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Chile desfallece bajo el peso de la injusticia social

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Hay imágenes que no se borran.  Que por más que uno lo intente se resisten a desaparecer, porque hay algo en ellas que nos molesta y que las despega de la retina para interpelar a la razón.  Ésas nos inquietan, nos hacen reflexionar.

Pero hay otras.  Son las que no se pueden olvidar porque se incrustan en el corazón, y nos horadan el alma más allá de sus vívidos colores y fulgor. Son las imágenes que nos hacen saber, con certeza, que algo anda mal.  Que algo se ha quebrado en el alma nacional.

Es ello lo que nos ha legado la movilización por la educación.

No hablaré hoy de fogatas, escaramuzas, guanacos, carabineros golpeando y golpeados.   No hablaré de lo que los medios nos han machacado ya demasiadas veces.

Hablaré de lo que pasó medio inadvertido, medio bajo perfil y que es posible ver en un video colgado en youtube desde el jueves pasado.  No es violento, de la violencia que llama la atención.  No tiene sangre ni groserías.  Quizás por eso habrá quienes lo consideren nimio entre tanta convulsión social.

Son las imágenes de la mañana del jueves 4 de agosto, a la entrada del Metro Vicente Valdés, en Santiago, donde los guardias de seguridad de la estatal no dejan ingresar a la estación a decenas de jóvenes, estudiantes o no, mientras adultos y personas sin revoltosa pinta (ser joven y estudiante es hoy peligroso) pasan por su lado y pueden ejercer en propiedad su derecho constitucional a “trasladarse de uno a otro” lugar de la República.

Derecho constitucional presente en la Constitución del 80, la que fuera parida en la Dictadura, la que nos heredara Pinochet, la que la Concertación no tuvo la voluntad de cambiar en su esencia.  Esa  esencia que exuda neoliberalismo a la luz de que el número 24 de los derechos constitucionales, el de propiedad, es el más extensamente explicado.  Más incluso que el primero que resguarda la vida y la integridad física y síquica de la persona, más que el séptimo relacionado con la libertad y seguridad personal e individual, más que el décimo que trata sobre el derecho a la educación y, lógicamente, más que el octavo que garantiza que vivamos en un medioambiente libre de contaminación.  Ése cuenta con sólo dos escuálidos párrafos.

El impedimento a que decenas de estudiantes pudieran circular por el tren subterráneo fue ejecutado por funcionarios del Estado, seguramente por instrucciones emanadas desde el propio Gobierno, toda vez que el Metro de Santiago, a pesar de los esfuerzos privatizadores, aún nos pertenece a todos.  Porque “el tiempo de las marchas se agotó” una autoridad dictaminó que nuestros jóvenes no tenían derecho a usar este medio de transportes.

El día en que una mayoría de la sociedad mira hacia otro lado cuando el Estado vulnera los derechos de determinado grupo que, por distintos motivos, no puede ejercerlos a plenitud (edad, recursos económicos, falta de influencia política) algo está ocurriendo.  Algo malo, para ser más precisos, está pasando.

Es lo que ha sucedido en diversas épocas y territorios, al permitirse que quienes deben velar por las garantías ciudadanas no sólo abandonen sus deberes sino que hagan todo lo contrario.  Y esto sólo puede pasar porque el resto nada dice.  Porque el resto nada hace.

No permitamos que se corra el cerco. El cerco de la tolerancia a la desigualdad ante la ley, de la aceptación de la discriminación como método de acción política y policial.

Por eso aquella imagen de un guardia prohibiendo el traslado de estudiantes, para evitar su participación en una manifestación, duele tanto.

Ensombrece la vista, vulnera la razón, hiere profundamente el corazón.   El corazón democrático de un país que se vanagloria de sus avances económicos pero que cuando da la espalda a sus ciudadanos más vulnerables demuestra que le falta mucho por recorrer para sentir orgullo por algo más que la posibilidad de que sus habitantes puedan ir al mall un domingo a comprarse un par de zapatos.

Porque aunque se diga recurrentemente que los hombres y mujeres no se alimentan de libertad de expresión, dignidad y derechos ciudadanos y políticos, con lo ocurrido ese día es el alma de toda una nación la que desfallece bajo el peso de la injusticia social.

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