#Ciudadanía

El llanto silente de la bandera marchita

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Los meses pasan y en las calles se siente el aire denso. La juventud ha tomado las riendas del cambio en sus hombros, mientras sus padres, temerosos, imploran que vuelvan a clases, que no pierdan su derecho a educarse: ¿De qué derecho les hablan si los pisotean día y noche deteniéndolos sin pruebas? Espacios recuperados que molestan a los ciudadanos cómodos, que se irritan por ver pasar a esa pequeña luz lánguida que se mueve a grito y paso firme por las arterias del país.


Mientras los hijos de esa bandera que no se cansa, empeñan sus cuerpos magullados un jueves temprano, un lunes a la madrugada, e incluso todo un mes de cansancio y esfuerzo para luchar por aquello que todos han olvidado: lo que es y debe ser público para todos.

¿Qué piensan hacer los apoderados? Quejarse, porque los niños tienen horas libres, porque los niños piensan; porque los niños tienen más resiliencia que esa generación perdida, pues los perdidos son ellos, no los que se levantan del estigma de los dominados.

¿Qué ha hecho el gobierno? Levantar la mano dura al hijo mal criado, a ese hijo que le hace notar todas sus faltas, pero las niega enfurecido pues no debe mostrar perdón; la oveja negra debe ser castigada con el cinturón de acero, ese cinturón que marca los muslos. Pero los colegios siguen ocupados, los jóvenes resisten ese acero tortuoso que marca sus costillas, que duele por las noches, ese gas que circunda todo ese aire pútrido y que da nauseas al primer contacto con la mucosa.

¿Es que aún podemos hablar de izquierda? La Nueva Mayoría convirtió al país en la nueva minoría, esa minoría que resiste el galope sádico de toda la maquinaria represiva; que padece la detención arbitraria; que llora por la tortura de sus compañeros; que siente el frío del invierno en pasillos donde la frustración no tiene comparación, porque el dolor más grande no es solo físico, sino es el de estar solo en esta lucha cruenta dilatada por ya diez años.

¿Diez años? Preguntará el incrédulo. Sí, diez años. Diez años de dolor físico y mental, de desgaste eterno por pedir un poco más, por luchar en la conquista de un derecho humano, pero para el palo y el gas no hay humanos, solo enemigos como si de una guerra se tratase. ¿Queremos crear mártires? Ahí está el cristo de yeso, ahí está también la calle cortada junto al trabajador que llega tarde a su trabajo ¿Pero dónde están los que luchan? En los anales de la Historia, en ese recuerdo nostálgico, pues la lucha no sucede ahora en el espacio cotidiano, sino que siempre es un pasado fantasmal que se presenta de vez en cuando para decirnos que sí, que hemos luchado, que somos nosotros los que piden, pero no hay nos en ese nosotros, siempre son los otros.

Piden que todo cese, que pare esa fuerza que hoy se levanta no solo contra el poder, sino también contra la ciudadanía, contra esa ciudadanía que no es ciudadana, mucho menos soberana. Esa ciudadanía que nunca ha querido más; que aspira a reproducir el malestar en la cultura; que no ha luchado nunca por el país y se llena la boca con la mentira absurda de su contribución heroica al bolsillo privado, bolsillo que nunca chorrea, porque el pobre nunca tiene, el rico es rico porque retiene.

¿Qué es un cristo destruido si nuestros cuerpos son masacrados por nosotros mismos? El fratricidio cobra realidad en la calle misma, ya no hay necesidad de enmascarar toda esa violencia pues no hay vergüenza en hacerlo, porque los mismos vejestorios que antaño apoyaban a la izquierda hoy se regodean viendo a los niños ser torturados en comisarías, golpeados en las calles, humillados y desnudos ante un poder que rebasa las piedras y las molotov que de vez en cuando vuelan desde las manos de los humillados, de los torturados, de los dolidos. ¡Sí! La vista ciega no logra empañar que aún se tortura, que aún se sangra en este país donde su bandera, roja por la sangre, sigue succionando cada uno de los sueños que estos jóvenes gritan en las calles, sueños de una vida más digna, más justa, donde algo tan básico como la educación pueda ser accesible para un país, no para una casta.

¿Se puede seguir en la ceguera luego de torturada esa juventud que la patria inviste en su discurso? Lloran por un pedazo de mar a Bolivia; mar contaminado por empresarios descarados que no van a la cárcel; pierden los estribos ante el paso de un colombiano por sus barrios pintorescos; rompen en llanto cuando a Chile le meten un gol al último minuto pero ¿sufren así cuando a un niño le rompen la cara a palos por intentar entrar a un colegio?; ¿lloran así cuando la policía atrinchera una avenida para dar rienda suelta a su agresividad sin compasión?; ¿pierden los estribos cuando en los cuarteles se desnuda a los niños para humillarlos de pies a cabeza? No, no lo hacen, porque no se atreven a decir una palabra por su país cuando, es al interior de él, donde las costillas se sacuden, los palos dejan hematomas y la tortura se sigue utilizando.

Entonces pregunto ¿pueden llamarse chilenos si no luchan por su país? Pueden si quieren llorar a mares cuando entonan el himno nacional, cantarlo hasta el final en un partido de fútbol cuando cortan la música, enarbolar banderas luego de desastres, bailar un par de cuecas el dieciocho de septiembre, pero eso no les da el derecho de llamarse chilenos, porque la patria ha sido dada al mejor postor, y ustedes siguen impertérritos ante el sudor y sangre de esa juventud que recuerda lo que es nuestro, lo que es de todos, y no lo que fue robado, con fierro en mano, a vista y paciencia de un público morboso que lo único que quiere es ver televisión un viernes por la noche, con el mejor vino en la mesa, mientras los hijos de esa bandera que no se cansa empeñan sus cuerpos magullados un jueves temprano, un lunes a la madrugada, e incluso todo un mes de cansancio y esfuerzo para luchar por aquello que todos han olvidado: lo que es y debe ser público para todos.

TAGS: #Reforma Educacional Estudiantes Movimiento Estudiantil

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Jose Luis Silva Larrain

19 de junio

Tus reflecciones muestran todo tu ìmpetu, tus sueños. Pero no perteneces a una generación oprimida, estas equivocado, mas bien tu generación es “hiperventilada” en relaciòn a las anteriores. Nunca se había hecho una agenda nacional con las peticiones estudiantiles, muchos ciudadanos que fueron tan condescendiente y que ahora tanto deprecias, piensan que quizá fue un error, eso es todo.

Cuando dejen de estudiar verán muy distinto este sacrificio que describen ahora para luchar y protestar en lugar de ir a clases, tomenlo con clama. Y en el futuro, cuando después vean el país que tienen ahora, les parecerá idìlico si ahora no piensan bien las cosas.

Yo tambien “..sueño con una vida más digna, más justa, donde algo tan básico como la educación pueda ser accesible para un país, no para una casta…” incluso hice un artìculo de eso (“La absurda campaña por la educación Publica”). Y tambien soñaba a los 20, cuando guitarreaba:

“…Yo fui como tu, y sé que no es fácil,
Con tranquilidad puedes encontrar lo que buscas.
Pero toma tu tiempo, piensa mucho,
piensa en todo lo que tienes.
Por ti estas cosas estarán aquí mañana,
pero puede que tus sueños ya no…”
(Father & Sun – Cat Stevens)

Saludos

19 de junio

Es obvio que en una comparativa retrospectiva exista una diferencia abismal entre las libertades de las que disponían las personas, pues no fue hace mucho que el golpe militar terminó, cosa que ya simbólicamente establece una diferencia gigante. Sin embargo, ahora hay que cambiar ese saber incorporado al sentido común, como si uno no pudiese quejarse, pero debe hacerlo; debe exigir a la democracia que abra los espacios, que no cierre las calles,

Por otro lado, no desprecio a los ciudadanos, por el contrario, despreciar sería una cosa fútil, sin contenido. Lo que intento hacer es interpelar, esperar comentarios, que se defiendan para ver hasta dónde dilatan su participación, hasta dónde siguen engatusados con su lucha pasada, porque esa fue su lucha, ahora se sienten cómodos como el general que retorna del campo de batalla: viene a mandar, no a hacer.

Finalmente, tomarse las cosas con calmas ahora es bajar los brazos, rendirse. Ya Moscovici en sus investigaciones anunciaba que las minorías pierden su consistencia al negociar con el poder. Ese es un problema, mantener consistencia histórica, de manera ex-céntrica, diacrónica, etc. Pero bueno, hay que pensar las cosas, darles 10 o más vueltas, para eso están las tomas: Medios y no fines para generar estrategias, organización, etc. Y sobre esto, así como en el aparato psíquico, los secundarios son la clave, son esa energía no ligada que sirve para montar estructuras, en ellos deposito la confianza.

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