#Ciudadanía

La falacia de la unidad cuando se difiere en lo esencial

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Hoy quería hablar de unidad.

De la que como habitantes de este variopinto y hermoso territorio, de historia y cultura común, enarbolamos cada vez que las diferencias comienzan a nublar nuestro horizonte.

Esa unidad que se conjura, como sortilegio espanta males, cuando invocamos lo propio, lo que sentimos es nuestra identidad.  Ésa que nos reúne en torno a olores, imágenes, acentos de este territorio, de este hogar donde, mal que mal, nos sentimos en casa.  Ésa que cuando estamos ausentes nos hace pensar en Chile y no en Argentina, Estados Unidos ni Turquía.   La que se arma con pixeles de realidad que, al igual que en esos cuadros distinguibles sólo desde la lejanía, son expresión de nuestra nacionalidad.

Pero para hablar de unidad es preciso primero separar lo esencial de lo accesorio. ¿Cuáles son esos valores intrínsecos al ser nacional sobre los cuales tenemos consenso general?  ¿Cuáles son los que no estamos dispuestos a mutar, a transar porque en tal empresa se nos iría el hálito de comunidad?

Una vez tuve un candidato. Y mi candidato decía y hacía cosas con las cuales yo no concordaba. De cuando en cuando profería obscenidades. De vez en vez consultaba a las congregaciones religiosas su postura sobre tal o cual materia que normaría a la civilidad. Y aún así, a pesar de todo, seguía siendo mi candidato.

Alguien en alguna ocasión me espetó: “¿Cómo puedes votar por él si no estás de acuerdo con lo que hace?”. “Sencillo” dije sin trastabillar. “Parto de un principio. La única persona que podría representarme en un 100 % sólo soy yo, pero si espero tal deberé infinitamente abstenerme, votar en blanco o anular” aclaré. “Para salir de tal antidemocrática disyuntiva, separo claramente los temas que me son caros, fundamentales, intransables de los anecdóticos, coyunturales. Quien me represente no debe defraudarme en los primeros, pero tiene libertad de acción para los segundos”.

Separar la paja del trigo de nuestras convicciones no es un ejercicio fácil. Requiere trabajo y reflexión, pero también educación, formación. La misma que se extirpó de las mallas de las escuelas. Conciencia cívica no mercantil. Responsabilidad ciudadana no individualista.

Con la tan manida unidad ocurre similar.

Es preciso definir claramente sobre qué temas realmente podemos sentirnos identificados como nación. Pero los esenciales, los que no pueden faltar. Que no evoquen sólo olor a mote con huesillo, solidaridad teletoniana o volantín primaveral. Elementos con los cuales nos identificamos, por cierto, pero que aluden sólo a una material chilenidad y no a lo que es posible llamar el alma nacional. Porque el alma de un pueblo es más que un paño tricolor y debiera ser más fuerte que una melodiosa canción.

Todo esto pensé el día que Krassnov apareció en el horizonte. Y el homenaje, y Labbé, y la funa, y las declaraciones de todo tipo. Y los amores y los odios.

He aquí un tema esencial, fundamental, sobre el cual, definitivamente y aunque extrañe al conocer el camino recorrido en conciencia global en derechos humanos, en Chile no tenemos unidad. 

Unos celebran el homenaje a un torturador condenado a 144 años de cárcel y le califican de “prisionero por servir a Chile”, y se apresuran a recordar los 96 años que el pasado 25 de noviembre habría cumplido Augusto Pinochet.

Otros, víctimas, observadores concientes o simples ciudadanos indignados ante tal muestra de indolencia y desparpajo, dan rienda suelta a su indignación.

Unos y otros son chilenos. Unos y otros dicen amar este país. Unos y otros, también, son parte de nuestro Chile profundo. Y unos y otros, muchas veces, en múltiples momentos, son convocados a la unidad nacional. ¿Unidad ante tal abismo que los separa? ¿Que nos separa en lo fundamental? ¿Es posible llegar a consenso con lo que no se puede negociar?

En estos casos, el llamado viene con trampa. La del francés que pide al alemán dejar sus estúpidas diferencias de lado y formar un solo y gran país. “Que se llame Francia” le dice como al pasar, esperando que sin darse cuenta el otro caiga en su tramposo plan camuflado de honestidad.

Mientras algunos quieran que nos reunamos en lo accesorio y no asumamos que aún nos separan posiciones sobre lo fundamental, difícil será avanzar en la unidad.

Y por cierto, quien diga que las violaciones a los derechos humanos son un tema del pasado, político o sencillamente algo que hay que olvidar, no crea que está en el medio.  Porque simplemente hay ocasiones en las que no se puede ser neutral.

***

Imagen: Global Unity (Lisa Henderling – Stock Illustration Source)

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29 de noviembre

¿Y qué sería lo esencial?

29 de noviembre

Bueno, Jorge Andrés, cada uno tiene que ver qué temas son esenciales. Ésa es pega personal que requiere todo pensar en colectivo.

Ahora, personalmente luego de realizar tal tarea, para mí un tema esencial es que no es homenajeable un tipo comprobadamente desquiciado en circunstancias particulares. Ergo, me es difícil avanzar en la configuración de un país mejor y más justo (según lo que yo entiendo) con personas que no concuerdan en este principio. Ahí, difícil la unidad.

29 de noviembre

Yo voy más allá y me parece que un tema esencial es derribar esa idea que plantea que la agresión y la violencia son formas legítimas de actuar políticamente según el fin que se defiende.

Porque finalmente eso, se llame guerra revolucionaria o contra insurgente, termina por constituirse en asesinato en masa…sean diez, treinta o miles.

En otras palabras, me parece esencial comenzar por rechazar a cualquier tipo de déspota, tirano, dictador o caudillo autoritario, a cualquier desquiciado finalmente, se llame de derecha o izquierda, patriota, guerrillero, etc.

Creo que cuando eso cambie, se podrá hablar de unidad.

29 de noviembre

Entonces, estamos de acuerdo. Hay un tema esencial (validar la imposición mediante la violencia) de las ideas de unos por sobre las de otros. Ahora, el sistema político y económico actual fue impuesto por las armas, y luego quedó tan amarrado que no se ha podido cambiar, incluida la complicidad de algunos que, supuestamente, debían querer modificarlo. ¿Dónde entra eso en el análisis que realizas sobre al seducir al resto, cuando no está emparejada la cancha por el pecado original de imposición por violencia?

29 de noviembre

Existe un plano de conciencia conde los opuestos son posibles. Existe otro plano, de otro nivel de integración donde los opuestos se trascienden, ese es el plano esencial o sutil.
Esta afirmación es coherente con lo planteado por la física moderna.
Las trincheras, los opuestos son solo posibles desde una lógica, desde una cierta altura de observación donde no logro incluirme como parte de lo observado. Si me incluyo, algo se transforma, logro ver las propias cegueras, y logro comprender el mecanismo de la ceguera del otro, sin justificar el error que surge desde una observación ciega, con áreas de gran ceguera.
Se puede avanzar en Unión, desde ahí.
No es fácil, pero es posible.

29 de noviembre

Efectivamente, el régimen vigente fue impuesto con fuerza. Pero no olvides algo, todos los regímenes en la historia han sido impuesto por fuerza. Esta constatación implica que es posible ejercer cambios de manera pacífica, a través de la resistencia no violenta, el boicot no violento, para generar cambios.

Lo que falta es creatividad…por ejemplo, en estos días, algunos ilusos creen que obligando a votar tienen más posibilidades de cambiar el sistema. Pero ¿Cómo lo harán? Si ni siquiera se plantean el esfuerzo de convencer a las personas para votar. Tan perezosos son que mejor piden obligar…Y no ven que eso, finalmente, es funcional al binominal.

01 de diciembre

El problema es que lo “esencial” es precisamente lo que nos hace agruparnos en partidos políticos o profesar ideales distintos. La unidad, como la igualdad, es una utopía. Nunca nos vamos a poner de acuerdo en cosas fundamentales porque somos esencialmente diferentes. Si bien todos queremos una educación de calidad, que no halla gente enferma, ni guerras ni niños desnutridos en África, son ideales demasiado generales que se desvanecen en esa filantropía barata que todos llevamos dentro. El mundo real es un poquito más complejo, y a medida que vamos aterrizando esos anhelos nos vamos encontrando con los ideales e intereses particulares de los demás. Todos amamos y respetamos la vida, pero algunos creemos que por sobre esa declaración ambigua e insustancial está el derecho a que cada ciudadano decida sobre la suya propia, otros piensan que no, y es aquí donde empiezan las dificultades reales por que es casi imposible que uno u otro cambie su visión. Una vez alcanzada cierta madurez intelectual nos movemos dentro de convicciones fijas que difícilmente son transables, y como lógicamente ocurre, las mías siempre son mejores y más verdaderas que las del otro.
Krassnof y la gente que lo sigue están convencidos que son los buenos en esta historia ¿Quién va a sacarlos de esa su verdad? ¿Porqué esa su verdad no es legítima? Dirán por la tortura y muerte de personas, pero para ellos era una necesidad por el bien del país, por tanto medios justificables para un fin mayor y bla bla bla.
Creo que la clave es en saber aceptar la derrota y no quedarse rumiando el fracaso. No preocuparse tanto por lo que hace el otro, sino por lo que yo hago con mis ideas esenciales y cómo las llevo a la práctica.

02 de diciembre

La división en el Chile actual no es entre los que estan por los DDHH o no respetan los DDHH. La división actual es entre los que están en el extremo del liberalismo económico, y los que añoran la economía estatista centralmente planificada. Como esas dos posiciones son extremas, la decisión de Chile son más matizadas, digamos de centro-derecha o de centro-izquierda. Y esta verdadera disyuntiva, no esta en el artículo y pocos se atreven a discutirla de cara al país.

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