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Camino a casa

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¿Cuánto se ha escrito sobre Valparaíso, digamos, desde Joaquín Edwards Bello hasta hoy? Difícil la pregunta, fácil la respuesta: mucho.

Estas son unas líneas más, quizás irrelevantes, pero son mis líneas. Comenzaré con esta crónica, “Camino a Casa”, para en otras por venir (si se me permite) referirme al centro de la ciudad, otros cerros, el puerto, etc.

No podría decir que conocí al Valparaíso de los albores del s.XX, pero si el de finales de los 50’ hasta hoy. Como amante de mi ciudad tengo una “cosmovisión” de ella, no una foto, si no un retrato detallado, acabado, quizás como Woody Allen pudiera tenerlo de la gran manzana o Maurice Chevalier de Paris.

La avenida Francia, amplia, eterna, melancólica, venida a menos con el paso de los años quizás pueda representar cabalmente al Valparaíso de esos años.

Recuerdo de ella- entre Colón y el Pasaje 1- una interminable (en la infancia todo es gigantesco) hilera de puestos de venta de pescados, jaibas, machas, jureles, piures, congrios, una cuadra entera impregnada con el aroma a un mar que se haya solo a cinco cuadras mas abajo. La recorre una legión de gatos obesos, hartados de tanta comida que ni siquiera en agosto tienen tiempo para el amor, solo para engullir. Vagan de puesto en puesto a la espera de que caiga otra víscera que realmente ellos no necesitan, pero si su gula.


La avenida Francia, amplia, eterna, melancólica, venida a menos con el paso de los años quizás pueda representar cabalmente al Valparaíso de esos años.

(Regreso una tarde de invierno del colegio y veo que la gente comienza a correr desesperadamente en dirección al Pasaje 1. Una madre a quien las piernas se le doblan- tal como en la peor de las pesadilla que puedas haber tenido- trae en sus brazos el cuerpo de su niño de dos años: se ha caído desde segundo piso a la calle…está muerto. Es una perfecta escena del Londres de Dickens: estrecho pasaje adoquinado, casas forradas en calaminas roídas por el óxido, ropa tendida de lado a lado de la calle, espesa bruma. Estoy inmóvil observando el drama a la distancia y pienso: ¿habrá querido la criatura alcanzar una de aquellas coloridas prendas que hace flamear el helado viento de Junio, aquella ropa que rompe la gris niebla?)

En la esquina del Pasaje 2, un Bar. En la esquina del Pasaje 3, otro Bar. Bares sin radio ni TV, donde solo se escuchan salvajes risotadas de los ebrios y los cachos de cuero golpeando sobre mesas con superficies repletas de penas y promesas de amor talladas por cien cortaplumas solitarias. El tufo que sale al exterior es una mezcla de vino, tabaco, canela, cognac y creolina de los baños, mezcolanza muy distinta a los marinos aromas que he dejado unos pasos atrás.

Mientras hojeo una edición miniatura de “20.000 Leguas de Viaje Submarino” que no mide mas de 3×5 cms. recién adquirida en la Librería, una fuerza me detiene violentamente: el mango de un bastón me ha rodeado el cuello. Es mi abuelo paterno quien me dice algo así como “¿gómo ta ecole, ¿bon? ¿tu mege? Tudia agto…bian..adieo” El viejo llegó de Francia en 1906, han pasado casi 60 años y aun no se maneja en español. No vivo con él, pero somos vecinos, aunque lo veo con igual frecuencia que si viviera en el Polo.

En verano atrae mis miradas (y apetitos) una fábrica de helados a la vista de todos. Un fornido español brega con un remo sobre una centrifuga mientras su madre va sacando leche desde un tarro de 50lts. , echándola de a poco a la mezcladora, lecha fresca, casi humeante. El producto final lo venden en capachitos de cartón encerado de ¼, ½, ¾, 1 litro y 2 litros.

Al lado, Puestos Varios La Catalana… y la hija del dueño a la entrada a cargo del cambio de novelas. Una catalana de ensueño, preciosa, un sol mediterráneo de 16 años: un imposible que me dobla en edad. Ahí se compra el Rash, la Patolina, la Radiolina, el Azul, el Shapoo en polvo Sinalca, la pasta dental Forahns, las escobillas para lavar marca Gato, las escobas de curahuilla, el desodorante Dolly Pen, el jabón Gringuito para lavar y el Camay Rosado para el baño. Para los más pobres, cuelgan desde el techo ataditos de Quillay para lavarse el pelo.

Un poco mas arriba, botillería La Felicidad, con sus decenas de damajuanas de diferentes clases de vinos que se venden sueltos, cada una dentro de unos balancines, unos columpios de muñecas que permiten el vaciado fácil a jarritos que van desde 1/8 para los mas urgidos hasta los de 5lts., para aquellos que tienen una comilona en casa. ¿El vino embotellado? Poco o casi nada, muy caro y hay que llevar un envase vacío para que te entreguen uno lleno.

(A un costado de la botillería, unos talleres mecánicos con un gran portón donde se ocultan los alcohólicos a beber…borrachos terminales, de rostros violáceos, deformados, andrajosos con una decencia hoy inexistente que les impide beber trago descaradamente a la vista de todo el mundo como hoy lo hacen miles y miles todo el día, todos los días en las infinitas escaleras y recovecos de la joya del pacífico…)

Le sigue Fiambrería Paris. Pequeña, pretenciosa, donde no te venden una botella de 1 litro de leche si el envase que traes no viene pulcro, reluciente, sin trazas lácteas. ¿Leche envasada? Faltan muchos años para ello, por mientras, solo Leche ULA (Unión Lechera Aconcagua), espesa, que deja su huella de nata bajo su tapa de cartón (grandes peleas por ser el primero en abrir la botella y disfrutar con azúcar de esa crema)

Doblando a la derecha el Ascensor Cerro Monjas, con su infaltable cajera-tomadora de puntos de medias. Un ingreso extra en tiempos en que las medias de nylon no son baratas y no se venden en la cuneta. Aun siento aquel olor de grasa y metal del torniquete contador mezclado con los mil diferentes perfumes femeninos que exudaban aquellos paquetes con medias remendadas y por remendar.

Y llego a casa, a la amplia casa de mi infancia, en el tercer piso: la única con patio. Si, en tercer piso y con patio de tierra, jardín y gallinero.

¡Cómo!

No intentaré explicarlo: esto es Valparaíso.

TAGS: #Valparaíso

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