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A propósito de Hamilton: ¡Paremos la re-victimización social!

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Fuimos muchos los que nos sentimos identificados, y hasta cierto punto liberados interiormente, al escuchar y ver a James Hamilton dar su testimonio en el programa Tolerancia Cero.

No es nuevo que los abusadores (no sólo sexuales) se refugien en el poder, del tipo que sea, y desde allí se fortalezcan para seguir abusando. No hay que sorprenderse tanto de eso, ya que pasa en las fuerzas armadas, en los ámbitos religiosos, en las grandes corporaciones económicas y hasta en el Senado. Casos hemos conocido de sobra.

James Hamilton hoy es considerado por muchos como un héroe, porque un Tribunal ya declaró culpable a su agresor. Pero quienes hoy se admiran de su valentía, no saben que él no nació tan valiente. Porque la fuerza de tener una verdad que decir al mundo, para frenar los abusos y prevenir que más personas pasaran por lo que él pasó, lo fue transformando.

Pero otro elemento que ayudó a transformar a este señor en un héroe valiente de la verdad, fue la sociedad hipócrita en que vivimos, que durante años no dio crédito a sus palabras, lo marginó calificándolo de desequilibrado, de pervertido o cualquier otra cosa. Nuestra sociedad, que idolatra a los poderosos, re-victimiza una y otra vez a las víctimas de los poderosos, tranquilizándose con pensar que “algo habrá hecho” este señor, porque es imposible que esa persona tan inmaculadamente poderosa, sea capaz de algo tan vil. Es más, muchos piensan que seguramente es un desequilibrado movido por la envidia o la ambición, tratando de enlodar a alguien que es reconocido por muchos.

La misma sociedad que despreció y re-victimizó a James Hamilton durante demasiado tiempo, junto con esa fuerza interior de sentir que su dolor, si al menos servía para frenar la impunidad y evitar más abusos, ya habría valido la pena, lo fortaleció de tal manera que lo hizo crecer y transformarse en un gladiador de la verdad.

Mi reflexión aquí sólo apunta a que, todos aquellos que sentimos admiración por James Hamilton al verlo tan íntegro, claro y sin revanchismos hablar en televisión de experiencias tan dolorosas, reflexionemos sobre cómo vemos y tratamos a quienes hoy están indefensos y claman justicia. Si cuando una persona reconoce haber sufrido abusos, pensamos que tal vez él/ella fue quien los provocó, o ya lo empezamos a ver como “alguien raro”, desconfiamos de sus intenciones o no sabemos cómo tratarlo, lo aislamos o hablamos a sus espaldas… seguimos victimizándolo y no le permitimos seguir adelante con su vida. Y no todos tienen la fortaleza, lucidez, entereza y motivación interior que demostró tener el Dr. Hamilton.

El poder de los poderosos, lo otorgamos el resto de los mortales. Por eso, todos somos responsables de la impunidad de que gozan esos personajes en una sociedad rastrera como la nuestra.

¡No re-victimicemos más a las víctimas! Nuestra sociedad está llena de ellas, y hasta que no dejemos de endiosar a los poderosos, no seremos capaces de ayudarlas a recomponer su psiquis, su autoestima y su identidad. Y nadie sobra, todos nos necesitamos para juntos, mejorar nuestro mundo y nuestra sociedad, transformándolo en un lugar donde nuestros niños puedan crecer con dignidad.

* Fátima Oeyen (@fatimaoeyen)

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Foto: The wait – Ferran / Licencia CC

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22 de marzo

Estoy totalmente de acuerdo en que muchas veces las victimas de abusos (de todo tipo) son re-victimizadas por la sociedad, en muchos casos, desde el hecho de tener que denunciar su situación de manera pública de algo que quisieran sea lo mas privado posible, hasta la burla de personas de escasa calidad moral que ven en cada víctima a alguien que usa la fe pública para provecho personal. Pero no nos equivoquemos, hay en esta “sociedad rastrera como la nuestra” o la “sociedad hipócrita en que vivimos” también especímenes de baja calaña que se victimizan para recibir el apoyo de la gente y eludir su accionar delictivo, como por ejemplo, los lanzas que son atrapados por carabineros después de arrebatarle violentamente el montepío a un anciano se tiran al suelo en convulsiones dignas de un poseido adusiendo violencia excesiva para que los transeuntes los ayuden a escapar. Y por otro lado están los numerosos casos, ya olvidados por algunos, de supuestas victimas del gobierno militar (o dictadura si lo prefiere) que hicieron uso de muchos beneficios que realmente no merecian. Los extremos nunca son buenos, evaluemos las situaciones en su mérito.

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