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El viejito pascual y los mercaderes del templo

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Hace tiempo que creo que la iglesia Católica parece haber abandonado su liderazgo sobre el significado de la navidad: el nacimiento de un personaje religioso, Jesús, que venía a decir que lo sagrado no era una ilusión postmorten ni los ritos de los antiguos profetas sino el amor por los demás, por el famoso y aterrorizador prójimo.

El viejito pascual con su tierna historia de los regalos, su fantástico vuelo en el trineo tirado por renos, repartiendo presentes materiales a los niños, se convirtió a través de los tiempos en el ícono de la navidad. Jo-jo-jo-jo. La paz y el amor se tienen que expresar en un regalo, la mayoría de los cuales se compra, y sobre todo alguien los vende. Ese es el punto central: la plata que se mueve.


Ahí aparecen los “mercaderes del templo”, ya no en las afueras del templo material, alrededor del edificio de la iglesia, pero son ellos, ahora detrás del viejito pascual ganando toda la plata que puedan ganar.

La desesperación, la lata que hecha a muchos a las calles, con bolsas, calor y la preocupación de qué elegir y si alcanza el dinero que se tiene, es una manifestación de que en el fondo es difícil demostrarle el amor a los demás. Y por supuesto, el sentir que en esta fecha estamos obligados a hacerlo. Sobre todo con los niños, obvio, si es una fiesta  que celebra un nacimiento, al que además concurrieron unos reyes a entregar regalos lo que creó la tradición.

Pero también está la presión del comercio, y de los servicios con su irresistible parafernalia, fiestas, cenas, préstamos, tarjetas, lo que sea, en una asonada contra el pobre cristiano y su bolsillo de una codicia despiadada. En una vorágine sudorosa, agotadora, estresante, irritante como piadosa y generosa a la vez. Un momento sensible, y sensiblero, en que nos recordamos de nuestra infancia y sus circunstancias con nostalgia, pena o ternura, y no queremos defraudar a las nuevas generaciones de niños ni abandonar a los viejos.

Ahí aparecen los “mercaderes del templo”, ya no en las afueras del templo material, alrededor del edificio de la iglesia, pero son ellos, ahora detrás del viejito pascual ganando toda la plata que puedan ganar. Lejos de Dios  pero cerquita del dinero, que en el fondo para muchos es lo mismo, nombres distintos para la realización del ser.

Son los mercaderes del templo porque, lo central es que aprovechan que la gente va a la iglesia inspirada por la búsqueda de lo espiritual para ubicarse ellos, a la pasada, y ofrecerle lo que sea para convertirlo en plata. Usan el trayecto de quienes van en busca de lo trascendente para instalarse ahí y atraerlos a sus mercancías, mercaderías, al mundo del dinero y de las cosas, al fondo y estética del pragmatismo de la materia. Son los mismos operadores que actúan en la navidad porque esta fiesta religiosa, testimonio de la inefable búsqueda espiritual del ser humano, es igualmente usada para convertirla en mercado de cosas materiales que representen o sustituyan la expresión más profunda del alma.

Me gustaría que la iglesia se acordara de todo esto, y saliera sin vergüenza a encabezar el sentido de encuentro real del mensaje original de la navidad. Que a los niños se les regalara hasta los 13 años, más o menos, y se enseñara que hasta ahí llegan los regalos navideños materiales, hasta la edad en que es razonable pensar que ya la idea del viejito pascuero fue descubierta. Desde ahí en adelante: ningún regalo material para los adultos, este no es un bando militar, no es obligatorio, el que quiera seguir comprando regalos que lo haga. Pero un adulto, y desde los 13 años en adelante, debe buscar cómo expresar su afecto, compartir en paz y alegría, y reencontrarse con esos sentimientos en vivo, sin ampararse en el hábito disimulatorio del regalito. Hacerlo relajado, serenamente, festivamente, sin culpa, sin “tontogravismo”, sin arruinar sus finanzas, sin aparentar, así no más: de persona a persona. Y pensar en las reflexiones trascendentes a los que nos invita la navidad, la navidad como metáfora de nuestra esperanza en  que querer la felicidad del prójimo de verdad le da sentido a nuestra propia existencia.

TAGS: #Discurso #Navidad Consumismo Religión

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