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La desigualdad se expresa hasta en los tóxicos presentes en la sangre

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La carga química humana está fuertemente influenciada por el nivel socioeconómico, es decir, los riesgos químicos afectan desproporcionadamente a las personas con menor estatus social.

La exposición ambiental a los contaminantes desempeña un papel importante en una amplia gama de enfermedades crónicas comunes, por lo que examinar y comprender los estilos de vida y características sociológicas subyacentes a dicha exposición se está convirtiendo en una línea de trabajo investigativo cada vez más importante. Algo que puede ser tan obvio como constatar que ricos y pobres tienen prácticas culturales diferenciadas supone, desde lo empírico, un develamiento de insospechados alcances negativos para la salud derivados de la desigualdad social. ¿Tanto así? Pues sí, veamos.

En un estudio publicado en Environment International se examina la relación entre nivel socioeconómico y las concentraciones de sustancias tóxicas medioambientales en adultos. En dicho estudio se utilizó un modelo de regresión lineal ajustado para investigar la asociación entre 179 sustancias tóxicas con indicadores de pobreza.

Lo que señala dicho estudio es contundente. Además de lo sabido, esto es que la exposición crónica a sustancias tóxicas se asocia con efectos adversos para la salud, ha demostrado que la carga química humana está fuertemente influenciada por el nivel socioeconómico, es decir, los riesgos químicos afectan desproporcionadamente a las personas con menor estatus social.

Los resultados especifican que la gente rica se “envenena” sólo de agentes provenientes de fuentes “más elegantes” en comparación con las menos distinguidas fuentes de contaminación de los más pobres. Las personas de mayor nivel socioeconómico mostraron niveles más altos de mercurio, arsénico y benzofenona-3. Los investigadores creen que los dos primeros provienen de un mayor consumo de mariscos y pescados, mientras que la benzofenona-3 probablemente proviene del uso de protector solar. Los perfiles químicos de las personas de nivel socioeconómico más bajo son completamente diferentes. Sus cuerpos están llenos de plomo, cadmio y diferentes tipos de plásticos. Estos productos químicos pueden venir del humo del cigarrillo, pero probablemente vengan de una mala alimentación. ¿Qué tal?.

La propuesta investigativa confirma una serie de estudios anteriores que ya lo insinuaban empíricamente. Es así como dicha investigación se ve reforzada por un estudio anterior de la Universidad de Boston que encontró niveles altos de bisfenol-A en el cuerpo de las personas más pobres, tal vez por consumir más alimentos enlatados que los ricos.

Hay más estudios donde se ha evidenciado el impacto en la salud de contaminantes medioambientales asociados al nivel socioeconómico, como por ejemplo lo señalado en el estudio “Widening of Socioeconomic Inequalities in U.S. Death Rates, 1993–2001” que establece que las desigualdades socioeconómicas siguen aumentando debido a la reducción de las tasas de mortalidad entre los más educados mientras que se observa un deterioro de las tendencias de los indicadores de salud entre los menos educados (en particular los índices de mortalidad por VIH, cáncer y enfermedades del corazón). Complementando lo anterior, en “Social Conditions As Fundamental Causes of Disease” encuentran documentado consistentemente la existencia de la relación inversa entre el nivel socioeconómico y los riesgos de enfermedades y muerte en las últimas décadas. Como éste, no son pocos los estudios demográficos, de sociología médica y epidemiología que han observado el aumento de las diferencias socioeconómicas en la salud, es decir, la brecha educativa y la situación socioeconómica ha ejercido cada vez más un mayor efecto sobre la salud y las enfermedades en las últimas décadas, como señalan en “The Gap Gets Bigger: Changes In Mortality And Life Expectancy, By Education, 1981–2000”.

¿Significa esto que el problema sanitario está estratificado y por tanto no afecta a toda la población? No, nada de eso.

Un meta-análisis publicado en BMJ bajo el título “Income inequality, mortality, and self rated health: meta-analysis of multilevel studies”, que incluye cerca de 60 millones de participantes, encontró que las personas que viven en regiones con gran desigualdad de ingresos tienen un exceso de riesgo de mortalidad prematura independientemente de su nivel socioeconómico, edad y sexo. Esto quiere decir, básicamente, que la distribución afecta a la sociedad en su conjunto, no sólo a aquellos más desfavorecidos por la iniquidad de la distribución.

Gráfico: Riesgo relativo de mortalidad debido a la excesiva desigualdad de ingresos. Fuente: BMJ 2009; 339: b4471

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La evidencia nos dice que existe una clara asociación entre la calidad de salud de la población y la desigualdad de ingresos, vale decir, que a mayor desigualdad más vulnerable es la salud de la población. 

Dicha hipótesis es examinada y ampliamente documentada en el estudio “Income Inequality and Health: What Does the Literature Tell Us?” de la que extraigo el siguiente gráfico:

Gráfico: Distribución de países por esperanza de vida vs desigualdad de ingresos. Fuente: Annual Reviews Vol. 21: 543-567

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Se puede observar cómo aquellos países con más baja desigualdad en la distribución de ingresos presentan más altas expectativas de vida, relación que es inversa conforme la desigualdad aumenta.

En general estos resultados proporcionan una visión global de la medida en que la carga global del deterioro de nuestra salud, que se expresa hasta por lo que llevamos en nuestra sangre, está determinada por la enorme e inmoral injusticia social y desigualdad en la distribución de la riqueza. ¿Qué hacer? Tenemos dos opciones, o hacemos vista gorda y dejamos que todo siga igual, o atendemos a los datos empíricos y nos decidimos a cambiar este modelo de reproducción de la desigualdad que nos está enfermando y matando.

Referencia: Associations between socioeconomic status and environmental toxicant concentrations in adults in the USA: NHANES 2001–2010. Environment International http://dx.doi.org/10.1016/j.envint.2013.06.017

Foto: Another Ashia / Licencia CC

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