#Ciudadanía

¡Salvemos a Ena! (campaña ciudadana)

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¿Qué importa que no hayamos votado por su jefe? ¿Qué diferencia hace, si basta con empapar nuestros corazones con su germánico estoicismo en el podio oficial, poniendo la cara y el verso en liderar una y otra finta en nombre del republicano, antiguo, honorable y nunca bien ponderado oficio de vocero gubernamental? 

Nos cae bien Ena Von Baer. Belisarios y Vidales ya querrían su estilo de vestir sobrio, de colores orgánicos y líneas definidas, mixtura ecléctica de Jackie O, Letizia de España y un aire – circunstancial y de seguro no intencionado, por cierto – a la irresistible Carola Tohá. Su impertérrito cuero duro para pasteurizar chambonadas oficiales – el mayor porcentaje tristemente relacionado con el controvertible pecunio personal del primer mandatario, y no con la agenda de gobierno – ha sido prueba irrefutable de lealtad, probidad y competencia.

Pero ya está bueno.

Señor Presidente. Señor Ministro del Interior. Papurri (donde quiera que te tengan fondeado). Gabinete en pleno, gobernadores, subsecretarios, embajadores (especialmente en Buenos Aires y Asunción). No se hagan los cuchos: Permítanme elevar en estas líneas un llamado urgente desde el fondo de  mi nacionalidad (soy chileno), de mi género (soy hombre) y de mi más profundo prurito patriótico (estoy inscrito en los registros electorales): Cortemos la chacota. Ena se merece respeto. Paremos el escándalo, la minucia, la remolienda. Gobiérnense. Queremos que la Ministra Von Baer pueda disfrutar su trabajo. Nos parece intolerable que todos los días, camino a La Moneda, tal vez sin quererlo, se pregunte secretamente ¿Qué incendio me tendrán para apagar? ¿Qué pastel querrán que pase por la lavadora hoy?

No puede ser. No hay justicia. Es feo. Es de poco caballeros.

Si es necesario bloquearle el acceso a Twitter a Hinzpeter y toda la dinastía Piñera, que se haga. Si es necesario explicarle con peras y manzanas al jefe la diferencia entre antigua tradición republicana del cargo presidencial y la ética “todo es cancha si cabe en el bolsillo”, que casi reduce a cenizas a Wall Street, no escatimemos recursos.

Salvemos a Ena. No la sigamos tirando a los leones. Al menos no por cualquier cosa.

Debo reconocer que esta misión, esta cruzada, este emprendimiento solidario, no es sólo producto de mi, usualmente, afiebrada vocación de servicio social (y cierta leve predilección/simpatía por las chicas de ascendencia europea, aunque no viene al caso mencionarlo). Fue mi amigo Gonzalo Tapia quien primero tocó en 140 caracteres mi conciencia con la inquietud, hace un par de noches. Regresaba – haciendo equilibrio a duras penas sobre la Jabulani, debo confesarlo – de quizás qué manifestación reprobable de la crisis moral. Mi vida buscaba una señal que me salvara de caer en las garras de la depresión civil, cuando un tuiteo de Tapia abrió mis ojos, con el hashtag #SalvemosAEna”. Y así, sin más, la inquietud germinó en mí.

Ciudadanos de poca fe, concertacionistas huachos, piñeristas de corazón sensible, asesoras guapas de Palacio, funcionarios de gobierno en servicio activo ( y los que muy pronto ya no lo estarán, de seguro), figuras de la oposición buscando pega en universidades privadas, diputados, senadores, gerentes, dueñas de casa, estudiantes, malabaristas callejeros, comentaristas de farándula, imitadores de Fernando Solabarrieta (que no debe haber muchos, pero nadie sobra en esta causa), triunfantes seleccionados de La Roja, picados que se quedaron en Santiago, modelos con aspiraciones futbolísticas, participantes eliminados de Fiebre de Baile: Es probable que esta sea el motivo, la fuerza, el camino, el sentido que necesitan para mejorar sus vidas.

Salvemos a Ena.

Su familia se lo agradecerá.

Y, quién sabe, aunque probablemente nunca lo diga, la ministra también.

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24 de junio

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