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Una lucha que vale la pena

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El no votar, no participar, refugiarse en la demanda personal, en la indignación sólo a través la redes sociales, se constituyen en acciones que fortalecen lo que el propio neoliberalismo instauró, porque reafirman su supuesto de que el emprendimiento personal estará siempre por encima de los espacios de construcción colectiva.

Parte del legado de la revolución impuesta por la dictadura cívico-militar en Chile es el profundo sentido de desafección a la política como actividad y como concepto. Frases como “todos los políticos son ladrones” o “para qué ir a votar si mañana trabajo igual” son expresiones que dan cuenta de la imposición cultural del neoliberalismo en nuestro país.

No es casualidad, que tras la vuelta a la democracia, hayan quedado atrás años de intensa politización y activismo político. La racionalidad de los noventa del “no estoy ni ahí” desvinculó a los jóvenes del ejercicio de la política y cortó el otrora vínculo entre organizaciones juveniles y partidos políticos.

A pesar de esta situación, es posible apreciar en los movimientos estudiantiles de 2006 y 2011 un retorno a la política por parte de amplios sectores juveniles. Se revalorizó el rol del dirigente social, del vocero y también la participación en espacios de deliberación en colegios, liceos y universidades. Sin embargo, a pesar de este proceso, el fenómeno de la desafección hacia los partidos y el sistema político institucional continúa siendo uno de los principales problemas de nuestra democracia.

Para los neoliberales el deseo individual expresado en formato de “demanda” tiene relación con la lógica íntima de cada individuo por maximizar sus benéficos y reducir sus costos. Es decir, no existe algo así como una “demanda social”. En su lugar, lo que sí existe, es la suma de deseos particulares cuya articulación deviene en grupos de interés. Así, no debiese existir la conformación de proyectos colectivos de largo plazo cuya inversión de tiempo y energías no tenga una retribución personal inmediata. De esta forma -en clave neoliberal- el movimiento social estudiantil, no es un retorno a lo político, sino que más bien es la aparición de nuevas demandas que pueden ser resueltas mediante los mecanismos de mercado, o por el Estado.

En este contexto, hay quienes han decidido volcar sus esfuerzos en la incubación de movimientos políticos de largo plazo, intentado dejar atrás la inmediatez y el fulgor de la “demanda”. En este tipo de casos las interpretaciones individuales se ven afectadas por otras, teniendo que ceder con tal de lograr acuerdos y conformar cierta interpretación común que permita delimitar y definir sus espacios orgánicos. Para los neoliberales, este ejercicio no sería del todo gratificante, pues el trabajo invertido no se trasformará necesariamente en beneficio personal inmediato. Pero en este caso las lógicas neoliberales han sido reemplazadas un interés altruista movido por cierta convicción ética de pertenecer a iniciativas que se vinculen a temas de interés público, como también, por el interés legítimo de quienes participan en organizaciones políticas de representar y ser representado.

En otros casos, el descontento y disconformidad se expresan a través de emprendimientos personales como no ir a votar y criticar el voto a través de las redes sociales con frases como “mis sueños no caben en una papeleta”. Más allá del debate acerca de voto y su efectividad, el ir a votar o ser parte de un proceso electoral apoyando una candidatura o incluso votando nulo, se constituye en un lugar común en donde ese emprendimiento personal se relaciona con otros.

Muchos interpretaron la abstención diciendo: “ganamos los que no votamos, pues no creemos en la política”. Frente a estas afirmaciones cabe preguntarse: ¿Dónde se reunieron esos que no votaron? ¿Con quién socializaron la acción de no votar? ¿Fue emprendimiento personal o acción colectiva?

El triunfo del neoliberalismo en este tipo de expresiones se da a través del reemplazo de los espacios de deliberación por el individualismo y la preponderancia racionalidad de satisfacción personal. Es ciertoque en la situación actual en la que se encuentran los partidos políticos y el conjunto de instituciones públicas cuesta creer que esos serán espacios de transformación. Sin embargo, parte del ejercicio de la política es la construcción de proyectos sostenidos en el tiempo, a diferencia de las lógicas transaccionales del mercado, que promueven la satisfacción inmediata del deseo a través del ejercicio de la transacción mercantil. Algunos jóvenes lamentablemente usan esa racionalidad transaccional en política y se sienten disconformes porque los cambios con los que sueñan no son ¡ahora ya!

Parte de la lucha antisistema es el reemplazo del inmediatismo e individualismo por la deliberación y la acción colectiva. Ser contra-hegemónico hoy es vincularse a expresiones políticas cediendo mi interés personal en pos de un proyecto común. Es pasar de “mi” opinión en las redes sociales a “nuestra” opinión como comunidad.

Hace un tiempo en medio de una clase una compañera relató que donde ella trabajaba un grupo de jóvenes habían hecho algo que nunca había visto. Estos vivían en una caleta bajo el Mapocho. Por sus condiciones de vida no tenían acceso a internet, computadores, redes sociales etc. Cuando iban al lugar donde estaba su organización usaban los computadores e internet. Al no tener cuentas de mail personales decidieron usar una cuenta para todos y hacer un Facebook común, por lo que la foto de perfil, las conversaciones y todo lo que es posible hacer en Facebook se transformaba en parte de su vida en comunidad. ¿Qué más antisistema y contra-hegemónico que eso?

La vuelta a la deliberación, a la construcción de proyectos colectivos, a la democracia como forma de vida en comunidad y la superación del inmediatismo, es parte de la lucha cultural contra el neoliberalismo. No nos dejemos confundir con la oferta individualista de lucha contra el sistema. El no votar, no participar, refugiarse en la demanda personal, en la indignación sólo a través la redes sociales, se constituyen en acciones que fortalecen lo que el propio neoliberalismo instauró, porque reafirman su supuesto de que el emprendimiento personal estará siempre por encima de los espacios de construcción colectiva.

Es difícil pasar del fulgor de la demanda en la asamblea estudiantil al proyecto colectivo de largo plazo. Pero si hay que dar una lucha contra el sistema, esta es una lucha que vale la pena.

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Comentarios

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jose-luis-silva

05 de diciembre

Obviamente lo único que logra el que no vota es dejar que los que votan decidan por él. Nadie de los que reclaman tanto por el modelo está dispuesto a renunciar a nada de lo que el modelo le dá.

La cosa no es que los neoliberales sean asi o asá. El modelo neoribal es un éxito porque predice el comportamiento de las personas. Todos actuan de la forma que el modelo anticipa. No culpe de una tormenta al modelo meteorológico que la predice.

El modelo no se sostiene por quienes lo craron o quienes reconocen que les gusta sino que por todos los que se comportan de esa forma. El modelo es el mejor porque es la mejor descripción del comportamiento de las personas.

Aunque haga mil manifetaciones y discursos contra la ley de gravedad, pero no logrará que los cuerpos queden suspendidos en el aire ni por un segundo.

Saludos

07 de diciembre

Don José
Por favor lea la columna del Movimiento LaRouchsita Chile Larouchepac.com
En: Economía de este mismo medio del 19 de noviembre, 2013
en que describe las bondades del modelo.
Le gustará
Atte

08 de diciembre

Estimado José,

Veo en tu argumentación cierta valoración excesiva en torno a los efectos de las estructuras sobre las personas. Yo creo, por el contrario, que es posible la superación de los efectos de las estructuras mediante acciones sociales coordinadas, con vocación de poder y de construcción de mayorías.

Saludos.

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