#Ciudadanía

Necesarias luces para contrarrestar el peso de la noche

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Son múltiples los ejemplos donde triunfos que se veían como misión cumplida, no fueron más que un avance en una batalla superior

Si existe algo que como ciudadanos es preciso asimilar es que los cambios, aquellos profundos, aquellos de verdad, no se producen solos. Ni automática ni rápidamente. Se requiere impulsarlos y ser constante en mantenerlos en ruta más allá de los baches del camino.

Para lograrlo, importante es tener claridad de la temporalidad de largo plazo del objetivo. Proceso en el que el statu quo, el sistema vigente, se resistirá a mutar, a dar paso al nuevo sentido común. Más aún cuando la propia institucionalidad en tanto parte de una estructura mayor (que engloba visiones de sociedad, ideologías) alberga, como es lógico, trabas para que los necesarios cambios se produzcan. Es el instinto de supervivencia presente en todo organismo y del que el ciudadano (en el sentido estricto del término) debe estar advertido para no desanimarse en el transitar.

Son múltiples los ejemplos donde triunfos que se veían como misión cumplida, no fueron más que un avance en una batalla superior.  Las grandes movilizaciones por una educación pública, gratuita y de calidad, por la defensa de la Patagonia, por la legalización del aborto o la igualdad de género, han significado pasos adelante, por cierto, pero han chocado posteriormente una y mil veces contra el muro que levantan quienes buscan que todo siga lo más parecido a igual.

Ahí tenemos los aires de renovación política, esos que en 2015 permitieron democratizar la conformación y mantención de partidos, incluso con la posibilidad de crear colectividades eminentemente regionales.  En los últimos días nos hemos enterado que, aprovechando la caída en desgracia del ex ministro del Interior Rodrigo Peñailillo y su núcleo duro, una mayoría de diputados y senadores que abogan por la inmutabilidad, se han adjudicado un triunfo borrando con el codo lo que durante los meses previos votaron con su alzada mano.

En materia de lucha por la transparencia y contra la corrupción no ocurre muy distinto. Conocidos (no ocurridos, porque tales prácticas se venían ejecutando desde el principio de la época duopólica) los graves casos de connivencia del sistema político/empresarial chileno, ahí se mantienen firmes, sin que se les arrugue la frente, los protagonistas de tales escarceos, se levantan incólumes en sus roles y pedestales endogámicamente construidos. Quizás no para la ciudadanía, pero sí para los medios –muchas veces piezas del engranaje existente- que insisten en preservarlos como voceros de un sentido común que es necesario ir dejando atrás.

Por cierto que todo esto es parte de la discusión política. Incluso los sentidos comunes en retirada tienen derecho a la visibilidad. El problema es cuando más que como parte del necesario pluralismo se mantiene la inercia de las visiones hegemónicas, ese Titanic que avanza inexorablemente hacia el iceberg con todo el peso de su estructura porque no le es dable cambiar de curso. O recurriendo al mismo ejemplo histórico-cinematográfico, sigue tocando la orquesta mientras el barco se hunde por la densidad de su armazón.

La asamblea constituyente y la democratización del sistema político-institucional (descentralización mediante), Patagonia sin represas apuntando a una relación armónica entre el ser humano y la naturaleza, un sistema mediático pluralista y que dé oportunidad a todas las voces, son parte de esa mirada que busca un espacio para instalarse en el sentido común general. Competencia que tiene obstáculos y retrocesos, todos los días, todo el rato, en todos los lugares, pero es lo que ha ocurrido y ocurrirá siempre, porque las transformaciones de fondo no son inmediatas. Tienen costos. Así como también resistencias. Y los que resisten, tienen el poder.  Y es lógico que así sea.

Así lo dejó en claro Diego Portales, cuando aludió al “peso de la noche” en tanto inercia conservadora. Se lo recordó a Joaquín Tocornal, flamante ministro del Interior de José Joaquín Prieto, en carta fechada el 16 de julio de 1832: “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública. Si ella faltase, nos encontraríamos a obscuras y sin poder contener a los díscolos más que con medidas dictadas por la razón, o que la experiencia ha enseñado ser útiles; pero, entre tanto, ni en esta línea ni en ninguna otra encontramos funcionarios que sepan ni puedan expedirse, porque ignoran sus atribuciones”. Si miramos hoy a nuestro alrededor, a algunos vecinos y autoridades, lamentablemente y salvo visibles excepciones, no mucho ha cambiado la historia.

Por ello, los necesarios son los que con claridad insisten en el derrotero en pos de los cambios fundamentales, en el entendido de que muchas veces el trabajo es intergeneracional. Son, recurriendo a lo dicho en más de alguna ocasión, esos hombres y mujeres que mantienen viva la llama a través de la lluvia, el viento y la tormenta, cuales celadores a la espera del momento y lugar indicado para encender la hoguera de la transformación social.

TAGS: Cambios Sociales; Reformas

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Comentarios

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Servallas

08 de febrero

¿No mucho a cambiado la historia?, quizás, la historia demuestra que todo cambia, los de hoy no somos los de antes, todos los días acontecen cambios mundiales y nosotros cambiamos con ellos, y nosotros mismos ayudamos tambien en ese cambio mundial. Quizás lo que Ud. busca no es el cambio,  es la revolución, la renovación por el fuego, pero las sociedades han desarrollado una suerte de filtros, porque saben que con los cambios traumáticos solo llegan estados de cosas bastantes peores, dictaduras, estados fallidos, abusos,  y que nuevamente hay que empezar a cambiar, es un juego perdido, se vuelve atrás. El cambio democrático es lento, trabajoso, de ceder y conseguir, de entender y ser entendido, es el juego de las inteligencias y las visiones de sociedad, en el entendido que nadie es dueño de la verdad.

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