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Peligros de la Democracia que se viene para Chile

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La reflexión que expondremos en esta columna de opinión, tiene su origen en dos hechos específicos. En primer lugar, hace ya un año tuve la oportunidad de reseñar y comentar el libro de los politólogos de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, cuyo título es Cómo mueren las democracias (2018). El diagnóstico y análisis de estos cientistas políticos, en torno a  los sistemas democráticos actuales, se vincula con el segundo hecho que me motiva a escribir este texto. Se trata de la revisión  permanente de La Democracia en América, escrita por Alexis de Tocqueville (2017). Redactada entre 1835 y 1840, representa hasta la actualidad, uno de los estudios más profundos sobre la concepción de este sistema político de gobierno y su implementación en diversas regiones del planeta, a partir de las primeras décadas del siglo XIX, extendiendo su vigencia hasta nuestros días.


La pérdida de la confianza respecto a la democracia y a los actores políticos que le dan vida, se extiende como una  percepción generalizada entre los ciudadanos de los países que la han adoptado como forma de gobierno.

Lo que planteamos respecto al trabajo de Levitsky y  Ziblatt (Brower 2021), es que la falta de interés político  y la disminución del apoyo a los gobiernos democráticos, ha sido investigado desde hace más de una década, siendo los informes evacuados por The Economist Intelligence Unit (2018) y  Freedom  in  the  World(2018), investigaciones recientes, que dan cuenta del deterioro de la democracia como sistema de gobierno.  La pérdida de la confianza respecto a la democracia y a los actores políticos que le dan vida, se extiende como una  percepción generalizada entre los ciudadanos de los países que la han adoptado como forma de gobierno.

La mirada se centra en los líderes  actuales, sus estilos y procedimientos, que dan forma a una gobernanza puesta en tela de juicio. Tanto los ciudadanos, como quienes estudian estos fenómenos, se han dado cuenta de que bajo la simulación consultiva amplia e inclusiva, muchas veces se encuentran líderes políticos, que intentan ejercer el poder de manera autócrata, conducidos por aparatos ideológicos radicalizados y que finalmente no tienen una vocación inclusiva para la toma de decisiones. De este modo, las sociedades tolerantes, que intentan expresarse con libertad, para ser partes de la construcción de un futuro más equitativo y justo, ven amenazadas sus aspiraciones por el trato seudodemocrático que le dan sus gobernantes.

Por otro lado, como señalábamos al comienzo de esta reflexión, el análisis de  Levitsky y  Ziblatt, nos lleva al pasado y, particularmente a La Democracia en América de Tocqueville que, desde mediados del siglo XIX, ilumina todo el campo de la teoría política hasta el presente.

Más allá de su periplo por los Estados Unidos, el estudio de sistema penitenciario y el viaje a la frontera con Canadá, para experimentar el concepto de límite territorial, como se estaba concibiendo en América, lo esencial en este pensador y jurista francés, es su concepción de la democracia. Si bien no se refiere a quienes ejercen el poder como autócratas caprichosos, sí plantea la tiranía a la que pueden someter a los pueblos, líderes que extienden sus mandatos, a través de procesos aparentemente democráticos, en los que la ciudadanía los vota cada cuatro o más años, como único ejercicio al que los posibilita este sistema de gobierno. La tiranía de las mayorías a la que se refiere  Tocqueville, se vincula con lo anterior, convocada y organizada bajo la promesa de mayor igualdad, cuestión que siempre se aplaza o no se logra, desde las expectativas del pueblo.

La especulación de este autor sobre el futuro de la democracia, se conecta y potencia con el diagnóstico hecho por Levitsky y  Ziblatt, con más de 150 años de distancia. El despotismo suavizado, como expresión degenerada de la democracia, identificado por Tocqueville, ha tenido expresiones muy críticas en el mundo y en América Latina en particular.

Caudillos tiránicos y déspotas que se han apoderado del poder, primero de manera violenta, luego se han vuelto “demócratas”, sometiendo a sus pueblos a elecciones simuladas, llenas de vicios y corrupción. La revolución cubana tiene mucho de esto, liderada por Fidel Castro, quien finalmente se eterniza en el poder. Otra situación similar es la vivida en Venezuela, con el caudillo Hugo Chávez, quien se las arregló para validarse democráticamente, amparado en una constitución que le daba un marco jurídico a su proyecto revolucionario y dictatorial. A la muerte de Chávez,  Nicolás Maduro ha sostenido a duras penas la revolución bolivariana, volviendo a Venezuela un país pobre y muy inestable social y políticamente.

Más cercano a nuestro país, está el experimento al que ha sido sometido Bolivia, desde una perspectiva ideológica neomarxista, que hace suya una supuesta causa indígena, que les sirve como plataforma, para instaurar un gobierno cuya ideología pretende permanecer ad eternum no solo en el país altiplánico, sino que en toda la región. Evo Morales ha sido la cara más visible, del proceso revolucionario indigenista boliviano, cuyo cerebro ideológico es Álvaro García Linera. Este, aparte de ser el ideólogo, sirvió como vicepresidente en los gobiernos del presidente Morales. La fórmula boliviana, al igual que la desarrollada en la Venezuela chavista, contempla una constitución ad hoc, que se aprovecha  de la realidad indígena del país (más del 60% de la población), para reavivar la lucha del proletariado, desde una base social constituida por pueblos originarios. Reiteradamente nuestro continente es utilizado para experimentar con aparatos ideológicos que han fracasado estruendosamente en diferentes partes del mundo y, nuevamente son los pueblos americanos, los que sufren las consecuencias de discursos y acciones delirantes desconectadas absolutamente de las  realidades culturales, políticas y económicas del continente.

Nuestra preocupación se detiene finalmente en Chile, país, al que le ha costado tanto construir una República, un Estado y una Nación, que de cierta estabilidad al desarrollo y progreso  social (no hemos estado ausentes de dictaduras, caudillismo, golpes de estado y proyectos revolucionarios fallidos).

En el último proceso eleccionario, para elegir Presidente de la República, los y las ciudadanas apoyaron a un grupo de líderes jóvenes encabezados por Gabriel Boric, para dirigir los destinos de la patria. Un cambio de sensibilidad y de comprensión del país, se hizo presente, como era de esperar. Sin embargo, el despliegue ideológico exhibido a poco andar, a través de nominaciones en cargos de relevancia, asignados a personas del círculo íntimo del Presidente y las permanentes contradicciones de los personeros de gobierno, respecto a temas puntuales críticos, como la seguridad interior del Estado,  muestra los mismos vicios  que estos jóvenes políticos criticaron ácidamente respecto a sus antecesores.

La sobreideologización entendida como la anteposición de ciertos dogmas ideológicos por sobre la realidad del país, junto a la impericia y falta de claridad intelectual para defender contradictorios argumentos (los que promovían el retiro de los fondos de pensión y luego los rechazaron tajantemente o el planteamiento ambiguo sobre la aplicación de estados de excepción en zonas del país en que la seguridad interna es crítica),  se mezclan, faltando sólo un ingrediente para completar la fórmula  de las actuales revoluciones en el continente.

Una Constitución que entregue el marco jurídico general  para el pleno desarrollo del nuevo régimen, su revolución indigenista y progresista se hacía indispensable. El 4 de septiembre, los chilenos y chilenas tendremos que pronunciarnos sobre un proyecto constitucional que desconoce al Chile que somos, su historia, cultura y costumbres. Una Constitución cuyo chasis jurídico/ideológico ignora por completo la organización que, como sociedad nos hemos dado, incluyendo el pasado y presente de nuestros pueblos originarios que ciertamente, no han recibido el trato que merecen como los primeros habitantes de esta parte de Suramérica. Por otro lado, el nuevo formato democrático al que nos exponemos, posee un mar de fondo ideológico, en el que no hay interés real por los avances teóricos y conceptuales de la izquierda más contemporánea, que busca espacios de encuentro democrático con sectores de la derecha,  para beneficio de las personas.

Tal como advirtieron   Levitsky y  Ziblatt, en nuestro caso, los chilenos y chilenas  sufren nuevamente la desilusión sobre una nueva generación de políticos, que renegaron hasta hace poco de las clases gobernantes anteriores, por sus malas prácticas y sus vicios  crónicos.  La ciudadanía también vuelve a probar el sabor amargo de una promesa de igualdad, que a todas luces no llegará, viendo limitada su participación democrática al voto en las urnas. La preocupación de Tocqueville por el desarrollo de nuevas tiranías democráticas, encabezadas por caudillos que buscan perpetuarse en el poder, es una amenaza latente fundada en estas cartas constitucionales que pavimentan su accionar en todos los ámbitos de la vida social.

Frente a esta arremetida hiperidelogizada y por tanto, miope respecto a nuestras reales  necesidades y capacidades de desarrollo, nunca debemos perder la esperanza en la manifestación de los pueblos que, en estas coyunturas históricas críticas, define el futuro de la patria, anulando las pretensiones de quienes quieren imponer viejos esquemas ideológicos totalitarios. En la cercanía del acto eleccionario, que definirá la carta de navegación jurídica por la que nos regiremos, solo cabe esperar que el pueblo de Chile, aplique la sabiduría del hombre y mujer común de nuestro suelo, sabiduría que sólo busca espacios de libertad y de dignidad para ver crecer a sus hijos.

Por Dr. Jorge Brower Beltramin

Departamento de Publicidad e Imagen

Facultad Tecnológica, Universidad de Santiago de Chile

“El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no representa necesariamente  la posición de la Facultad Tecnológica de la Universidad de Santiago de Chile”

Referencias

  • Brower Beltramin, J. (2021). Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018), Ariel, 336 pp. Co-Herencia18(35), 381–384. https://doi.org/10.17230./co-herencia.18.35.14. SciELO Colombia (Scientific Electronic Library Online) | Scopus | Web of Science – Arts and Humanities Citation Index.
  • Alexis De Tocqueville(2017). La Democracia en América.  España: Alianza Editorial
  • Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (2018). Cómo mueren las democracias. España: Ariel.
  • Freedom in the World 2018. The Annual Survey of Political Rights & Civil Liberties Arch Puddington (General Editor). Freedom House. New York, NY, and Washington, DC
  • The Economist Intelligence Unit Limited ©. (2018).
TAGS: #ChileActual #Democracia #NuevaConstitución

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Comentarios

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Oscar Martínez

23 de agosto

Lo que me parece inaudito es que cite a unos autores que no son capaces de partir analizando lo que pasa en el sistema electoral de EEUU. Es muy interesante y una paradoja desvergonzada, que se intente dar lecciones de democracia surgidas de un país como Estados unidos, que sigue urilizando la figura extemporánea, del colegio electoral, para elegir al presidente.
Es así cómo un candidato Donald Trump saliendo segundo en la carrera a la presidencia, resultara ser electo presidente, con menos votos que Hillary Clinton.
Aún con esas deficiencias, es preferible la democracia de las mayorias, que las dictaduras de las minorías, como la que tuvo Chile por largos 17 años.
Le preocupan 4 años de un gobierno que no le gusta? Imagine uno de 17 impuesto a la fuerza.
En todo caso levitzky y Ziblatt tienen mucho que aprender de las leyes actuales que restringen el voto, para que no ganen los candidatos Democratas, en los estados más racistas y retrazados de EEUU.

Mario Méndez

25 de agosto

Ánimo viejo estás muy apocalíptico y catastrofista. Tranquilo, no vas a perder los espacios de libertad. El hombre y la mujer de nuestro suelo claro que aplicarán La sabiduría y votaran apruebo, porque no tienen donde perderse. El neo liberalismo no cumplió con lo que prometía, otro experimento ideológico fallido, así que ahora hay que modificarlo para poder avanzar al desarrollo, ese que prometió el modelo y que no logró. Torqueville lo entendería, y hasta le gustaría la propuesta de nueva constitución.

jaime novoa stock

25 de agosto

Esta columna debió ser instalada en este espacio a nombre de su autor y no de la institución que dice representar, la cual históricamente dista mucho de esta pensamiento. Siento que el autor usó el nombre de FACTEC USACH para validarse como autor.

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