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La crisis laboral de los científicos jóvenes (parte I)

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Diversos medios de prensa informaron hace algunos días sobre el aumento del número de “cesantes ilustres”. Una nota afirmaba que “el grupo ocupacional más afectado con la desocupación es el de profesionales, científicos e intelectuales, que aumentó en 11.063 personas (31,4%) en el último año”. Otra nota relacionada informó que 636 personas con doctorado se encontraban cesantes en el trimestre móvil marzo-abril-mayo del presente año. Un tercer reportaje mostró que más de un millón de trabajadores se encuentran “subempleados”, es decir, corresponden a profesionales que “se desempeñan en labores que requieren competencias menores a su preparación académica”, y que alcanza el 30% de los ocupados con estudios de educación superior.


No todos quienes inician una carrera a nivel doctoral, y ni siquiera todos quienes se forman a nivel postdoctoral, podrán convertirse finalmente en investigadores en el sector académico o en centros de investigación

Este último punto no debe desestimarse. Es visible la creciente falta de oportunidades profesionales para quienes finalizan su formación doctoral. Muchos graduados de doctorado deciden realizar un “postdoctorado”, cuyo propósito es generar investigadores capaces de liderar grupos de investigación independientes. La falta de oportunidades laborales tras el postdoctorado es aún más evidente. El principal instrumento que permite a quienes finalizan su postdoctorado continuar su trabajo de investigación es el “Fondecyt de Iniciación en Investigación”, y que en los últimos tres años dejó sin adjudicación a más de 1.700 postulantes. Lentamente aumenta el riesgo de que gane terreno en nuestro país el fenómeno conocido como “permadocs”: investigadores que, tras haber finalizado un postdoctorado, solo pueden optar a realizar un segundo postdoctorado, ante la falta de oportunidades laborales de acuerdo a su nivel de formación.

No disponemos de una caracterización detallada sobre la situación laboral de los investigadores científicos, pero no es descabellado pensar que hoy contamos tanto con doctores cesantes (como lo revelan las notas de prensa recientes) como con un creciente subempleo, en la forma de “permadocs” (especialmente quienes regresan de un postdoctorado en el extranjero) o de personal de investigación que, pese a contar con títulos profesionales en carreras científicas, sufre precariedad laboral y cuyos talentos pueden no ser plenamente aprovechados.

Resulta tanto sorprendente como preocupante la falta de interés sobre la lamentable realidad laboral de los científicos jóvenes. Abordaremos aquí solo algunos aspectos de esta crisis (tarea que, por razones de espacio, requerirá más de una columna).

Las bases del problema – El gobierno, en su interés por incrementar el número de investigadores (aspecto en el que aún tenemos una brecha importante en comparación con países desarrollados), dio mayor impulso al Programa de Formación de Capital Humano Avanzado (PFCHA), especialmente desde el año 2008 con el programa Becas Chile, pero sin pensar en aquel entonces en un plan efectivo de retorno -para quienes se forman en el extranjero-, inserción y retribución.

Recordemos que, al concluir su doctorado, los científicos jóvenes suelen realizar un postdoctorado (el que, como se señaló anteriormente, los capacita para desarrollar líneas de investigación independientes y liderar grupos de trabajo), que no debería (aunque no siempre es así) durar más de dos o tres años. El principal instrumento empleado en Chile para este propósito es el “Concurso de Postdoctorado Nacional” de CONICYT, que otorga una remuneración al postdoctorante (por 2 o 3 años), haciéndolo atractivo para universidades y centros que ofrecen “posiciones postdoctorales” que son erróneamente confundidas con inserción laboral, ya que no existe certeza de que el postdoctorante cuente efectivamente con un contrato, remuneración y un espacio propio al final del postdoctorado.

La situación luego del postdoctorado es diferente. Quienes desean continuar su carrera en la investigación, especialmente fundamental/básica, suelen postular al ya mencionado “Fondecyt de Iniciación”, orientado a investigadores graduados de doctorado en los últimos cinco años. Este exige el patrocinio de una institución, pero no contempla una remuneración completa como el concurso de postdoctorado (sino que un honorario por un monto inferior). Esto implica que las instituciones patrocinantes deben disponer de un sueldo (e infraestructura, cuando corresponde) para el postulante, todo lo cual impone barreras difíciles de sortear tanto para los investigadores como para las instituciones mismas. En efecto, hoy es más frecuente encontrar ofertas de posiciones postdoctorales que de “posiciones de Fondecyt de Iniciación”.

Todo sugiere que la situación seguirá empeorando: en el último año se han otorgado más de mil becas de doctorado, entre becas nacionales (más de 700 becas) y Becas Chile para estudios en el extranjero (360 becas), mientras que a nivel de postdoctorado, el último concurso adjudicó cerca de 300 proyectos, a los que se suman otras 50 Becas Chile para postdoctorado en el extranjero (además de quienes desarrollan su postdoctorado con recursos propios o becas internacionales). Sin embargo, a nivel del Fondecyt de Iniciación se adjudicaron solo 275 proyectos. Es evidente que no todos quienes inician una carrera a nivel doctoral, y ni siquiera todos quienes se forman a nivel postdoctoral, podrán convertirse finalmente en investigadores en el sector académico o en centros de investigación. Y el sector empresas no se está llevando la parte restante, como lo revelan las encuestas de gasto y personal en I+D.

¿Cuál es la magnitud e impacto de la formación de doctores, en cifras? Y, más importante aún, ¿qué haremos para no desperdiciar el esfuerzo (público, en gran medida) realizado en formar a nuestros científicos jóvenes? Aunque es imposible abordar ahora estas preguntas, cabe señalar que los últimos gobiernos han ignorado este problema, pese a las advertencias acumuladas en los últimos años. Incluso las tasas de adjudicación de los concursos de Fondecyt (incluyendo los concursos de Postdoctorado e Iniciación en Investigación) han bajado abruptamente en los últimos tres años, tanto por el explosivo aumento del número de postulantes como por una disminución en el número de proyectos adjudicados. Una solución a este problema es hoy más urgente que nunca, y un aumento en los recursos del programa Fondecyt es imprescindible -no obstante la necesaria reforma que este requiere-, aunque esto debe ser acompañado por otras medidas y políticas tendientes a generar cambios permanentes en esta materia.

TAGS: #BecasChile Académicos Conicyt Investigación científica

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ciudadano_preocupado

28 de julio

PAblo

Interesante columna , veo con mucha tristeza , pena e indignación como los jovenes que se esfuerzan por tener un grado academico alto , que quieren realizar una linea de investigación seria , profesional conducente a tener soluciones o efectivamente aportar su granito de arena.

Hoy uno de los temas bloqueantes para jóvenes «Dres» es un poco lo que pasa en la realidad laboral de la empresa chilena….si tienes muchos títulos estas » sobre-calificado» , «eres muy caro» , «haz clases en tu Universidad» , sin mencionar q eres una gran amenaza al que sería tu jefe.

En lo personal tengo un Magister ( q aún estoy pagando) , te soy sincero y me dan ganas de Doctorarme…pero la pregunta cae de cajón ¿ Para que? , ¿cual es el beneficio? ¿para q invertir? ¿tendré trabajo ? ¿podré desarrollar una linea investigativa?

Creo q el tema de las becas (corfo, fondecyt , etc) es un bluf…solución parche.

El estado deberia invertir más aún en becas y espacios de I+D

Salu2

28 de julio

Me parece que poner las bases del problema en el gobierno (es decir en otro, no en «nosotros») es una mala idea.

La base del problema de la ciencia en Chile es su fuerte énfasis a la investigación básica, como si lo que Chile desarrolle vaya a cambiar el destino de la humanidad.

Parece más sensato usar los abundantes desarrollos de ciencia básica a nivel mundial para desarrollar ciencia aplicada. Allí la formación de maestría y doctorado da una gran oportunidad de usar dichos años en concentrarse en desarrollar conocimiento apropiable vía propiedad intelectual. Una buena patente financia hasta la jubilación.

pero no, desafortunadamente, algunos de nuestros científicos luchan por ordeñar al fisco con sucesivos estudios como forma de paliar su desempleo, estudios que se realizan en laboratorios universitarios en muchos de los cuales hablar de la rentabilidad o patentar se ve como barbarie.

Pero hay esperanzas, la U. de Santiago ya tiene el liderazgo nacional en la petición de patentes. Falta que otros investigadores se den cuenta que el privilegio de considerarse » recurso humano avanzado» debería reflejarse en decisiones inteligentes de carrera, y no en amargarse por estar subempleado, situación que ocurre por malas decisiones personales de carrera.

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