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Septiembre: en busca de aquella ciudadanía perdida

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Sin duda, septiembre es especial. Y lo es particularmente para nosotros, los que nos sentimos anclados a este país llamado Chile. Al avance del calendario, es tradición recordar la elección de Salvador Allende en 1970 como el último presidente previo al posterior golpe de Estado, el inicio de la dictadura cívico-militar en 1973 y los triunfos y derrotas de una elite que desde la génesis del dominio español ha escrito y reescrito la historia (y, con ello, el ethos patrio). Sumemos la conmemoración del arribo de la primavera, que por cierto compartimos con todos los compañeros de hemisferio.


En los últimos años, atisbos hemos tenido de renacimiento masivo del ciudadano participante. Movimientos sociales por la educación y la justicia socioambiental, reivindicaciones territoriales y demandas de los pueblos indígenas -por nombrar solo algunos- forman parte de aquel resurgimiento.

Múltiples y, quizás, contradictorios simbolismos. Vida y muerte, amor y odio, desazón y esperanza se mezclan en los 30 días que dura este noveno mes del año. Es el sino de la existencia, donde los extremos forman parte del mismo entramado vital. “Así es la vida” nos diría el crítico que definió los clásicos como aquellas obras que, como los vampiros en la noche, se alimentan de las llagas siempre abiertas de la humanidad.

Una de ellas, la conciencia del individuo frente a lo que ocurre en su entorno. Y sus ansias de transformarlo, colectivamente, cuando no está de acuerdo con lo que ve. El ciudadano, en el sentido político del término. Lo contrario es el idiota, según nos recordara -no sin polémica- el actual ministro de la Presidencia Nicolás Eyzaguirre, aludiendo así al sentido griego del concepto: idio (“propio”) – tes (“quien hace algo”), es decir, aquel que no tiene interés alguno en los asuntos públicos sino solo en los suyos.

Todas las sociedades cargan con ambos. Ciudadanos e idiotas. Quienes intentan, de distintas formas, participar en la vida pública (no solo a través de un cargo en el Estado o mediante la acción política partidaria, claro está) y quienes deciden voluntaria o inconscientemente marginarse porque “da lo mismo quién salga presidente, total mañana tengo que trabajar igual”.

Así como comer empanadas y tomar chicha se convierte en un acto obligado en septiembre, también lo es repasar la historia. La historia de Chile. Claro que no solo aquella que nos habla de presidentes, senadores y diputados, generales y almirantes, y guerras con países vecinos y contra el así llamado enemigo interno (muchas de ellas motivadas por intereses trasnacionales aliados a mezquindades locales), sino la que escribieron anónimos hombres y mujeres. Esos que vivieron en nuestro suelo y que, con su acción (u omisión), también moldearon la tierra que hoy habitamos.

Es ahí cuando nos asalta la Batalla de Chile. Trilogía documental de Patricio Guzmán que rememora los meses previos (y posteriores) al golpe cívico-militar de 1973. Horas de material audiovisual histórico que, paradójica y lamentablemente, no han tenido espacio en la televisión abierta nacional. A 25 años de recuperación de la democracia, mas no de la soberanía popular. O, mejor dicho, de terminado el sistema autoritario de uniforme. Pero eso es otro debate.

Lo cierto es que esos eran otros tiempos. Una ciudadanía con poder (demasiado, dirán a quienes acomoda la tranquilidad de los consensos de la transición) que no solo opinaba sobre el quehacer colectivo sino se inmiscuía, como actor protagonista, en los acontecimientos que de una u otra forma le afectarían. No le daba lo mismo. Ahí están las imágenes del estudiante, la dueña de casa, el profesional y el obrero, el empresario y el trabajador, en la ciudad y en el campo, actuando, dejando atrás la indiferencia y abulia sobre lo público. Apatía que no es más que alimento para que otros tomen las decisiones que a uno corresponden.

Mucha agua ha pasado bajo el puente. O, mejor dicho, atropellos, metralla y tortura, destrucción de La Moneda mediante. Y, para no obviar, también polarización, violencia política y la siembra de los principios del neoliberalismo, como son el socavamiento del relato colectivo, el utilitarismo económico, el individualismo.

En los últimos años, atisbos hemos tenido de renacimiento masivo del ciudadano participante. Movimientos sociales por la educación y la justicia socioambiental, reivindicaciones territoriales y demandas de los pueblos indígenas -por nombrar solo algunos- forman parte de aquel resurgimiento. Y también, hay que reconocer, los que impulsan aspiraciones de corte no progresista como el rechazo al aborto y la mantención del modelo social y de desarrollo vigente -también, por nombrar solo algunos-.

Alguien dijo alguna vez: «aporta a la causa que quieras, pero aporta a alguna». Tal es el ethos de septiembre. Mes de anhelos. De tinieblas también. De construir ciudadanía, esa que fuimos perdiendo en algún recodo de estas cuatro décadas en que los sueños como motor vital se cubrieron de pragmatismo, temor y comodidad.

Pero aún tenemos patria ciudadanos, dicen que dijo Manuel. Sea lo que sea que signifique la frase. Revisar la historia siempre es necesario. Fundamental. Para comenzar a preguntarse, para quienes no vivimos aquella época de principios de los 70, dónde quedó esa ciudadanía que esperanzada creyó que el mundo podía cambiar.

TAGS: #Democracia #SociedadChilena Ciudadanía

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