalidad clásica del borde excluido, sino desde la que participa del sistema, pero en realidad es su víctima: si la luz se corta no es, como antaño, porque en el campo había contadas horas de energía eléctrica, ni porque los tapones reventaron, sino porque la cuenta no se pudo pagar por más que se pidiera un adelanto a la patrona. Y la solución estará en el mismo sistema en el que se tiene acceso al crédito y a las tarjetas como forma de participar en la vida social a través del consumo; en devolver ese vestido de moda que sólo se pudo usar una vez y al cual no se le podía sacar la etiqueta, porque finalmente no era propio, sino del retail.

En “Matar a un hombre” (2014), estrenada en Sundance y ganadora de la competencia World Cinema, Fernández Almendras usa recursos del cine policial y del suspenso para abordar la historia, basada en hechos reales, de un padre de familia cansado del acoso de un delincuente que decide hacer justicia por su propia mano. Los paisajes sureños de la localidad de Tomé, la noche solitaria, el furgón donde traslada al cuerpo y el peso de éste casi insalvable, la oscuridad permanente tanto allá afuera como en quien ha terminado con la vida de otro. “Usted no sabe lo que es matar a una persona”, señaló el protagonista de la verdadera historia, que reconoció que no volvería hacer lo que hizo.

Con “Aquí no ha pasado nada”, Fernández Almendras da un salto a lo masivo, sin perder el foco de su filmografía, que probablemente le permitirán conquistar nuevas audiencias, que además de criticar las injusticias y el abuso se verán reflejadas con su propio lenguaje en la gran pantalla y seguirán la fiesta, los privilegios y la farra, total, si ellos incumplen o delinquen, nos les pasará nada, porque “¡obvio que Dios es cuico!”.-

TAGS: Cine Cine Chileno Larraín Martín Larraín

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