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Gratuidad, individualidad y familia

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No en vano fueron los ‘pingüinos’ quienes primero se rebelaron frente al actual modelo educativo y exigieron reformas que implicaban un mayor protagonismo del Estado. Ellos dijeron: ‘no nos vamos a prestar dócilmente para la perpetuación del pasado’. Ellos dijeron algo inédito en la historia de Chile, sobre lo cual ya no hay marcha atrás: los adolescentes, los niños, son ciudadanos y no se los puede reducir a sus contextos familiares. Dejaron en jaque mate una base conceptual del sistema.

Si hubiera que reducir a un mínimo de enunciados las ideas que nutren ideológicamente el actual modelo educativo, me atrevería a proponer dos:

-La educación es el único medio eficaz para hacer frente a la pobreza.

– La educación es una función de la familia.

Quiero enfocarme sobre el segundo principio. Se trata de una idea fuertemente ideológica precisamente porque está lejos de ser evidente. El marco jurídico y cultural vigente en Chile supone un modelo de familia fundado sobre una transposición normativa de los mecanismos biológicos de reproducción. En una primera aproximación, la idea básica es que los intereses de los niños están servidos de manera óptima bajo la tutela de‘la unión estable de los padres biológicos’.

Lamentablemente, la realidad cotidiana se encarga de refutar la evidencia de este supuesto, cuestionando la sensatez de entronizarle como ideal normativo. No hablo sólo de la variable calidad moral y/o afectiva del vínculo parental: la pobreza o ignorancia de padres amorosos y bien intencionados afecta negativamente los intereses de la progenie con tanta mayor intensidad cuanto más queda la educación al sólo arbitrio y capacidad de aquellos.

Sin embargo, el principio de la ‘familia educadora’ y su base naturalista contiene algo más. Los niños y jóvenes son considerados como la continuidad de una forma de vida. Pero, en el caso humano, no estamos simplemente frente a un dato puramente natural. El modelo ‘biologista’ otorga fuerza a la idea de que los individuos son un medio para reproducir una historia y unos estilos de vida que los trascienden, independiente de los fines que ellos puedan proyectar por sí mismos. Los núcleos familiares no son pensados como espacios para el florecimiento de la individualidad.

Si asumimos que el reconocimiento y resguardo universal de la dignidad y autonomía del individuo, de su condición de persona como ‘fin en sí mismo’ (como opuesto a ‘cosa’), constituyen una de las fuentes ineludibles de legitimidad del orden político republicano moderno, bajo el cual aspiramos a convivir, se sigue que la acción del Estado es necesaria para proteger a ciertos individuos frente a la ‘instrumentalización’ a que están expuestos como resultado de su inevitable participación en relaciones familiares (que implican poder asimétrico).

Quienes se oponen al ideal de gratuidad universal en educación, siguiendo un estilo estándar de argumentación, suelen hablar en términos de focalización del aporte fiscal tomando como variables decisivas el desempeño del estudiante y los ingresos familiares: sería una política regresiva e injusta que todos los chilenos financiemos los estudios de niños y jóvenes que vienen, por ejemplo, del 20% delas familias más ricas. Se trata de un argumento más que razonable.

Sin embargo, ello implica que el principio de la ‘familia educadora’ queda intacto para ciertos individuos. El Estado les niega su condición de personas al identificarlos con sus padres. Pero los hijos de los ricos no son ricos.

Nada justifica su segregación desde el punto de vista del Derecho: éste debe ofrecer una tabla de salvación para todos los ciudadanos frente a la contingencia de las familias, sea frente al poder como frente a la impotencia de éstas.

El punto es el reconocimiento público de la condición de persona de todos los niños y jóvenes chilenos, de su dignidad individual y del respecto a la posibilidad de proyectar y revisar sus planes de vida por sí mismos. ¿Qué diferencia legítima podría establecerse en función del ingreso de sus padres?

Una articulación posible del principio moral tras cualquier política pública de ‘nivelación’ en educación es la siguiente: niños y jóvenes no son propiedad privada de nadie ni están para perpetuar ningún régimen, ninguna historia. Todo lo contrario: si están para algo, es para traer al mundo lo nuevo. Luego, la idea de gratuidad universal choca con la idea de la ‘familia educadora’ y, en términos más generales, de la familia como ‘pilar’ de la sociedad tal como es supuesta en el actual marco jurídico.

No en vano fueron los ‘pingüinos’ quienes primero se rebelaron frente al actual modelo educativo y exigieron reformas que implicaban un mayor protagonismo del Estado. Ellos dijeron: ‘no nos vamos a prestar dócilmente para la perpetuación del pasado’. Ellos dijeron algo inédito en la historia de Chile, sobre lo cual ya no hay marcha atrás: los adolescentes, los niños, son  ciudadanos y no se los puede reducir a sus contextos familiares. Dejaron en jaque mate una base conceptual del sistema.

Por supuesto, no pretendo que este argumento sea decisivo en favor de la gratuidad. Ciertamente deben evaluarse costos. Es obvio que los padres también deben tener derechos sobre la educación de sus hijos. Es claro que ciertas consideraciones de igualdad real pueden exigir limitar la gratuidad. Habría que evaluar, en todo caso, si el costo que supone incluir al segmento privilegiado es tan oneroso por sobre el gasto estimado todavía como ‘progresivo’ y si acaso no se compensa con mayor cohesión social. Lo más importante, en todo caso, es tomar conciencia de los cambios culturales que implican las reformas estructurales en educación, es decir, la lucha sobre los horizontes de sentido que determinan cuáles son las variables y sus ponderaciones a la hora de calcular costos y beneficios.

En fin, no se propone aquí, ni por lejos, ‘acabar con la familia’. Se invita, en cambio, a reflexionar sobre los enunciados que circulan sobre ella en la sociedad chilena, la función ideológica que cumple y cómo, al amparo de una estructura jurídico-político, se erige fácilmente en un valor absoluto que no tiene ambivalencias ni contra-caras.

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fernando viveros collyer

06 de mayo

¿en verdad?
¿son, así, de oro?

fernando viveros collyer

06 de mayo

«los hijos de los ricos no son ricos», pero son hijos de esas
familias: he aquí el doble vínculo;
como niños los ricos son los primeros en comenzar a enseñarles
a ser como ellos: por ej., enviándolos a sus escuelas, pero también
llevándolos el verano a ciertos lugares–
como hijos de los ricos, la asimetría de la condición infantil,
permite a sus padres educarlos como consideran mejor
–y como niños, hijos de los ricos, no les queda mucho más que
aceptar los tipos de riqueza y de miseria de la familia que les ha tocado: he conocido abundantes hijos de ricos muy
miserables de la mínima atención y el cariño (que a veces abunda
en los barrios de los «pobres»)

fernando viveros collyer

06 de mayo

Sr Solari,
¿cuál es el Estado para decidir en la educación formal?
en la calidad
la vieja pregunta de filósofos y políticos desde fines del sXX:
¿quién dice concretamente cómo se ejecuta la dignidad
que Ud. menciona?
sus pingüinos aparente% dijeron «independencia de familias»;
pero, ¿acaso dijeron: preferimos al Mineduc?

¿no le parece que esta ampliación de la ciudadanía
se encuentra en zona pantanosa cuando la idea de infancia?
¿en cuáles sentido precisos la «infancia» puede equivaler o semejar
lo nuevo?

06 de mayo

Señor Vivero:

No moleste. No pretenda perturbar la higiénica paz del concepto con la turbia hediondez de la experiencia. Ya lo dijo el mismísimo Jorge Guillermo Federico: la dignidad queda satisfecha al abrirse el interludio, la polaridad, la tensión entre escuela y familia.

Salud.

06 de mayo

En todo sistema, siempre es posible lograr mas poniendo mas.
En la educación así se ha entendido siempre: las familias tratan de darle «mas» a sus hijos invirtiendo en ellos. Obviamente quienes tienen mas, invierten mas. Es una forma de superviviencia de las familias, dado que la familia en si es un concepto de autosuficiencia social, en la que el ordenamiento interno hace que los padres provean a sus hijos de alimentación, educación (formal y no formal), seguridad, cariño, etc. Por lo tanto, el decirles a las familias que se olviden de querer entregar mas elementos a sus hijos, en pos de una estandarización social, es raro y medio utópico. Es forzar una igualdad para que los que tienen menos no sientan que no pueden alcanzar a los otros; pero ataja las acciones y deseos legítimos de las familias de potenciar a hijos lo mas posible.

fernando viveros collyer

06 de mayo

ve; lo ve
ve lo ke consigue usté con el concepto
«la familia en sí es un concepto de autosuficiencia social»
ahí tenís Solari: responde

lo que usté, usté llama «experiencia», mi digno filósofo público,
consiste aquí en señalar a su comentador Arturo
lo que quiso decir, entre concepto y concepto
de argumento en argumento

Arturo, Solari no niega nunca los mejores deseos (dice «intenciones»)
de los padres ara sus hijos;
la cuestión es que resulta necesario para el bienestar común
-eso que algunos llaman el bien común; otros el equilibrio social, etc.-
que ciertos padres no puedan ser tan bien intencionados
y que permitan a sus hijos la experiencia del mundo
mejor que la experiencia que ellos le tienen, literalmente,
PRE/parada –o sea, preparada de antemano
Solari argumenta la autonomía de los nuevos
contra el anquilosamiento de los viejos en tanto viejos privilegios

06 de mayo

Yo me referiré al primer enunciado, diciendo que no estoy de acuerdo con el, porque es incompleto, ya que cambiando otras cosas, la fuente de riqueza de cada persona y de cada familia podría tener un origen diferente…

En torno a esto, no sólo creamos riqueza cuando crece nuestro patrimonio, sino que también la crearíamos cuando se saquen de sobre la población determinados yugos que crean pobreza… Es decir, si se elimina lo que son las fuentes de la creación de pobreza, también estaremos generando riqueza y, por cierto, no sería la única forma de hacerlo…

fernando viveros collyer

06 de mayo

oiga señor peón
si se refiere al enunciado que el digno magistrado Solari
ha dicho desde el comienzo que no argumentará,
¿por qué no mejor escribe usté su propia columna?

lo afirmo sin emoción;
puro asunto de orden en las ideas; ¿o no?
–me tinca, además ke el magistrado S tiene pinta de alfíl,
en una de esas torre; cabalo de todas maneras…

Sergio de la Fuente Santander

07 de mayo

¿Quién piensa que un hijo de rico educado en el fanatismo religioso (por ejemplo) en un colegio caro es más apto para la universidad (debería decir útil para nuestra sociedad) que un hijo de poblador primero de su curso en una escuela pública?
Pienso que ambos deberían tener derecho a la mejor educación.
No es culpa del pobre que su padre no gane para una mejor escuela….ni del rico el padre que le tocó: a ambos el estado debería asegurarles la oportunidad de una educación decente, que les permita realizar sus dones y capacidades en beneficio suyo y de todos.
Es el momento de invertir en educación, en nuestro futuro (chileno) y evitar discriminaciones de cualquier tipo (incluso las «positivas» -no me calza la expresión-) si podemos evitarlas.
Y el (alto precio del) cobre lo permite HOY.
A propósito de ricos y pobres ¿alguien ha pensado en que educación están recibiendo los hijos de peruanos (y otros) inmigrantes? Quizá esos hijos sí necesitan una discriminación «positiva» ya que sus padres están en su mayoría fuera del sistema y por lo tanto fuera del alcance de políticas de apoyo.
Y que me perdonen algunos, pero lo mismo debe aplicarse a nuestras etnias originarias.

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