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La casa de al lado

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En la enorme casa inmediatamente contigua a nuestro hogar, vivía una señora octogenaria completamente sola. Nos topábamos con ella en sus salidas ocasionales. Aparentaba andar siempre apresurada, no parecía de conversa fácil y tenía más bien una actitud de sospecha hacia los actos de cortesía.


Dueños de constructoras, arquitectos (y sus educadores), legisladores y autoridades comunales; cómplices en la ignorancia, incapaces de alertar, incidir, resguardar o crear obras que favorezcan a la calidad de vida y preserven nuestra identidad, viajan por América Latina y Europa y quedan boquiabiertos de cómo la convivencia entre desarrollo y patrimonio es posible.

Mostraba un caminar seguro, a pesar de la fragilidad que revelaba su delgadez. Su mentón elevado y mirada altiva, denotaban comodidad en hacer valer su opinión y una vida de privilegios.

A cada final del día, mirábamos desde nuestra ventana, como recorría ella el inmenso jardín que rodeaba la espléndida casa estilo Tudor de primera mitad del siglo XX. Parecía volar mientras podaba cerezos y tilos, tuliperos, peumos y boldos, quillayes y rosas, donde anidaban y animaban nuestro amanecer una orquesta de tórtolas y picaflores, golondrinas y zorzales, docenas de gorriones y una que otra cotorra, que nos visitaban desde las araucarias en la cuadra siguiente.

En el vecindario circulaba el chisme de que hacía un tiempo que a la señora se le venían olvidando las cosas, lo que colmaba la paciencia de las chicas del aseo, culpabilizadas de sus olvidos.

Luego se supo que, ante las manifiestas señales de senilidad exhibidas por la veterana, quien nunca tuvo hijos, fueron sus sobrinos, visitantes esporádicos, quienes se encargaron de encerrarla con cuentos de paseo de fin de semana, en el primer asilo que encontraron, instalándose en el vecindario el fantasma de la eventual demolición de la casa. Sin embargo, habiendo pasado unos 2 meses, nos tranquilizaba ver al jardinero trabajando como cada domingo en el tupido patio posterior.

Así pasó el tiempo hasta que nos alarmó el hecho de que el riego automático dejara de activarse y que el polvo empezara a acumularse en el frontis junto a la correspondencia. A poco transcurrir nuestro temor se hizo realidad, pues nos enteramos de que los sobrinos habían vendido la casa, la que se demolería en un breve plazo para dar lugar a un edificio de 10 pisos.

Vimos transcurrir en cámara lenta como ese ejemplar eximio de la arquitectura comunal, se poblaba de sujetos que se encerraron en ella para despojarla a martillazos de sus entrañas, incluyendo luminarias góticas, puertas talladas, pasamanos de fierro forjado, marcos de roble y cualquier cosa que se pudiera revender. Se encaramaron como garrapatas en su techo para desplumarlo de su distinción, tejas de arcilla y la madera, exponiendo su esqueleto. Una excavadora de 50 toneladas vino a sumarse a la bacanal y en 5 días de golpes y garrotazos transformó en un cerro de polvo y escombros unos noventa años de historia, junto a cada árbol y maleza de la vegetación existente, dejando nada más que un desierto estéril.

La ausencia del Estado constituye un clásico del leguleyo criollo en este tipo de actividades. Debo destacar que la municipalidad se hizo presente exigiéndole a la constructora la instalación “inmediata” de una malla Raschel de 1,5 metros de altura rodeando el perímetro de la propiedad. Sería. Nada dijo de la polvareda o el CO2 que emiten las retroexcavadoras a diésel que trabajan 10 horas al día a metros de nuestras narices. Nada regla el comportamiento de docenas de hombres que, de un día a otro, pasan a habitar tu vecindario, del ruido y contaminación que emite el generador de alta potencia que provee electricidad a la “obra” las 24 horas del día. Qué hay de la alta velocidad y el manejo agresivo de los camiones de alto tonelaje. Parece no importar, tampoco la destrucción de veredas y calles, y menos aún la flora y fauna borrada de golpe en una ciudad altamente contaminada. Puede que el fiu fiu de los pajaritos no parezca importante, como sí debiera ser la plaga de ratones que escapan de la demolición en busca de nuevos refugios por el vecindario.

No queda más que suponer que algo huele mal detrás de las leyes laxas que “ordenan” nuestras ciudades, de la liviandad con la cual nos despojan de la memoria física y borran el carácter de la ciudad, justificando su brutalidad en la sanidad de la economía.

En sociedades desarrolladas (y también en otras no tanto) el patrimonio tiene un valor, impulsa economías, genera empleo. Esa opción acá, no se vislumbra. Dueños de constructoras, arquitectos (y sus educadores), legisladores y autoridades comunales, cómplices en la ignorancia, incapaces de alertar, incidir, resguardar o crear obras que favorezcan a la calidad de vida y preserven nuestra identidad. Viajan por América Latina y Europa y quedan boquiabiertos de cómo la convivencia entre desarrollo y patrimonio es posible.

El tiempo, sana, olvida y hasta justifica todo acto de ignorancia. La compra en blanco, en verde y en el color que sea será un éxito y nadie se preguntará qué hubo allí, es irrelevante.

No pasará mucho tiempo hasta que ya no tengan que inventar cuentos a la señora de que su jardín está perfectamente regado y que mañana si la llevan de vuelta a su espléndida casa Tudor que tanto cuidó. Ella también olvidará.

TAGS: #Urbanismo demolición de casas patrimonio urbano

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